Torito reflexiona para sobre su carrera: “He sido una superestrella que no se podía pagar un taxi”.
El comunicador recuerda que uno de los momentos más amargos de su carrera fue cuando lo despidieron de Telecinco.

Hay una escena que Torito cuenta casi de pasada, pero que tiene más suspense que muchas series: el mismo día que lo echan de Telecinco, él acababa de firmar el contrato de una casa. No es una metáfora.
Es ese tipo de golpe que no te deja tiempo ni para indignarte: te deja quieto, con la firma todavía fresca y el suelo moviéndose bajo los pies. Y quizá por eso, cuando ahora habla de su carrera, lo hace con una frase que parece un chiste pero en realidad es una radiografía de la televisión por dentro: “He sido una superestrella que no se podía pagar un taxi”.
En un mundo donde la fama suele venir envuelta en la fantasía del éxito permanente, Torito (Quique Jiménez) se sienta a hablar con SEMANA y hace algo que no acostumbra: abre la puerta de su trastienda.
No la del personaje, no la del colaborador gamberro de los reportajes extremos, sino la del profesional que ha aprendido a sobrevivir a las luces, a los silencios y a ese momento en el que dejas de salir en pantalla y, de repente, parece que te has vuelto invisible.
La entrevista, firmada por Carlos Otero y publicada el 7 de abril de 2026, tiene ese tono que engancha porque mezcla humor con confesión sin dramatismos baratos. Torito no se presenta como víctima ni como héroe.
Se presenta como alguien que ha jugado con los límites —a veces rozándolos y otras cruzándolos— y que, aun así, sigue aquí. En radio, en televisión, en eventos, en concursos. A caballo entre Madrid y Andalucía. Haciendo malabarismos logísticos para llegar a todo. Y, sobre todo, intentando algo que suena sencillo pero en su gremio es casi un lujo: vivir tranquilo.
Lo primero que sorprende es cómo describe su relación con la televisión desde niño. No era el típico crío que se pasaba la tarde en la calle. Él era “de tele”, de quedarse pegado a la pantalla viendo capítulos de Falcon Crest que su madre grababa en vídeo.
Esa imagen tiene algo muy revelador: hay gente que llega a la televisión por ambición; otros llegan por accidente; y hay quienes, como Torito, parecen haber nacido con la programación dentro. Como si la tele no fuera un trabajo, sino un idioma.
Ese idioma lo empezó a hablar “en serio” en el año 2000, cuando se presentó al casting de El Bus, el programa con el que Antena 3 quiso aprovechar el boom de Gran Hermano.
Quedó entre los finalistas, pero no llegó a entrar. Él lo cuenta como su primer contacto con el medio: el de “casi concursante” de un reality. Y aquí está lo jugoso: reconoce que su carrera habría sido muy diferente si lo hubieran seleccionado… y remata con una idea que suena a destino bien colocado: “casi mejor que no lo hicieran”.
Porque lo que vino después le dio algo que un reality no siempre te da: oficio. Se fue de Menorca a Barcelona para estudiar Bellas Artes y empezó a trabajar haciendo decorados. Esa parte importa más de lo que parece.
La televisión está llena de gente que aprende a hablar delante de la cámara, pero no tanta que entienda lo que pasa detrás: cómo se construye un set, cómo se crea un mundo, cómo se “vende” una escena para que parezca más grande de lo que es. Torito venía con esa mirada.
Y entonces llegó el momento bisagra: una televisión local (que ya no existe) abrió un proceso de selección de reporteros para un programa llamado Vitamina N. Cada día había una prueba. Él se apuntó. Y ganó. Ahí, dice, se creó el personaje —o el producto— Torito tal y como lo conocemos hoy.
Incluso un detalle que durante años fue parte de su imagen pública, las rastas, nacieron de un reportaje en una peluquería durante aquel casting. Es un dato pequeño, pero explica mucho: el personaje no cayó del cielo; se fabricó con pruebas, con ritmo, con decisiones de cámara y con intuición.
A partir de ahí, su vida cambió. El programa local tuvo muchísimo éxito. Y aquí llega el contraste que convierte la entrevista en algo más que nostalgia: “Yo era una superestrella, pero no tenía dinero ni para pagar un taxi”.
La frase funciona porque rompe el cliché. Te obliga a parar y pensar: ¿cómo es posible ser “superestrella” y estar justo? La respuesta está escondida en la propia naturaleza del medio: puedes tener visibilidad sin estructura, aplausos sin estabilidad, popularidad sin colchón.
Ese éxito llamó la atención de Mediaset. Según cuenta, los ejecutivos vieron el programa y varios acabaron haciendo TNT, el sustituto de Crónicas Marcianas. Estaban Jordi González (presentador de ambos espacios), Marta Torné o Raúl Gómez, con quien Torito compartió piso en Madrid.
Ese salto de una tele local a un ecosistema nacional no es solo un cambio de pantalla: es un cambio de reglas. De repente, lo que haces no lo ve tu barrio. Lo ve un país. Y cuando te ve un país, cada exceso se multiplica.
Y Torito lo dice sin rodeos: aquellos eran “reportajes extremos, muy locos y transgresores”. También lo dice con una sinceridad que no siempre se escucha en gente que lleva tanto tiempo en esto: “Si he durado 25 años en esta profesión es porque he jugado con los límites. A veces al borde y a veces pasándome”.
En otra época, ese tipo de frases se convertirían en un desfile de anécdotas simpáticas. Él, en cambio, lo lleva al lugar donde duele: “De hecho, me echaron de Telecinco porque consideraron que uno de esos reportajes fue de mal gusto”.
Aquí la entrevista se vuelve especialmente humana porque no busca quedar bien. Torito explica el episodio con un detalle clave: lo mandaron a hacer un reportaje a un Salón Erótico en Galicia.
Allí, dice, una chica hacía un espectáculo con una botella de agua. Se emitió una pieza que él asegura no haber editado, en la que parecía que hacía algo que no gustó nada en la cadena. “Decidieron cortar por lo sano”. Esa frase, “cortar por lo sano”, en televisión significa lo que significa: no hay debate, no hay matices, no hay segundas oportunidades. Hay tijera.
Lo que hace que esa parte se te quede clavada no es el morbo del contenido, sino el efecto dominó personal. Él cuenta que le afectó muchísimo. Que le pilló muy joven. Que no tenía herramientas.
Y ahí suelta el dato que convierte la anécdota en golpe real: ese mismo día acababa de firmar el contrato de una casa. No hay glamour en eso. No hay “personaje”. Hay un adulto joven intentando construir una vida y recibiendo un portazo profesional en el peor momento posible.
Lo interesante es que Torito no se queda en la queja. Extrae una lección de gestión del poder, y esa lección suena muy práctica: hoy, dice, habría ido directamente al despacho del director general a pedir explicaciones.
Aquello le enseñó que cuando pasa algo grave, tiene que hablar él directamente con los de arriba. No con intermediarios. No por rumores. No por terceros. Con los de arriba. En un sector donde muchas decisiones se toman en despachos a los que no llegas, esa “moraleja” tiene más valor del que parece.
Después de ese despido, uno podría imaginar el típico relato de caída y desaparición. Pero Torito no desaparece. Dice que lo salvó la televisión autonómica balear.
Luego volvió a la tele nacional en un programa de Antena 3 que presentaba Cristina Lasvignes y que competía contra Sálvame. Y desde ahí, la rueda gira otra vez: estando en Antena 3, le proponen volver a Telecinco, primero con Vuélveme loca y después con María Teresa Campos en Qué tiempo tan feliz.
En esa etapa, Torito se coloca en un lugar muy particular: el del reportero que encaja en formatos populares sin convertirse en un “personaje de trinchera”. Cuenta que fue de los pocos que se mantuvo en Viva la vida y que más tarde fue muy feliz en Zapeando. No es una lista de programas por presumir; es la demostración de una habilidad rara: saber moverse entre cadenas, formatos y épocas sin perder el sello.
Pero la televisión es cíclica, y él lo describe con una frase que suena a verdad incómoda: “Pensé que volvería a trabajar enseguida, pero cuando dejas de salir, nadie se acuerda de ti”. Lo dice al hablar de otro parón complicado, esta vez tras un ajuste en Zapeando.
Tenía una sección que funcionaba muy bien, pero hubo recortes y “se cargaron a nueve colaboradores”, entre ellos él. De golpe, no se cae solo un trabajo: se cae el programa y “todo lo que llevaba asociado”.
Esa parte, para cualquiera que haya trabajado en sectores creativos o mediáticos, es reconocible. No solo pierdes un sueldo: pierdes el ritmo, la rutina, los contactos calientes, el escaparate que te mantiene vigente. Y, sobre todo, pierdes esa sensación de continuidad que te permite planificar. Torito lo cuenta sin dramatizar, pero dejando claro el vértigo.
Entonces aparece MasterChef Celebrity. Y lo interesante es cómo lo interpreta: no como un simple “programa más”, sino como una tabla de salvación que le permite explorar algo que, sorprendentemente, le gusta mucho: concursar.
Él lo llama con humor su nueva faceta de “concursante profesional”. Menciona Grand Prix, Pasapalabra y la idea de que todavía le quedan muchos concursos por hacer. Dicho así parece una broma, pero en realidad describe una estrategia inteligente: si el medio te corta como colaborador fijo, puedes seguir en el circuito entrando como participante, como invitado, como formato.
También hay una parte de responsabilidad personal que le da peso a todo lo anterior: Torito tiene un hijo, hay gastos, hay vida real. Él reconoce que se agobió mucho, pero que por suerte pudo tirar de ahorros y centrarse en crear formatos.
Y aquí deja otro detalle que, sin sonar moralista, muestra una brújula clara: nunca llegó al punto de tener que aceptar proyectos que no le apetecían. Le ofrecieron reconvertirse en colaborador de corazón, pero él dice que ese no es su sitio. “Torito vive en el humor y no quería perder la esencia del personaje”.
Esa frase tiene miga porque no es una pose artística. En televisión, cambiar de “casilla” puede darte trabajo rápido, sí, pero también puede encasillarte para siempre. Si te conviertes en algo que no eres, puede que te llamen más… durante un tiempo. Y luego, cuando pase la ola, no sabrán dónde colocarte. Torito parece haber entendido que su valor está en un registro concreto: el humor, lo gamberro, el límite. No en la bronca ni en el cotilleo como oficio.
Su presente, tal como lo cuenta, tiene menos brillo de plató y más estructura de vida. Es colaborador fijo en El Despertador de Radio Nacional de España, un programa con horarios brutales (se emite en directo de 04:00 a 06:00). Eso también es un dato que retrata disciplina: levantarte a esa hora no lo hace alguien “de paso”.
Además, sigue haciendo eventos y se reparte entre Madrid y Andalucía, donde viven su marido y su hijo. “Hago auténticos malabarismos logísticos para llegar a todo, pero estoy contento”, dice. Y remata con una idea que suena a paz ganada a pulso: después de tantos años, lo que más valora es vivir tranquilo y seguir trabajando en lo que le divierte.
Lo que hace viral esta historia no es solo el nombre o los programas. Es el espejo que ofrece. Torito desmonta dos mitos a la vez: que la fama equivale a dinero, y que una carrera larga equivale a estabilidad automática. Te muestra el reverso: puedes ser conocido y estar ajustado; puedes tener éxitos y ser despedido; puedes estar arriba y, de pronto, no existir para nadie. Y aun así, si te adaptas, vuelves.
Hay otro elemento que convierte la entrevista en una pieza con recorrido: el retrato de una época. Torito habla de un reportaje en Puerta del Sol donde daban 100 euros al primero que se desnudara. “Era otra época”, dice. “No existía el pudor que hay hoy”. Ese tipo de frase, en 2026, funciona casi como un choque cultural.
Y ayuda a entender por qué ciertos formatos y estilos que antes se emitían sin pestañear hoy serían impensables. Torito no lo celebra ni lo condena de forma grandilocuente: lo coloca en contexto. Y en ese contexto, su despido también se entiende como parte de un sistema que tolera el límite hasta que decide no tolerarlo.
Al final, lo que queda no es una lista de programas, sino una sensación: Torito ha vivido la tele como se vive una ciudad grande. Con noches increíbles, con mañanas duras, con puertas que se cierran sin explicación y con otras que se abren cuando menos lo esperas.
Ha sido “superestrella” sin taxi, ha firmado una casa el día de un despido, ha vuelto desde autonómicas, ha encajado en grandes formatos, ha sufrido el “nadie se acuerda de ti”, y ha encontrado una nueva vía en los concursos para seguir estando sin traicionarse.
Y quizá por eso la entrevista tiene ese valor extraño que no se fabrica con frases motivacionales: el valor de recordarte que la carrera profesional no es una línea recta, especialmente en televisión.
Es una sucesión de picos, baches y reinicios. Torito lo cuenta con humor, sí, pero el mensaje práctico está ahí: ahorra cuando puedas, habla con quien decide cuando algo se tuerce, no dejes que te definan por el último silencio, y protege tu esencia porque es lo único que no te pueden recortar en un ajuste de plantilla.
Si alguien busca una moraleja rápida, la tiene en una sola línea: la fama se enciende con un botón, pero la estabilidad se construye con años. Y Torito, que lleva 25 años jugando con el límite, parece haber aprendido a jugar también con algo más difícil: la vida cuando se apagan los focos.
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