INESPERADA PUÑALADA: FELIPE GONZÁLEZ SE PLANTA EN CONGRESO😱Y HUNDE A PEDRO SÁNCHEZ ANTE REY FELIPE😱.

 

 

 

 

Hubo un momento de silencio solemne antes de que comenzara a hablar. En el hemiciclo, las máximas autoridades del Estado ocupaban sus asientos. El murmullo previo se apagó lentamente. No era un acto cualquiera.

 

Era la conmemoración de la Constitución de 1978, la norma que ha sostenido el periodo democrático más largo y estable de la historia contemporánea de España.

 

Y cuando tomó la palabra, el mensaje no fue solo institucional: fue profundamente político en el mejor sentido del término.

 

El discurso, pronunciado ante el presidente del Gobierno, la presidenta del Congreso, el presidente del Senado, el presidente del Tribunal Constitucional, el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, vicepresidentes, ministros, diputados, senadores y expresidentes como Felipe González, fue una reivindicación directa del pacto constitucional que transformó España hace casi cinco décadas.

 

 

No fue un repaso frío a la historia. Fue una apelación emocional y racional a la vez. Una defensa de la democracia como conquista colectiva, no como herencia automática.

 

 

La Constitución de 1978 fue definida como el “programa con más tiempo en vigor de nuestra historia”. Una frase poderosa.

 

Porque más allá de su carácter jurídico, el texto constitucional ha sido el marco que ha permitido a varias generaciones crecer en libertad, con derechos garantizados y con alternancia política real.

 

Muchos españoles nacieron antes de su promulgación. Pero la mayoría de la memoria colectiva del país, sus avances sociales, económicos y culturales, están íntimamente ligados a ese marco constitucional. España no solo cambió de leyes; cambió de mentalidad, de aspiraciones, de horizonte.

 

Se habló de longevidad. Una cualidad que asociamos a los seres vivos. Y sin embargo, se aplica también a ideas que han demostrado su capacidad de adaptarse y resistir.

 

La Constitución ha sido personificada en muchas ocasiones porque, de algún modo, ha acompañado la biografía democrática del país.

 

No fue la voluntad de una parte contra otra. No nació del enfrentamiento, sino del consenso. Ese espíritu de concordia fue la clave de su legitimidad de origen: la voluntad libremente expresada del pueblo español en referéndum.

 

Esa legitimidad democrática es el cimiento de su permanencia.

 

En el discurso hubo también memoria. Se recordó el asesinato del profesor Francisco Tomás y Valiente a manos de ETA, símbolo de los años en que el terrorismo intentó quebrar la convivencia. Se evocó aquel clamor ciudadano que gritó “no” a la violencia y “no” a la barbarie.

 

La democracia resistió. No fue fácil. El terrorismo siguió golpeando durante años. Pero el Estado de derecho, apoyado en la Constitución, proporcionó los mecanismos para combatirlo con legalidad y cooperación internacional.

 

Hoy el contexto es diferente, pero no menos complejo.

 

Se habló de tiempos difíciles e inciertos. De imperfecciones inevitables en cualquier obra humana, incluido el marco institucional.

 

Pero lejos de interpretar esas críticas como síntoma de debilidad, el mensaje fue claro: el espíritu crítico y el deseo de mejora son precisamente señales de vitalidad democrática.

 

No debemos caer ni en la autocomplacencia ni en el derrotismo.

 

El camino recorrido desde la Transición ha sido extraordinario. España pasó de una dictadura a una democracia homologable a las más avanzadas de Europa.

 

Ingresó en la Unión Europea, consolidó un Estado social y de derecho, descentralizó su estructura territorial y amplió derechos civiles que hace décadas parecían impensables.

 

Nada de eso fue automático. Fue fruto de generaciones que apostaron por el acuerdo frente al enfrentamiento.

 

El discurso insistió en una idea clave: la Constitución no es solo su letra. Es el conjunto de valores, instituciones y prácticas que la desarrollan. Respetarla no significa inmovilizarla, sino fortalecerla y adaptarla sin romper sus fundamentos.

 

La mejor forma de celebrar un aniversario constitucional no es solo conmemorarlo. Es ejercerlo. Defenderlo. Mejorarlo.

 

En un contexto global donde las democracias enfrentan desafíos —polarización, desinformación, populismos, tensiones internacionales— el recordatorio fue contundente: la fuerza está en la democracia misma y en sus mecanismos legales.

 

España no es ajena a los debates intensos. Las diferencias políticas son legítimas. Pero el marco común sigue siendo el pacto constitucional.

 

El mensaje también tuvo un componente generacional. Quienes vivieron la Transición conocen el valor del consenso. Las generaciones más jóvenes han crecido en democracia como algo natural.

 

Quizás por eso resulta aún más importante recordar que los derechos no son irreversibles por inercia; se sostienen con compromiso cívico.

 

Se apeló a no dar nada por garantizado.

 

La democracia no es solo votar cada cuatro años. Es respetar instituciones, aceptar la pluralidad, cumplir las leyes y mejorar lo que sea necesario desde dentro del sistema.

 

El discurso evitó la confrontación partidista. Fue una llamada a la responsabilidad colectiva. A entender que el marco constitucional pertenece a todos, no a una ideología concreta.

 

Cuando se habla de la Constitución de 1978 en clave actual, surgen debates legítimos: reformas territoriales, actualización de derechos, modernización institucional. Pero cualquier cambio debe partir de la misma lógica que la hizo posible: acuerdo amplio y voluntad integradora.

 

La longevidad del texto no es casualidad. Es resultado de su flexibilidad y de su capacidad para integrar sensibilidades distintas bajo un mismo paraguas democrático.

 

El mensaje final fue casi pedagógico: tener perspectiva histórica.

 

Comparar la España de hoy con la de hace medio siglo permite dimensionar el avance. Libertades individuales consolidadas, alternancia política normalizada, sociedad civil activa, integración europea plena.

 

Nada de eso es menor.

 

Pero tampoco es suficiente para acomodarse.

 

Celebrar la Constitución es reconocer lo conseguido y comprometerse a protegerlo. Es entender que el Estado de derecho es una herramienta viva que necesita cuidado constante.

 

En el hemiciclo, tras el discurso, hubo aplausos. Más allá del protocolo, el eco de las palabras quedó resonando fuera del Congreso.

 

Porque el debate sobre la democracia no es abstracto. Se refleja en la calidad del debate público, en el respeto institucional, en la defensa de derechos fundamentales.

 

La Constitución de 1978 no es un símbolo vacío. Es el marco que permitió a España dejar atrás el enfrentamiento y construir una convivencia plural.

 

Y esa convivencia, como se recordó, no se mantiene sola. Requiere compromiso, memoria y voluntad de seguir escribiendo juntos el futuro.

 

El aniversario no fue solo un acto institucional. Fue un recordatorio de que la democracia española, con todas sus imperfecciones, sigue siendo una conquista colectiva que merece ser defendida.

 

La pregunta no es si la Constitución tiene años. La pregunta es qué hacemos hoy para que siga siendo el espacio común donde caben todas las diferencias.

 

Ahí está el verdadero desafío. Y también la verdadera celebración.