Susana Díaz abandona ‘En boca de todos’ tras el numerito de Alfonso Serrano, confidente de Ayuso: “Da pena, no cambias”.

 

 

El secretario general del PP de Madrid señala a Óscar Puente y pedía su dimisión tras la tragedia ferroviaria de Adamuz.

 

 

 

.Susana Díaz y Alfonso Serrano.

 

Hubo un momento, breve pero elocuente, en el que el plató de En boca de todos se quedó suspendido en un silencio incómodo.

No era un silencio técnico ni una pausa publicitaria. Era ese tipo de silencio que aparece cuando una conversación deja de ser un debate y se convierte en algo más crudo: una exhibición de tensiones acumuladas, reproches viejos y una tragedia todavía demasiado reciente como para ser utilizada sin consecuencias.

En ese instante, Susana Díaz decidió marcharse de la conexión. Y con ese gesto, aparentemente simple, dejó al descubierto mucho más de lo que se había dicho hasta entonces.

 

Lo que ocurrió ese día en el programa de Cuatro no fue un encontronazo más de tertulia política. Fue el reflejo de un clima enrarecido, de una lucha por el relato en medio del dolor y de una pregunta incómoda que sobrevuela desde el accidente ferroviario de Adamuz: ¿dónde acaba la exigencia de responsabilidades y dónde empieza el uso político de una tragedia?

 

La escena comenzó con Alfonso Serrano, secretario general del PP de Madrid y uno de los hombres de máxima confianza de Isabel Díaz Ayuso, elevando el tono desde el primer minuto.

Serrano no dudó en pedir la dimisión inmediata del ministro de Transportes, Óscar Puente, aun cuando la investigación sobre las causas del accidente seguía abierta.

Su argumento era claro y repetido: el Gobierno, según él, habría intentado “colar un bulo” sobre el estado de la red ferroviaria, y eso, afirmaba, era motivo suficiente para que el ministro abandonara el cargo “por respeto a las víctimas” y “por haber faltado a la verdad”.

 

El discurso encajaba perfectamente con la línea marcada por Génova en las últimas jornadas.

Una estrategia de presión constante, declaraciones contundentes y una exigencia de dimisión que no esperaba a los informes técnicos ni a las conclusiones oficiales.

Serrano hablaba con seguridad, casi con la sensación de estar recitando un guion ya conocido por la audiencia política.

 

Pero al otro lado de la pantalla estaba Susana Díaz. Y su respuesta no fue inmediata ni airada. Fue, en apariencia, serena.

La ex presidenta de la Junta de Andalucía recordó algo que incomodó visiblemente a su interlocutor: otros episodios graves, otras tragedias, otras responsabilidades que nunca se asumieron desde el Partido Popular.

Mencionó las residencias de mayores en Madrid, aludió a la falta de dimisiones, a la ausencia de autocrítica y a una doble vara de medir que, según ella, se repite una y otra vez.

 

“Da pena”, llegó a decir. No como un insulto directo, sino como una constatación. Una forma de señalar que, incluso en momentos de duelo colectivo, hay quien no es capaz de bajar el tono ni un milímetro.

 

Ese comentario fue el detonante. Serrano trató de girar el foco acusando a Díaz de haber perdido el respeto por las víctimas “en dos respuestas”.

Un reproche que buscaba situarla en una posición defensiva, pero que no surtió el efecto esperado. Lejos de alterarse, Díaz respondió con una frase que resonó más allá del plató: “Es imposible, Alfonso. Es que no cambias. Qué lástima”.

 

A partir de ahí, la conversación se descompuso. Serrano empezó a exaltarse, a subir el volumen, a insistir en el “y tú más” como único argumento. “No voy a cambiar”, dijo, casi como una declaración de principios.

Díaz, sin levantar la voz, volvió a marcar distancias. Insistió en que había dirigentes del PP que sí habían optado por la prudencia, que sí habían entendido que no todo vale en mitad de una tragedia.

Pero también dejó claro que no estaba dispuesta a seguir en una conversación basada, según sus palabras, únicamente en la ofensa.

 

“No me apetece entrar en controversia contigo”, sentenció. Y cuando Serrano volvió a sacar a relucir acusaciones pasadas, acusando al PSOE de haber llamado “asesinos” a dirigentes del PP por la gestión de las residencias o de la DANA, la respuesta de Díaz fue firme y definitiva.

Reivindicó su propia trayectoria, su forma de estar en política y su manera de afrontar el dolor ajeno. “Nunca he ofendido a nadie en una tragedia”, dijo. “Intento ser prudente y respetuosa”.

 

El último intercambio fue el más áspero. “Tú sí que das pena, Susana”, lanzó Serrano, ya sin disimulo.

Y ahí, la ex presidenta andaluza decidió que era suficiente. “Desde el minuto uno no ha habido nada en tu intervención que no sea ofender. Venga, chao”. Y cortó la conexión.

 

El gesto fue interpretado de muchas maneras. Para algunos, fue una huida. Para otros, un acto de dignidad.

Para muchos espectadores, simplemente el cansancio acumulado de un tipo de debate que se repite demasiado a menudo en la televisión española: gritos, reproches cruzados y tragedias convertidas en munición política.

 

Desde el plató, Nacho Abad dio por terminada la intervención de Serrano, que seguía quejándose incluso cuando ya no tenía a quién replicar.

La escena, captada en directo, se viralizó rápidamente en redes sociales. No tanto por lo que se dijo, sino por lo que simbolizaba.

 

Mientras tanto, fuera del foco televisivo, el tablero político seguía moviéndose. En Andalucía, el Gobierno de Juanma Moreno Bonilla optaba por un discurso de unidad institucional, destacando la colaboración con el Ejecutivo central en la gestión de la crisis de Adamuz. Un tono muy distinto al que se escuchaba desde Génova.

 

Desde la sede nacional del PP, la ofensiva contra Óscar Puente se intensificaba. Alberto Núñez Feijóo, líder de la oposición, hablaba de “exceso de datos” en una entrevista en la Cadena Cope.

Según él, el Gobierno estaría utilizando una avalancha de información para “confundir” a la opinión pública. Una acusación grave que no venía acompañada, sin embargo, de pruebas concretas.

 

 

Más contundente fue Juan Bravo, vicesecretario de Hacienda del PP. Bravo habló abiertamente de una “responsabilidad directa” del ministro en el accidente y dejó la puerta abierta a la vía judicial.

“La rotura de la vía es la causa. ¿Y la vía de quién depende? Pues eso”, dijo, en una frase pensada claramente para titular.

 

El discurso se completaba con acusaciones de “falta de diligencia” y exigencias de dimisión inmediata.

“No es un accidente extraño; extraño es que Puente siga en el cargo”, llegaron a afirmar.

Un relato construido sobre certezas aparentes, cuando la investigación técnica aún no había concluido.

 

En este contexto, la comparecencia de Óscar Puente en el Senado, prevista para el jueves 29 de enero, se convertía en una cita clave.

No solo para dar explicaciones sobre la crisis ferroviaria, sino para responder a una presión política creciente que amenaza con convertir el accidente de Adamuz en uno de los grandes campos de batalla del año.

 

Lo ocurrido en En boca de todos fue, en realidad, un síntoma. El síntoma de una política cada vez más incapaz de modular el tono incluso en los momentos más delicados.

El síntoma de una televisión que, a veces sin quererlo, amplifica los enfrentamientos en lugar de rebajarlos. Y el síntoma de una sociedad cansada de ver cómo el dolor colectivo se convierte en arma arrojadiza.

 

La pregunta que queda flotando es incómoda, pero necesaria: ¿quién gana con este tipo de enfrentamientos? ¿Las víctimas? ¿Los ciudadanos que esperan explicaciones serias y soluciones reales? ¿O solo quienes entienden la política como un combate permanente, incluso cuando el país aún está de luto?

 

La marcha de Susana Díaz de la conexión no resolvió nada. Pero dejó un mensaje claro. Hay líneas que, para algunos, no merece la pena cruzar. Y quizá, en un clima tan crispado, ese gesto diga más que cualquier argumento lanzado a gritos.

 

Ahora la atención se desplaza al Senado, a los informes técnicos, a las conclusiones que aún están por llegar. El ruido mediático seguirá.

Las declaraciones se multiplicarán. Pero la memoria de ese momento, de ese “venga, chao” pronunciado con cansancio más que con rabia, quedará como recordatorio de que no todo debate merece ser prolongado.

 

Y también como una invitación, para políticos y espectadores, a exigir algo distinto. Más rigor. Más prudencia. Más respeto. Porque cuando la política se come al dolor, todos perdemos.