Rufián tumba las críticas del PP tras la comisión de la DANA en el Congreso: “Os molesta más…”.
El parlamentario de ERC ha confrontado con Feijóo por la gestión de Mazón ante la tragedia de Valencia que dejó 230 víctimas mortales.

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, y el presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo.
Hay comparecencias que nacen con vocación de trámite parlamentario y acaban convirtiéndose en un retrato político de una época.
La del presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, este lunes en la comisión de investigación sobre la DANA que arrasó Valencia el 29 de octubre de 2024, es una de ellas.
No solo por lo que se dijo, sino por cómo se dijo, por quién lo dijo y por las heridas que volvió a abrir en un país que todavía no ha digerido del todo aquella tragedia.
Desde primera hora se respiraba tensión en el Congreso de los Diputados. No era una sesión cualquiera.
Sobre la mesa no estaba solo la gestión de una catástrofe natural, sino la responsabilidad política, la verdad de los hechos y el intento de algunos de reescribir el relato. Y en ese escenario, el cara a cara entre Feijóo y Gabriel Rufián se convirtió en el eje alrededor del cual giró toda la jornada.
El choque no fue improvisado. Se fue construyendo frase a frase, reproche a reproche, hasta estallar en uno de los momentos más comentados del día.
Rufián, portavoz de ERC, tomó la palabra con un tono firme, sin rodeos, y con una lista preparada. No eran opiniones, insistió, eran hechos.
Hechos que, según él, desmontaban una a una las afirmaciones que Feijóo lleva meses sosteniendo sobre lo ocurrido durante la DANA.
Mientras tanto, en la bancada popular, los gestos hablaban tanto como las palabras. El líder del PP se mostró a la defensiva, incómodo, consciente de que no estaba ante una intervención más, sino ante un cuestionamiento directo de su relato.
Porque lo que Rufián puso sobre la mesa no fue solo la actuación de Carlos Mazón, sino la estrategia política de Génova desde aquel 29 de octubre.
Rufián empezó por lo esencial: el tiempo. Recordó que la Confederación Hidrográfica del Júcar sí avisó del riesgo de crecidas, y lo hizo con horas de antelación.
A las 11:45 y a las 12:20 del mediodía. Lo subrayó despacio, para que quedara claro. Cinco horas antes de que se constituyera el CECOPI.
Ocho horas antes de que se enviara el mensaje de alerta a la población valenciana. Ocho horas en las que, como recordó el diputado republicano, el entonces president de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón, seguía en El Ventorro, un restaurante que se ha convertido ya en símbolo político de aquella tarde.
La pregunta flotó en el aire sin necesidad de ser formulada de manera explícita: ¿qué habría pasado si se hubiera actuado a tiempo? ¿Cuántas decisiones se podrían haber tomado con esa información? ¿Cuántos daños se podrían haber evitado? Rufián no necesitó responder. Bastó con dejar el silencio después de los datos.
El segundo punto fue aún más delicado. Feijóo había reiterado su interés por conocer los mensajes intercambiados entre Mazón y el presidente del Gobierno durante la tragedia. Rufián lo calificó de imposible.
No por una cuestión técnica, sino por una realidad incómoda: el intermediario en esas comunicaciones era José Manuel Cuenca, jefe de gabinete de Mazón, y su teléfono fue formateado. “Oh, sorpresa”, ironizó el portavoz de ERC, provocando murmullos en la sala.
A partir de ahí, la intervención se convirtió en un repaso meticuloso de contradicciones. Rufián recordó cómo Feijóo aseguró en un primer momento que nunca había cambiado de teléfono móvil, para después admitir lo contrario en una rueda de prensa.
También subrayó que, pese a decir que quería que se conociera “toda la verdad”, tardó más de un año en entregar sus mensajes con Mazón, y solo lo hizo tras el requerimiento de la jueza de Catarroja. El detalle final fue especialmente significativo: los entregó en Nochebuena.
Pero quizá el golpe más duro llegó cuando Rufián desmontó otra de las afirmaciones repetidas por el PP: que la Generalitat Valenciana había abonado el 90% de las indemnizaciones. “Mentira”, dijo sin rodeos.
Aclaró que lo que se ha pagado son daños materiales, pero que no se ha reconocido ni indemnizado a las víctimas como tales. “Cero euros”, sentenció.
Y recordó que ni siquiera existe un decreto del Consell que las reconozca oficialmente como víctimas de la DANA.
La reacción en la sala fue inmediata. Interrupciones, protestas, llamadas al orden. La presidenta de la comisión tuvo que intervenir en varias ocasiones para intentar reconducir el debate.
Pero el clima ya estaba enrarecido. Feijóo respondió elevando el tono, acusando a Rufián de ser “colaborador necesario” de un Gobierno que, según él, es el más corrupto de la historia. El intercambio se volvió bronco, áspero, casi personal.
En medio de ese cruce, el líder del PP intentó desviar el foco hacia otros asuntos, como el accidente ferroviario de Adamuz. Rufián no se lo dejó pasar.
Calificó de “miserable” comparar la gestión de una DANA con una “negligencia ferroviaria continuada”, y recordó que el ministro Óscar Puente estaba dando información a los medios apenas media hora después del accidente. La comparación, dijo, no se sostenía.
Al terminar la sesión, la tensión no se disipó. Al contrario, se trasladó a las redes sociales y a los pasillos de Génova.
Desde la dirección del PP, las críticas se centraron en la actitud de Rufián tras su intervención. Ester Muñoz, portavoz del grupo popular en el Congreso, escribió que el diputado de ERC “se largó” tras hablar, insinuando que su intervención estaba pensada únicamente para generar contenido en redes.
La respuesta de Rufián fue inmediata y contundente. En un mensaje que se viralizó en cuestión de minutos, lanzó una frase que condensó toda la polémica:
“Os molesta más que me vaya yo de una Comisión tras hablar que Mazón se quede en El Ventorro tras la DANA”. No hizo falta añadir nada más. La comparación fue directa, incómoda y difícil de esquivar.
Mientras tanto, Feijóo trató de recomponer su discurso ante los medios. Insistió en que Carlos Mazón fue el único cargo político que asumió responsabilidades tras la DANA con su dimisión, y aseguró que eso “al menos le reconcilia en parte con los hechos”.
Reconoció que el entonces president valenciano “se equivocó y no estuvo a la altura”, pero defendió su actuación argumentando que tomó decisiones “con la información que tenía”.
El líder del PP volvió a señalar a la Confederación Hidrográfica del Júcar, organismo dependiente del Estado, como responsable de no haber proporcionado la información adecuada al CECOPI.
Según Feijóo, lo que falló fue precisamente eso: la información necesaria para tomar decisiones en el momento oportuno. “Ninguno de los responsables de la administración estuvo a la altura”, afirmó, matizando que cada uno tiene su grado de responsabilidad.
Sin embargo, ese intento de repartir culpas no logró cerrar el debate. Porque para muchos, la comparecencia dejó una sensación clara: que hay demasiadas preguntas sin responder y demasiadas versiones interesadas compitiendo por imponerse.
La DANA de Valencia no es solo un episodio del pasado reciente; es una herida abierta que sigue condicionando el presente político.
Lo ocurrido en la comisión ha vuelto a demostrar que la gestión de las catástrofes no termina cuando baja el agua o se apagan las cámaras.
Continúa en la memoria de las víctimas, en la exigencia de responsabilidades y en la honestidad de los relatos. Cada dato ocultado, cada contradicción, cada intento de desviar el foco, alimenta la desconfianza ciudadana.
La confrontación entre Feijóo y Rufián no fue un simple choque dialéctico. Fue el reflejo de dos maneras opuestas de entender la política en momentos críticos. Una, centrada en blindar un relato y minimizar daños internos. Otra, empeñada en señalar contradicciones y forzar explicaciones incómodas.
Al final, más allá de los nombres propios y de las siglas, lo que quedó sobre la mesa es una pregunta que sigue sin respuesta clara: ¿se hizo todo lo que se podía hacer para evitar lo ocurrido aquel 29 de octubre? Y mientras esa pregunta siga flotando en el aire, ninguna comisión, ninguna comparecencia y ningún tuit bastarán para cerrar el capítulo.
Porque cuando la política se cruza con el dolor real de la gente, el margen para la ambigüedad se reduce al mínimo. Y la sociedad, cada vez más informada y más crítica, ya no se conforma con relatos a medias. Quiere saber qué pasó, quién falló y por qué. Y, sobre todo, quiere que no vuelva a pasar.
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