💥¡¡BOMBAZO!! RUFIÁN HUNDE A FEIJÓO Y ABASCAL Y SACA LAS “PAGUITAS” DE AYUSO A INDA, AZNAR Y EPSTEIN.

 

 

 

 

Hubo un momento en el que el hemiciclo dejó de ser un escenario previsible de reproches cruzados y se convirtió en algo más incómodo, más crudo, casi eléctrico.

No fue un intercambio técnico sobre cifras ni una discusión de trámite. Fue un choque frontal, con nombres, acusaciones y advertencias que resonaron mucho más allá de los escaños. Y cuando Gabriel Rufián tomó la palabra, lo que se escuchó no fue una réplica tibia, sino un discurso que apuntaba directamente al corazón estratégico del Partido Popular y Vox.

 

La escena se produjo en una sesión marcada por la tensión política acumulada de las últimas semanas. Alberto Núñez Feijóo había cargado contra el Gobierno, Santiago Abascal había insistido en su narrativa habitual sobre corrupción y decadencia, y el ambiente ya estaba caldeado.

Pero la intervención de Rufián cambió el tono. Lo elevó. Lo llevó a un terreno incómodo para la derecha y también exigente para la izquierda.

“Quizás usted no solamente no acaba gobernando con Vox, sino que no acaba gobernando con nadie”, lanzó Rufián mirando a Feijóo.

La frase no era solo un ataque. Era una advertencia política calculada: si el PP estrecha tanto su margen hacia la ultraderecha, puede terminar aislado del resto del arco parlamentario.

 

La acusación central fue clara. Según Rufián, el líder del PP había repartido reproches a todos los grupos excepto a Vox.

“Todos hemos pillado menos Vox”, ironizó. El mensaje implícito era evidente: la suma ya está decidida.

Y esa percepción, insistió, podría convertir a Feijóo en el primer presidente del PP incapaz de pactar más allá de la ultraderecha.

 

Pero el discurso no se quedó en la aritmética parlamentaria. Rufián amplió el foco hacia lo que definió como la “doble vara de medir” de PP y Vox.

Recordó cómo se pide respeto para determinadas víctimas mientras se guarda silencio ante otras polémicas, como la gestión de las residencias en Madrid durante la pandemia, un asunto que ha sido objeto de debate político y judicial en los últimos años.

 

También cuestionó la coherencia del discurso anticorrupción de Vox. “Dice que la corrupción mata. Estoy de acuerdo.

Pero ¿por qué no dicen ustedes nada todavía de lo que robaron de las donaciones de la DANA?”, lanzó, en referencia a una polémica sobre la gestión de fondos solidarios tras episodios de lluvias torrenciales. La acusación, que ha circulado en el debate político, forma parte de la confrontación habitual entre bloques.

 

En ese punto, el hemiciclo ya era un hervidero. Pero Rufián decidió ir más allá. Introdujo uno de los conceptos más polémicos del discurso de la ultraderecha: la teoría del “gran reemplazo”. Y lo hizo para darle la vuelta.

 

“Es cierto, nos están reemplazando. Pero no por migrantes, sino por mala gente”, afirmó. Con esa frase buscaba desmontar la narrativa que atribuye cambios sociales y culturales exclusivamente a la inmigración.

En su intervención recordó que los grandes procesos migratorios han formado parte de la historia de España y que, de hecho, gobiernos del propio PP aprobaron regularizaciones masivas en el pasado.

 

Los datos históricos respaldan esa afirmación: durante el mandato de José María Aznar se produjo una de las mayores regularizaciones extraordinarias de inmigrantes en España.

También bajo gobiernos socialistas hubo procesos similares. La política migratoria ha sido cambiante y compleja, lejos de los eslóganes simplificados.

 

Rufián insistió en que el problema no es la migración en sí, sino la utilización del miedo como herramienta política.

Señaló que muchas de las personas migrantes no tienen derecho a voto en elecciones generales, desmontando la idea recurrente de que las regularizaciones buscan alterar el resultado electoral.

 

El discurso viró entonces hacia el ecosistema mediático. Denunció lo que llamó “el ciclo del bulo”: una acusación lanzada por determinados altavoces, amplificada por medios afines, judicializada por asociaciones próximas y, aunque termine archivada, instalada en la conversación pública.

 

Este esquema, explicó, erosiona la confianza ciudadana y alimenta la percepción de que “todos son iguales”.

Es una crítica que conecta con estudios académicos sobre desinformación y polarización, que señalan cómo la repetición constante de acusaciones, incluso si luego se desmienten, deja huella en la opinión pública.

 

Uno de los momentos más intensos llegó cuando abordó la comparación entre el ministro Óscar Puente y Carlos Mazón, presidente de la Comunidad Valenciana.

Rufián planteó un ejercicio hipotético para subrayar las diferencias en la gestión de crisis y la responsabilidad política.

Recordó que Puente ha comparecido en múltiples ocasiones para dar explicaciones tras incidentes ferroviarios, mientras que otras gestiones han sido objeto de crítica por falta de transparencia.

 

En ese punto, el debate sobre infraestructuras ocupó un espacio central. Rufián denunció lo que considera un modelo de inversión desequilibrado: grandes cantidades destinadas a la alta velocidad frente a menores recursos para Cercanías y Rodalies.

 

Las cifras oficiales muestran que España ha invertido decenas de miles de millones de euros en la red de AVE en las últimas décadas, convirtiéndose en uno de los países con mayor extensión de alta velocidad del mundo.

Al mismo tiempo, usuarios de Cercanías han denunciado durante años incidencias y retrasos, especialmente en Cataluña y Madrid.

 

“En lo primero se ha invertido 56.000 millones de euros. En lo segundo apenas 3.000”, afirmó Rufián, subrayando el contraste.

Aunque las cifras exactas varían según el periodo y la fuente, el debate sobre la prioridad inversora es real y ha sido reconocido incluso por responsables ministeriales.

 

El diputado también cuestionó el modelo de gestión de ADIF y la proliferación de subcontratas privadas en obras públicas, un tema recurrente en la crítica de la izquierda a la externalización de servicios.

 

Pero quizás el tramo más inquietante del discurso fue el final. Rufián amplió la mirada hacia el contexto internacional.

Sin mencionar directamente cada episodio concreto, evocó el ascenso de discursos autoritarios en distintas partes del mundo y advirtió de una deriva que, a su juicio, no se detiene en fronteras autonómicas ni nacionales.

 

Recordó que los procesos democráticos pueden erosionarse gradualmente: primero mediante el señalamiento, después con la deslegitimación de medios y adversarios, más tarde con intentos de ilegalización o persecución.

“Quien crea que el fascismo se va a frenar en tu frontera, se equivoca”, sentenció.

 

La referencia a dinámicas globales no es casual. En los últimos años, la política europea ha visto el ascenso de fuerzas ultraconservadoras y nacionalistas en varios países. España no es ajena a esa tendencia.

 

La intervención dejó dos mensajes claros. El primero, que la derecha española compite por el tono más duro y que esa competencia puede estrechar el margen de pactos futuros.

El segundo, más profundo, que la normalización del bulo y la deshumanización erosiona el terreno común de la democracia.

 

Más allá de la simpatía o rechazo que despierte Rufián, el discurso obliga a una reflexión incómoda. ¿Está el debate público atrapado en una espiral donde el ruido importa más que el argumento? ¿Se puede reconstruir un espacio de discrepancia firme sin convertir al adversario en enemigo?

 

En los días posteriores, el fragmento de la intervención circuló masivamente en redes sociales. Para unos fue una pieza brillante de oratoria combativa. Para otros, una exageración alarmista. Pero nadie pudo decir que pasó desapercibida.

 

Quizás esa sea la clave. En una era saturada de información, solo los discursos que sacuden logran atravesar el muro de la indiferencia.

Y, sin embargo, la pregunta de fondo sigue abierta: ¿sirve la sacudida para fortalecer la democracia o para tensarla aún más?

 

En un Congreso fragmentado, con bloques cada vez más definidos, cada intervención se convierte en una pieza de un tablero mayor. La aritmética importa. Los pactos importan. Pero también importa el clima.

 

Si el debate se convierte en una competición de descalificaciones, la ciudadanía se aleja. Si, por el contrario, las cifras, los hechos y las responsabilidades concretas ocupan el centro, la política recupera algo de credibilidad.

 

La intervención de Rufián fue, en definitiva, un intento de rearmar discursivamente a su espacio político frente a un bloque conservador que considera alineado estratégicamente. Fue también una llamada de atención sobre el riesgo de banalizar el extremismo.

 

La democracia no se rompe de un día para otro. Se desgasta. Se erosiona. Se debilita cuando el ruido sustituye al dato y la sospecha permanente sustituye a la prueba.

 

La escena terminó con aplausos y abucheos, como suele ocurrir. Pero la pregunta quedó flotando en el aire del hemiciclo y fuera de él: si el terreno común se reduce cada vez más, ¿quién lo defiende? Y, sobre todo, ¿quién está dispuesto a reconstruirlo antes de que sea demasiado tarde?