El actor Daniel Guzmán va un poco más allá y habla clarísimo sobre EEUU tras lo ocurrido con Venezuela: escocerá a muchos.
“No es un loco solo”.

Las palabras de Daniel Guzmán no cayeron en el vacío. No fueron una reacción improvisada ni una frase diseñada para generar polémica rápida en redes sociales.
Su mensaje, duro y sin rodeos, llegó en un momento de máxima tensión internacional, cuando las imágenes y los comunicados sobre el ataque de Estados Unidos a Venezuela y la captura del presidente Nicolás Maduro recorrían el mundo a velocidad de vértigo.
En ese contexto, la voz del actor y director resonó con una claridad incómoda, de esas que no buscan agradar, sino sacudir conciencias.
Guzmán, conocido para el gran público por su papel de Roberto en Aquí no hay quien viva, lleva años construyendo una trayectoria artística marcada por el compromiso social.
Sus películas, premiadas con dos Goya, han explorado la desigualdad, la culpa, la violencia estructural y las heridas que deja un sistema que expulsa a los más vulnerables.
Por eso, cuando habló de Estados Unidos y de Donald Trump, no lo hizo desde la frivolidad del comentario fácil, sino desde una mirada política y cultural que interpela directamente al espectador.
“Trump no es un loco solo”, afirmó. Y esa frase, aparentemente simple, encierra una acusación mucho más profunda.
Guzmán no señaló únicamente al líder político, sino al entramado social que lo sostiene.
Millones de personas, recordó, votaron y siguen apoyando a un proyecto político que legitima las intervenciones militares, las masacres y el desprecio por la soberanía de otros pueblos.
No se trata de un desliz puntual ni de una decisión aislada, sino de una mentalidad arraigada, de una visión del mundo que aún se cree con derecho a imponer su voluntad por la fuerza.
La referencia al “salvaje oeste” no es casual. Guzmán apunta a una cultura política que glorifica la violencia como herramienta de orden, que romantiza la conquista y que normaliza el uso del poder militar como solución a conflictos complejos.
En su análisis, esa vena imperialista no es un accidente histórico, sino parte del ADN de una potencia que, desde hace décadas, interviene directa o indirectamente en otros países bajo distintos pretextos: seguridad, democracia, lucha contra el narcotráfico o defensa de los derechos humanos.
El ataque a Venezuela y la posterior captura de Nicolás Maduro se inscriben, para muchos analistas, en esa lógica.
Más allá de la valoración que cada cual tenga sobre el gobierno venezolano, el debate central gira en torno a la legalidad internacional y al precedente que se establece cuando una potencia actúa unilateralmente.
Guzmán pone el foco ahí, en la normalización de la violencia institucional y en la complicidad social que la sostiene.
No fue el único en alzar la voz. Jordi Évole, periodista reconocido por su trayectoria crítica y su capacidad para condensar ideas complejas en pocas palabras, resumió la situación con una frase que se viralizó en cuestión de minutos: “Un ataque ilegal del que van a sacar petróleo.
En todos los sentidos”. Su comentario, tan breve como incisivo, conectó con una percepción ampliamente extendida: detrás de los discursos oficiales suelen esconderse intereses económicos muy concretos.
El petróleo vuelve a aparecer como telón de fondo. Venezuela, con una de las mayores reservas del mundo, ha sido históricamente objeto de tensiones geopolíticas.
Cada movimiento en el tablero internacional que involucra al país latinoamericano despierta sospechas sobre el verdadero objetivo de las intervenciones.
Évole no necesitó elaborar un largo análisis para señalar lo que muchos piensan: las guerras modernas rara vez se libran solo por ideales.
Mientras en España y otros países se multiplicaban las reacciones de artistas, periodistas y dirigentes políticos, en Venezuela la escena era radicalmente distinta.
De madrugada, el ministro del Interior, Diosdado Cabello, compareció ante la población en un mensaje cargado de dramatismo.
Rodeado de fuerzas de seguridad, con casco y chaleco antibalas, habló de “masacre” y denunció lo que calificó como una agresión directa de Estados Unidos.
Cabello apeló a la calma, pero también a la organización popular. “Aquí hay un pueblo organizado que sabe qué hacer”, afirmó, en un intento de transmitir control y resistencia en medio del caos.
Sus palabras buscaban evitar el pánico, pero también reforzar la idea de unidad frente a un enemigo externo. En su discurso, el ataque no solo fue militar, sino simbólico: un golpe a la soberanía nacional.
El mensaje a la ciudadanía fue claro: no caer en la desesperación, no facilitar las cosas al “enemigo invasor”, confiar en el alto mando político y militar.
Esa retórica, habitual en contextos de conflicto, refleja hasta qué punto la situación fue percibida como un punto de inflexión.
Para muchos venezolanos, más allá de afinidades políticas, la intervención extranjera despierta recuerdos históricos dolorosos y temores profundamente arraigados.
Desde fuera, el debate se polariza rápidamente. Hay quienes celebran el fin de Maduro como una liberación y quienes condenan la operación como una violación flagrante del derecho internacional.
Sin embargo, voces como la de Guzmán y Évole invitan a mirar más allá de esa dicotomía simplista.
La pregunta no es solo quién gobierna Venezuela, sino quién decide cuándo y cómo se puede derrocar a un gobierno, y con qué legitimidad.
El papel de Estados Unidos en América Latina ha sido objeto de análisis durante décadas. Golpes de Estado, bloqueos económicos, intervenciones encubiertas y apoyo a regímenes afines forman parte de una historia documentada por investigadores y periodistas.
En ese contexto, la reacción de figuras públicas españolas no es una anomalía, sino la expresión de una memoria colectiva que reconoce patrones repetidos.
Daniel Guzmán, desde su posición de creador, pone el acento en la responsabilidad social.
Al señalar que millones de personas apoyan estas políticas, no busca insultar, sino advertir de un problema más amplio: la deshumanización del otro.
Cuando una sociedad acepta la violencia contra pueblos lejanos como algo necesario o inevitable, se rompe un límite ético fundamental.
Ese mensaje conecta con el cine que Guzmán ha hecho y con el que muchos espectadores reconocen en su filmografía.
Historias donde la violencia no es abstracta, sino concreta, donde tiene rostro, consecuencias y víctimas.
Al trasladar esa sensibilidad al análisis político, el actor refuerza la idea de que las decisiones geopolíticas no son ajenas a la vida cotidiana de millones de personas.
La viralidad de estas declaraciones no es casual. En un ecosistema mediático saturado de titulares y opiniones efímeras, las palabras que tocan una fibra profunda tienden a propagarse.
No porque sean escandalosas, sino porque articulan un malestar compartido. El rechazo a la guerra, a la imposición por la fuerza y al cinismo de los intereses económicos sigue siendo un sentimiento potente, aunque a menudo silenciado.
En España, las reacciones institucionales se movieron en un tono más diplomático.
Llamamientos a la calma, a la desescalada y al respeto del derecho internacional marcaron los comunicados oficiales.
Sin embargo, el contraste entre ese lenguaje y la crudeza de las imágenes que llegaban desde Venezuela alimentó la sensación de distancia entre la política formal y la percepción ciudadana.
La intervención de artistas y periodistas, en este sentido, cumple una función clave: traducir el lenguaje frío de la geopolítica a términos comprensibles y emocionalmente significativos.
Cuando Guzmán habla de masacres o de ADN imperialista, no está ofreciendo un informe técnico, sino una lectura moral de los hechos. Esa lectura puede ser discutida, pero no ignorada.
El caso de Venezuela vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la comunidad internacional acepta que el uso de la fuerza sea una herramienta legítima para resolver conflictos políticos internos de otros países? Y, más aún, ¿quién decide cuándo esa fuerza es aceptable y cuándo no? Las respuestas, si existen, no son sencillas.
Lo que sí parece claro es que cada intervención deja cicatrices profundas. En el terreno físico, con víctimas y destrucción.
Y en el simbólico, erosionando normas que costaron décadas construir.
El derecho internacional, tantas veces invocado, se vuelve frágil cuando las potencias deciden saltárselo sin consecuencias reales.
Por eso, las palabras de Guzmán y Évole no son solo opiniones personales. Funcionan como un recordatorio de que la ciudadanía tiene derecho —y quizás la obligación— de cuestionar los relatos oficiales.
De preguntarse a quién benefician realmente las guerras y quién paga el precio más alto.
En última instancia, este episodio demuestra que la cultura y el periodismo siguen siendo espacios de resistencia simbólica.
Frente a la lógica de la fuerza, proponen la lógica de la reflexión. Frente al ruido de las armas, la incomodidad de las preguntas.
Y frente a la indiferencia, la apelación a la conciencia.
El ataque a Venezuela y sus consecuencias aún se están escribiendo. Lo que quedará, más allá de los comunicados y las declaraciones, será la memoria de cómo reaccionó el mundo.
Si aceptó el hecho como algo inevitable o si, al menos, se permitió dudar, indignarse y alzar la voz.
En esa grieta, pequeña pero necesaria, se cuelan las palabras de quienes, como Daniel Guzmán, se niegan a normalizar la violencia y recuerdan que ningún imperio es eterno, pero las heridas que deja pueden durar generaciones.
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