Jesús Cintora salta a desmentir en ‘Malas Lenguas’ lo que suelta un colaborador sobre la alta velocidad: “Aquí bulos no”.

 

 

 

Jesús Cintora saltaba como un resorte contra David Álvaro en ‘Malas Lenguas’ por mentir sobre los problemas con la alta velocidad en España.

 

 

 

 

A veces basta una frase lanzada en directo para que todo un plató se quede en silencio. No por su brillantez, sino por el riesgo que encierra.

 

Eso fue exactamente lo que ocurrió este lunes en TVE, cuando Malas Lenguas, el programa que Jesús Cintora estrenó en abril de 2025 con una promesa muy clara —desmontar las fake news que contaminan el debate público— se convirtió en el escenario de un choque frontal entre la desinformación y la responsabilidad periodística. Un choque incómodo, tenso y profundamente revelador del momento mediático y político que atraviesa España.

 

La escena no fue exagerada ni teatral. No hubo gritos, ni aspavientos, ni interrupciones histéricas. Fue, precisamente, esa calma firme la que convirtió el momento en algo viral.

Porque cuando alguien afirma ante millones de espectadores que “en España no hay alta velocidad” y que “no se puede circular con seguridad por las vías”, no estamos ante una simple opinión.

Estamos ante una afirmación que, de ser falsa, puede tener consecuencias reales: generar alarma social, dañar la reputación del país y alimentar un clima de desconfianza que ya está demasiado cargado.

 

Jesús Cintora lo sabía. Y por eso frenó en seco a David Álvaro, analista político e invitado habitual en tertulias televisivas, cuando este empezó a construir un relato que, según el presentador, cruzaba una línea muy clara. El contexto era delicado.

 

El programa analizaba cómo desde el Partido Popular se estaba pidiendo la dimisión del ministro de Transportes, Óscar Puente, a raíz de los últimos incidentes ferroviarios y de las reducciones de velocidad en determinados tramos de la red.

 

David Álvaro tomó la palabra con un tono aparentemente técnico, casi didáctico. Habló de “desinformación” por parte del propio ministro, de reformas “mal explicadas”, de contradicciones en los mensajes oficiales.

 

Hasta ahí, el debate entraba dentro de lo esperable. La crítica política forma parte del juego democrático. Pero el problema llegó cuando el tertuliano dio un salto más grande de lo que los datos permitían.

 

Afirmó que “a día de hoy no tenemos alta velocidad en España”, que el sistema está “totalmente delimitado” y que existe una inseguridad generalizada que impide circular como antes. En ese momento, el ambiente cambió. No fue una cuestión de ideología, sino de hechos.

 

 

“Bulo que oiga, bulo que desmentiré”. Así de claro fue Jesús Cintora. Sin adornos. Sin rodeos.

 

El presentador recordó en directo que una cosa es reconocer problemas puntuales —reducciones de velocidad en tramos concretos, incidencias técnicas, investigaciones abiertas— y otra muy distinta es generalizar y afirmar que la alta velocidad no existe en España. Porque eso, dijo, es mentira. Y lo sabes.

 

El intercambio fue incómodo, sí. Pero también necesario. Porque Malas Lenguas nació precisamente para eso: para marcar una frontera nítida entre la crítica legítima y el bulo. Entre el debate político y la desinformación. Entre la opinión y el dato falseado.

 

David Álvaro intentó justificarse. Habló de que “ahora mismo no se puede operar”. Pero Cintora no cedió. Insistió en que en toda la red de alta velocidad esa afirmación no es cierta.

 

Que hay problemas, sí. Que hay tramos con limitaciones, también. Pero que decir que no hay alta velocidad en España es falso, y repetirlo no lo convierte en verdad.

 

El momento ganó aún más peso cuando Javier Aroca intervino para reforzar una idea clave: la generalización irresponsable no solo daña el debate interno, sino que afecta a la economía y a la imagen internacional del país.

 

En un contexto en el que España compite por inversión, turismo y credibilidad, lanzar mensajes alarmistas sin respaldo sólido tiene un coste que va mucho más allá del plató.

 

Cintora cerró el tema con una frase que resume la filosofía del programa y, quizá, una demanda creciente de parte de la audiencia: “Aquí, bulos no”. No era una amenaza ni una consigna vacía. Era una línea editorial convertida en acto.

 

 

 

 

El impacto no tardó en sentirse. En redes sociales, el clip empezó a circular con rapidez. Algunos aplaudían la firmeza del presentador, cansados de ver cómo ciertas tertulias se convierten en fábricas de titulares falsos.

 

Otros criticaban lo que consideraban un exceso de celo o una censura encubierta. Pero incluso entre los detractores había un reconocimiento implícito: el momento había tocado una fibra sensible.

 

Y es que este episodio no ocurre en el vacío. Llega en un momento en el que la confianza en los medios está erosionada, en el que la palabra “bulo” se ha normalizado hasta casi perder peso, y en el que muchos espectadores sienten que ya no saben en qué creer.

 

En ese contexto, que un presentador interrumpa a un colaborador para exigir rigor no es solo un gesto televisivo. Es una declaración de principios.

 

Desde su estreno, Malas Lenguas se ha presentado como un espacio incómodo. Incómodo para quienes están acostumbrados a lanzar afirmaciones sin respaldo. Incómodo para quienes confunden opinión con dato.

 

Incómodo, incluso, para una parte del público que preferiría debates más previsibles y menos confrontación directa. Pero también es precisamente esa incomodidad la que ha empezado a fidelizar a una audiencia que pide algo muy concreto: que no se les mienta.

 

La discusión sobre el sistema ferroviario español merece un debate serio, profundo y basado en información contrastada.

 

Existen informes oficiales, investigaciones en curso y comparecencias técnicas que analizan los fallos, las responsabilidades y las soluciones.

 

Negar los problemas sería tan irresponsable como exagerarlos hasta el alarmismo. Y en ese equilibrio frágil es donde el periodismo tiene que moverse.

 

Jesús Cintora no defendió al Gobierno. Defendió los hechos. Y esa diferencia, aunque sutil, es crucial. Porque cuando todo se interpreta en clave partidista, el riesgo es que la verdad quede relegada a un segundo plano.

 

El presentador no dijo que todo funcione perfectamente. Dijo que no se puede afirmar que no exista la alta velocidad en España. Punto.

 

Ese matiz es el que muchas veces se pierde en el ruido. Y es también el que explica por qué el momento se volvió viral.

 

No fue un rifirrafe más. Fue una corrección en directo, delante de las cámaras, sin posibilidad de editar ni suavizar. Fue alguien diciendo “esto no” en un ecosistema que, durante años, ha premiado el exceso y la exageración.

 

Al final del programa, quedó una sensación ambigua. Por un lado, la incomodidad del choque. Por otro, la impresión de haber asistido a algo poco habitual: un intento serio de frenar la desinformación en tiempo real. Y eso, en la televisión actual, no es poca cosa.

 

Quizá por eso el clip sigue circulando. Porque más allá de los nombres propios —Cintora, David Álvaro, Óscar Puente— lo que está en juego es algo más grande.

La pregunta de hasta qué punto estamos dispuestos a tolerar que se mienta en directo. Y quién, si no el periodismo, debe decir basta.

 

El espectador tiene la última palabra. Puede cambiar de canal, puede indignarse, puede aplaudir o criticar.

 

Pero también puede exigir. Exigir rigor. Exigir contexto. Exigir que cuando se habla de un tema tan sensible como la seguridad ferroviaria, se haga con responsabilidad.

 

Lo ocurrido en Malas Lenguas no va a cerrar el debate. Ni mucho menos. Pero sí ha marcado un precedente incómodo y necesario.

 

Y ahora la pelota está en el tejado de todos: colaboradores, presentadores, medios y audiencia.

 

Porque los bulos no se combaten solo señalándolos. También se combaten no compartiéndolos, no normalizándolos y no premiándolos con atención.

 

Y en eso, cada gesto cuenta. Cada corrección, también.