El alegato de David Cantero es el más indigesto que se ha visto contra Rosa Belmonte y ‘El Hormiguero’ por Santaolalla.

 

David Cantero saca la cara como nadie por Sarah Santaolalla y no se muerde la lengua contra Rosa Belmonte y ‘El Hormiguero’, dejando unas palabras demoledoras sobre la periodista y el programa de Pablo Motos.

 

 

La radio pública no suele convertirse en escenario de declaraciones que marcan un antes y un después en un debate mediático. Pero esta vez ocurrió. Y ocurrió con una contundencia que dejó poco espacio para la ambigüedad.

 

Desde los micrófonos de ‘Las tardes de RNE’, David Cantero decidió romper semanas de silencio y denunciar de forma directa el “intolerable acoso” que, según sus palabras, está sufriendo la periodista y analista política Sarah Santaolalla.

No fue una intervención improvisada ni una reacción en caliente. Fue una reflexión elaborada, sostenida y cargada de indignación ante lo que considera una escalada de ataques machistas que han traspasado las redes sociales para instalarse también en la televisión en horario de máxima audiencia.

 

El detonante inmediato fue el comentario pronunciado por Rosa Belmonte en ‘El Hormiguero’, el programa de Antena 3 presentado por Pablo Motos.

La expresión —“mitad tonta, mitad tetas”— dirigida a Santaolalla generó una oleada de críticas en redes sociales y abrió un nuevo capítulo en la discusión sobre los límites del humor, el machismo en televisión y la responsabilidad de los formatos con mayor audiencia.

 

Cantero no evitó reproducir la frase. Lo hizo precisamente para subrayar su gravedad.

 

“Así, de esa forma, asquerosamente machirula se refería una mujer a otra en una televisión nacional y en prime time”, afirmó el periodista, visiblemente molesto.

Recordó además que el comentario fue acompañado por risas en el plató, entre ellas las del propio Pablo Motos, Juan del Val y Rubén Amón, lo que, a su juicio, agrava la dimensión del episodio.

La polémica no terminó ahí. Tras el aluvión de críticas, tanto Rosa Belmonte como Pablo Motos emitieron mensajes de disculpa. Sin embargo, el tono general y la ausencia de una mención directa a Sarah Santaolalla fueron interpretados por muchos como insuficientes.

“Ha habido disculpas… pero un poco al aire, de forma general, sin citar directamente a la realmente ofendida”, señaló Cantero en antena.

Esa omisión es clave en el análisis comunicativo. En el ámbito de la reputación pública, las disculpas consideradas efectivas suelen incluir el reconocimiento explícito del hecho, la identificación de la persona afectada y la asunción clara de responsabilidad.

Cuando estos elementos no aparecen, el mensaje puede percibirse como una fórmula genérica orientada a contener daños más que a reparar el agravio.

Pero la intervención de Cantero fue más allá del comentario concreto en ‘El Hormiguero’. El periodista contextualizó el episodio dentro de un fenómeno más amplio: el acoso continuado que, según denunció, viene sufriendo Sarah Santaolalla desde hace meses.

“Conviene pensar lo que se va a decir y a quién se le va a decir, sobre todo cuando lo que se dice es pura inmundicia contra una mujer que lleva meses en el punto de mira de los fascistas de este país”, afirmó con rotundidad.

El comunicador hizo referencia a amenazas e intimidaciones que, según se ha denunciado públicamente en distintos espacios, habrían ido más allá de las redes sociales. Mencionó episodios de hostigamiento y la persistencia de mensajes ofensivos que apuntan al físico y al género de la periodista.

En ese punto, Cantero introdujo una dimensión humana que trasciende el debate mediático: el impacto en el entorno personal. Admitió que no puede dejar de pensar en la familia de Santaolalla y en cómo deben estar viviendo una situación que calificó como “acoso insoportable”.

“El apoyo no basta. La situación exige medidas judiciales y policiales urgentes”, reclamó.

Sus palabras conectan con una preocupación creciente en el sector periodístico: la protección de comunicadores frente a campañas de intimidación y señalamiento, especialmente cuando estas tienen un componente ideológico y de género.

Diversas organizaciones han advertido en los últimos años del aumento de amenazas dirigidas a periodistas, con especial incidencia en mujeres que participan activamente en el debate político.

Cantero también señaló el papel de determinados agitadores mediáticos, mencionando el caso de Vito Quiles, a quien acusó de haber hostigado a Santaolalla incluso en su entorno laboral y personal.

Estas acusaciones forman parte de un relato más amplio sobre la presión que soportan algunas figuras públicas cuando se convierten en blanco de campañas coordinadas.

En su intervención, el periodista ofreció una explicación sobre por qué, a su juicio, Santaolalla se encuentra en el centro de estos ataques: “Sus intervenciones escuecen mucho, sobre todo a los más ultras. No soportan que una mujer joven, inteligente, independiente, resuelta y firme en sus argumentos les ponga firmes un día sí y otro también”.

Según este planteamiento, el ataque no responde únicamente a diferencias ideológicas, sino a una reacción ante la visibilidad y la firmeza de una mujer en un espacio tradicionalmente dominado por hombres.

La expresión utilizada en ‘El Hormiguero’ —centrada en el físico— refuerza esa interpretación. Cuando el debate abandona los argumentos para dirigirse al cuerpo, el mensaje implícito es que la autoridad intelectual queda desplazada por la cosificación.

El episodio ha reavivado así una discusión recurrente en la televisión española: la presencia de comentarios machistas en formatos de entretenimiento y la normalización de determinadas burlas bajo el paraguas del humor.

‘El Hormiguero’ es uno de los programas más vistos del país. Su influencia es considerable. Lo que se dice en su plató llega a millones de hogares. Por eso, la reacción —o la falta de reacción— ante un comentario polémico adquiere especial relevancia.

En este caso, el silencio inmediato en el plató y las risas posteriores fueron interpretados por parte de la audiencia como una validación implícita del comentario. Esa percepción ha sido uno de los ejes del debate público.

No es la primera vez que un programa de entretenimiento se enfrenta a críticas por comentarios considerados inapropiados. Sin embargo, el contexto actual es diferente.

La sensibilidad social frente al machismo y la violencia verbal ha aumentado. Las redes sociales amplifican cualquier fragmento y convierten lo que antes podía quedar en anécdota en asunto nacional.

La intervención de David Cantero trasladó el foco desde el espectáculo hacia la responsabilidad ética. No se limitó a reprobar un comentario. Planteó la necesidad de medidas concretas para frenar el acoso.

“Las palabras de apoyo no bastan. Necesita seguridad jurídica y protección real”, insistió.

Esa demanda abre un debate sobre el papel de las instituciones en la protección de periodistas y analistas frente a amenazas. ¿Existen mecanismos eficaces para responder con rapidez? ¿Se aplican con la contundencia necesaria?

Más allá de las respuestas legales, el caso también interpela a los propios medios de comunicación. La autorregulación, los códigos de conducta y la cultura interna de los programas son factores determinantes para evitar que comentarios de este tipo se repitan.

El episodio ha generado un efecto dominó en el ecosistema mediático. Programas de análisis, columnas de opinión y espacios informativos han abordado la polémica desde diferentes ángulos.

Para algunos, el debate gira en torno a los límites del humor. Para otros, es una cuestión de respeto básico y responsabilidad profesional.

La figura de Sarah Santaolalla se ha convertido en símbolo de una discusión más amplia sobre el trato que reciben las mujeres en el debate político televisado. Su estilo directo y su posicionamiento ideológico han generado controversia, pero el desacuerdo no justifica el ataque personal.

Ese es, en última instancia, el mensaje central que defendió David Cantero.

Criticar ideas forma parte del pluralismo democrático.
Descalificar por el físico no.

La controversia sigue abierta. Las disculpas emitidas hasta ahora no han cerrado el debate. Y la exigencia de medidas más contundentes frente al acoso plantea un desafío que trasciende este caso concreto.

Lo ocurrido evidencia cómo la televisión, la radio y las redes sociales están interconectadas en un mismo espacio público donde cada palabra puede tener consecuencias amplificadas.

La pregunta ahora es si esta polémica servirá para impulsar cambios reales en la forma en que se abordan los conflictos en los platós y en la protección de quienes participan en el debate público.

Porque lo que empezó como una frase en un programa de entretenimiento ha terminado revelando tensiones profundas sobre igualdad, libertad de expresión y responsabilidad mediática.

Y, como recordó David Cantero, hay momentos en los que el silencio deja de ser una opción.