¡CONGRESO EN SHOCK! RUFIÁN FRENA al PP y VOX  “¡CÁLLENSE Y LÁVENSE LA BOCA!”.

 

 

 

 

 

 

El discurso de Gabriel Rufián en el Congreso no fue una intervención más.

 

Tampoco fue un ejercicio clásico de oposición ni un simple intercambio parlamentario. Fue, ante todo, una sacudida.

 

Un golpe directo al centro del debate político español, pronunciado sin guion, sin consignas prefabricadas y con una carga emocional que convirtió el hemiciclo en un espacio incómodo, tenso y revelador.

 

Desde la primera frase quedó claro que Rufián no iba a ceñirse a lo previsto. No iba a limitarse a responder con datos fríos ni a leer un texto preparado.

 

Él mismo lo dijo: el parlamentarismo consiste en contestar a lo que se escucha. Y lo que escuchó ese día, según sus palabras, olía a hipocresía moral.

 

A partir de ahí, el tono cambió. Lo que estaba en juego ya no era solo una discusión sobre leyes o cifras económicas, sino un debate mucho más profundo sobre memoria, dignidad, poder y responsabilidad.

 

Rufián empezó recordando logros objetivos del Gobierno: la subida del salario mínimo interprofesional en torno al 60 %, el aumento de las pensiones en más de un 50 %, y el dato simbólico de superar los 21 millones de personas trabajando en España.

 

La pregunta era directa: ¿quieren que la gente valore esto? La respuesta, para él, también lo era.

 

No basta con gobernar ni con legislar bien. En un contexto político dominado por la percepción y el relato, eso ya no es suficiente.

 

En ese punto, el portavoz de ERC giró el foco hacia la oposición, especialmente hacia Vox y el Partido Popular.

 

La acusación fue tan dura como clara: elegir a Donald Trump antes que al propio país.

 

Rufián habló de “vendepatrias” sin rodeos, señalando a quienes, según él, se alinean con un multimillonario fascista estadounidense antes que con los intereses de España.

 

El ambiente se tensó cuando alzó la voz y lanzó una frase que cortó el murmullo del hemiciclo: “Cállense y lávense la boca”. No era una provocación gratuita, sino el inicio de un alegato que conectaba pasado y presente.

 

La memoria histórica ocupó entonces un lugar central. Rufián defendió a figuras como Patxi López o Jesús Eguiguren frente a los ataques de la derecha por sus contactos con la izquierda abertzale en el proceso de paz.

 

Recordó que hubo personas que cargaron ataúdes de compañeros asesinados mientras otros se escondían.

 

Y subrayó que la paz en España no cayó del cielo, sino que fue el resultado de gente que se “remangó” y negoció cuando negociar era impopular y peligroso.

 

El discurso avanzó hacia una interpelación directa al líder del PP, Alberto Núñez Feijóo.

 

Rufián preguntó por el rumbo del partido tras su congreso nacional y por el tipo de perfiles que estaba eligiendo para negociar o confrontar.

 

Y llegó entonces uno de los momentos clave: la ley de amnistía. ¿La van a derogar cuando gobiernen? La respuesta afirmativa del PP no convenció al portavoz republicano, que lanzó una advertencia: no lo harán.

 

No porque no quieran, sino porque se beneficiarán de ella, igual que —según recordó— ha ocurrido con muchas leyes criticadas por la derecha a lo largo de los últimos 46 años.

 

A partir de ahí, Rufián elevó el debate a un plano moral. Antes de la corrupción económica, dijo, llega la corrupción moral.

 

Y lo que se estaba discutiendo en realidad no era un caso concreto, sino la continuidad de la legislatura y el relato que la sostiene.

 

En una sucesión de preguntas retóricas, enumeró episodios que, a su juicio, la ciudadanía ya conoce: amistades incómodas con el narcotráfico, ministros imputados, escándalos de corrupción, la Gürtel, el papel de M. Rajoy, la destrucción de pruebas, las acusaciones sobre la gestión de la pandemia en Madrid o la situación en la Comunidad Valenciana tras la DANA.

 

La idea era clara: la gente ya sabe todo esto. Y, aun así, el debate sigue planteándose como si la corrupción fuera un arma arrojadiza selectiva.

 

Aquí llegó una de las frases más contundentes y comentadas del discurso: “La izquierda no puede robar”. No porque no haya casos, aclaró, sino porque la penalización política y moral es infinitamente mayor que para la derecha.

 

Cuando la izquierda roba, su gente llora. Cuando la derecha roba, su gente ficha y vota. Una reflexión incómoda que conecta directamente con la desigualdad en el castigo político.

 

Rufián insistió en que el poder ya no reside solo en el BOE. Hoy está en el móvil.

 

En las redes sociales, en los mensajes simples, en los discursos de los “cryptobros” que demonizan los impuestos y llaman dictadura a cualquier política redistributiva. Por eso, volvió a repetir, no basta con gobernar bien. Hay que disputar el relato.

 

Y aquí llegó el eje central de su propuesta: vivienda, vivienda y vivienda. Para Rufián, este es el problema estructural que explica gran parte del malestar social y el auge de la extrema derecha.

 

¿Cómo va a valorar la juventud las cifras macroeconómicas si vive en zulos a precio de palacio? Cuando la gente está agotada de trabajar y no puede emanciparse, escucha a quien promete soluciones fáciles, aunque sean mentira.

 

El portavoz de ERC también arremetió contra el discurso migratorio de Vox, desmontando lo que considera una contradicción evidente.

 

No quieren a los independentistas porque no quieren ser españoles, pero tampoco quieren a los migrantes porque sí quieren serlo.

 

Entonces, ¿a quién quieren? Según Rufián, a nadie, salvo a los intereses empresariales que se benefician de la explotación laboral.

 

Y lanzó una advertencia irónica: si expulsaran a millones de migrantes, al final tendría que trabajar hasta Abascal.

 

La parte final del discurso fue una interpelación directa al presidente del Gobierno.

 

Rufián le pidió que dejara de hablar solo para los militantes y votantes tradicionales del PSOE.

 

Recordó que en las elecciones de 2023 mucha gente votó al PSOE por miedo a la derecha y la ultraderecha, no por convicción ideológica.

 

Esa gente, dijo, hoy se siente huérfana porque no se siente interpelada. Y ahí situó el riesgo real: que la permanencia del actual liderazgo no frene a la derecha, sino que facilite que cuando llegue, lo haga para quedarse.

 

La advertencia final fue clara. Si los casos de corrupción se quedan en episodios aislados, el Gobierno debe continuar.

 

Pero si la situación escala y obliga a elegir entre “corruptos profesionales” y “corruptos cutres”, entonces debe decidir la gente. Porque hay un punto de no retorno en el que el daño moral es irreversible.

 

Rufián cerró sin aplausos fáciles. Lo que dejó fue una incomodidad difícil de digerir. Un recordatorio de que la política no es solo gestión, sino relato, principios y vida real.

 

Si la gente vive mal, si no puede acceder a una vivienda digna, escuchará a quien le prometa soluciones simples.

 

Y entonces, el ruido, el miedo y la extrema derecha ocuparán todo el espacio. Esa fue la advertencia. Y también el desafío.