Los dos tuits más delirantes de Eduardo Garzón.

 

 

 

 

 

En los últimos días, el economista y divulgador Eduardo Garzón ha vuelto a situarse en el centro de la polémica económica y política a raíz de varios mensajes publicados en redes sociales en los que defendía, una vez más, los postulados de la llamada Teoría Monetaria Moderna (TMM).

 

 

Dos de esos tuits, en particular, han desatado una oleada de críticas, análisis y burlas, hasta el punto de ser calificados por numerosos economistas y analistas como un ejemplo extremo de confusión entre conceptos básicos de macroeconomía.

 

 

El debate, lejos de quedarse en una simple polémica de Twitter, ha reavivado una discusión de fondo sobre el dinero, la inflación, las pensiones y los límites reales de la acción del Estado.

 

 

El primero de los mensajes que ha generado mayor revuelo parte de una analogía que Garzón ya ha utilizado en otras ocasiones.

 

En él, comparaba a un gobernante que afirma no tener dinero para financiar políticas públicas con un profesor de matemáticas que se quedara “sin números” para dar clase.

 

La idea central del argumento es clara: así como los números son infinitos, el dinero también lo sería, al menos para un Estado con soberanía monetaria.

 

Desde esta premisa, Garzón sostiene que un gobierno puede crear todo el dinero que desee para financiar cualquier política pública que considere necesaria.

 

 

A primera vista, el mensaje puede resultar intuitivo para parte del público general, pero es precisamente ahí donde muchos economistas sitúan el problema.

 

Que un Estado pueda emitir moneda fiat de manera ilimitada en términos nominales no implica, ni mucho menos, que pueda hacerlo sin consecuencias reales.

 

La crítica fundamental apunta a una confusión deliberada o negligente entre la cantidad nominal de dinero y su valor real, es decir, su poder adquisitivo.

 

Un banco central puede crear unidades monetarias hasta el infinito, pero si la oferta de dinero crece muy por encima de la demanda, el resultado inevitable es la pérdida de valor de esa moneda.

 

Este no es un debate teórico abstracto. La historia económica ofrece innumerables ejemplos de lo que ocurre cuando se lleva al extremo la idea de que “el dinero es ilimitado”.

 

 

Desde la Alemania de Weimar hasta Zimbabue o la Venezuela más reciente, la emisión masiva de dinero para financiar gasto público ha terminado en episodios de hiperinflación que destruyeron el ahorro, los salarios y las pensiones.

 

 

Incluso economistas cercanos a la Teoría Monetaria Moderna reconocen que existen límites reales: la capacidad productiva de la economía, la disponibilidad de recursos y la confianza en la moneda.

 

 

La analogía entre números y dinero es, según muchos expertos, profundamente engañosa. Los números son una abstracción matemática sin coste ni restricciones reales.

 

El dinero, en cambio, es una institución social cuya utilidad depende de que otros agentes estén dispuestos a aceptarlo a cambio de bienes y servicios.

 

Si todo el mundo sabe que el Estado emite dinero sin límite para financiar cualquier gasto, la confianza se erosiona y la demanda de esa moneda cae.

 

Cuando la demanda no crece al mismo ritmo que la oferta, el valor se desploma.

 

 

El segundo tuit que ha avivado la controversia adopta la forma de un diálogo ficticio entre el propio Eduardo Garzón y un supuesto detractor.

 

En ese intercambio imaginario, el crítico afirma que no hay dinero para pagar las pensiones, a lo que Garzón responde con rotundidad que sí lo hay, porque el dinero es ilimitado.

 

Ante la objeción de que crear demasiado dinero puede provocar inflación, Garzón parece minimizar el problema y vuelve a insistir en que lo relevante es que “sí hay dinero”.

 

Este planteamiento ha sido duramente cuestionado porque, de nuevo, desplaza el foco del problema real.

 

Las pensiones no se pagan con billetes en abstracto, sino con capacidad adquisitiva.

 

Lo que importa no es que el pensionista reciba una cantidad nominal de euros, sino que esos euros le permitan comprar alimentos, energía, medicamentos y vivienda.

 

 

Si la inflación se dispara como consecuencia de la emisión masiva de dinero, el Estado puede seguir pagando pensiones en términos nominales, pero en términos reales estaría recortándolas.

 

De hecho, el propio Eduardo Garzón ha criticado en numerosas ocasiones a gobiernos como el de Javier Milei en Argentina por no actualizar las pensiones al ritmo de la inflación, lo que en la práctica supone un recorte del poder adquisitivo de los jubilados.

 

Sin embargo, la lógica que subyace a sus tuits más recientes parece contradecir esa crítica.

 

Si lo único relevante fuera la cantidad nominal transferida, entonces no habría recorte alguno mientras el número de pesos o euros no disminuyera.

 

La contradicción es evidente y ha sido señalada por numerosos analistas.

 

 

La cuestión de fondo es que financiar una política pública no consiste en crear unidades monetarias sin valor, sino en movilizar recursos reales.

 

Para pagar pensiones, sanidad o educación se necesitan trabajadores, infraestructuras, energía, bienes y servicios.

 

El dinero es solo el mecanismo que permite coordinar esa asignación de recursos.

 

Cuando se rompe el vínculo entre dinero y producción real, el sistema se desestabiliza.

 

En contextos de inflación elevada, la paradoja es aún más evidente. Cuanto más dinero se emite para cubrir el gasto, más rápido suben los precios y menor es la capacidad real del Estado para financiar políticas públicas.

 

Lejos de ser una herramienta expansiva sin límites, la emisión descontrolada de dinero se convierte en un mecanismo regresivo que empobrece especialmente a quienes dependen de rentas fijas, como los pensionistas.

 

 

La crítica a estos tuits no se limita al plano académico. También tiene una dimensión política y comunicativa.

 

Eduardo Garzón no es un economista marginal, sino un divulgador con una amplia audiencia y con influencia en determinados sectores progresistas.

 

Sus mensajes, simplificados y contundentes, calan con facilidad en un debate público ya de por sí polarizado.

 

El riesgo, según sus críticos, es que se transmitan ideas erróneas que alimenten expectativas irreales sobre lo que puede hacer un gobierno simplemente “creando dinero”.

 

Desde fuentes académicas y medios especializados se insiste en que la Teoría Monetaria Moderna no defiende exactamente lo que Garzón afirma en sus tuits más polémicos.

 

La TMM reconoce que el límite del gasto público no es financiero, sino real, y que la inflación es la restricción fundamental.

 

Sin embargo, cuando este matiz desaparece del discurso divulgativo, el mensaje que llega al público es que no existen límites y que cualquier problema puede resolverse imprimiendo dinero.

 

El debate sobre estos dos tuits ha servido, en definitiva, para poner de relieve un problema recurrente en la discusión económica en redes sociales: la tendencia a reducir cuestiones complejas a eslóganes llamativos.

 

La economía no funciona como una analogía matemática simple, y las políticas públicas no pueden diseñarse ignorando las restricciones reales.

 

Confundir la capacidad nominal de emitir dinero con la capacidad real de financiar gasto es una simplificación peligrosa.

 

Más allá de la figura concreta de Eduardo Garzón, la polémica refleja una tensión más amplia en el debate económico contemporáneo.

 

En un contexto de crisis recurrentes, endeudamiento público elevado y envejecimiento de la población, la tentación de presentar soluciones fáciles es grande.

 

Pero la sostenibilidad de las pensiones, el control de la inflación y la estabilidad monetaria siguen siendo desafíos que no admiten atajos retóricos.

 

El intercambio de estos días demuestra también hasta qué punto Twitter se ha convertido en un campo de batalla ideológico donde conceptos técnicos se convierten en munición política.

 

Los dos tuits de Garzón, lejos de cerrar el debate, han abierto una discusión más profunda sobre la responsabilidad de los divulgadores económicos y sobre la necesidad de distinguir claramente entre variables nominales y reales, algo que se enseña en los primeros cursos de macroeconomía.

 

 

Al final, la pregunta clave sigue siendo la misma: ¿qué significa realmente “financiar” una política pública? No se trata de imprimir billetes, sino de garantizar que existan los recursos reales necesarios para sostenerla sin destruir el valor de la moneda.

 

 

Ignorar esta distinción puede resultar atractivo en un tuit, pero tiene consecuencias muy reales cuando se traslada al terreno de las decisiones políticas.