Isaías Lafuente da la réplica final a las polémicas jornadas de Pérez-Reverte sobre la Guerra Civil: “Insostenible”.
Tras verse obligadas a aplazarse, se celebrarán del 5 al 9 de octubre en Sevilla.

Hay debates que no nacen en una mesa redonda ni en un auditorio lleno, sino mucho antes, en una sola frase.
A veces basta un título para remover heridas que nunca terminaron de cerrarse, para encender una discusión social que va mucho más allá de la literatura o de la historia académica.
Eso es exactamente lo que ha ocurrido con las jornadas impulsadas por Arturo Pérez-Reverte sobre la Guerra Civil, un proyecto que parecía cultural y que ha acabado convirtiéndose en uno de los episodios más incómodos y reveladores del debate público reciente en España.
Cuando este lunes se confirmó que las jornadas se celebrarán finalmente del 5 al 9 de octubre en la Fundación Cajasol de Sevilla, muchos pensaron que el conflicto estaba zanjado.
Nada más lejos de la realidad. El cambio de fechas, el cambio de título y las renuncias de varios participantes no han cerrado la polémica; la han amplificado.
Porque lo que está en juego no es solo un ciclo de charlas, sino la manera en que se nombra el pasado, quién tiene legitimidad para contarlo y desde qué lugar se hace.
Todo empezó con un título que parecía inofensivo para algunos y profundamente ofensivo para otros: “1936: La guerra que todos perdimos”. Una frase breve, rotunda, aparentemente conciliadora.
Pero precisamente ahí radica el problema. En ese “todos” y en ese “perdimos” que, para muchas voces, diluyen responsabilidades históricas y colocan en el mismo plano a víctimas y verdugos, a un gobierno legítimo y a un golpe de Estado militar.
El primero en decirlo en voz alta fue el escritor David Uclés. No con un comunicado ambiguo ni con medias palabras, sino con una negativa frontal a participar en el ciclo.
Uclés explicó que, al fijarse en el título y en el marco general de “Letras de Sevilla”, pensó que se trataba de un encuentro estrictamente literario.
Pero al conocer el cartel completo, su postura cambió de manera radical. La presencia del expresidente José María Aznar y del exdirigente de Vox Iván Espinosa de los Monteros fue, para él, una línea roja infranqueable.
Sus palabras fueron claras, duras y profundamente personales. No quería compartir espacio con políticos que, en su opinión, han quebrado derechos fundamentales.
Señaló directamente a Aznar como una de las figuras que más daño físico ha causado recientemente al pueblo español y a Espinosa de los Monteros como uno de los fundadores de un partido que atenta contra su libertad de expresión y su derecho a existir.
No era una discrepancia intelectual, era una cuestión de coherencia vital. “No puedo verme en el mismo cartel que estos dos individuos”, zanjó.
A partir de ahí, la reacción de Arturo Pérez-Reverte no tardó en llegar. El escritor, conocido tanto por su obra como por su tono combativo, cargó contra lo que denominó “grupos de ultraizquierda”, a los que responsabilizó del aplazamiento de las jornadas.
En su relato, la presión ideológica había impuesto un veto cultural. Pero ese diagnóstico pronto empezó a resquebrajarse, porque las críticas no llegaban solo desde un espectro político concreto.
Una de las voces más relevantes en ese sentido fue la del periodista Isaías Lafuente. Su intervención no fue un rechazo a las jornadas como tal, sino una reflexión sobre el núcleo del problema: el título.
Lafuente reconoció que el debate público generado estaba siendo más interesante que el que probablemente se habría producido dentro de las propias jornadas. Y, a continuación, fue directo al fondo del asunto.
Para Lafuente, plantear la Guerra Civil como “la guerra que todos perdimos” es insostenible, tanto si se formula como tesis como si se presenta en forma de pregunta. No es una cuestión semántica, sino ética y memorial.
Colocar en la misma oración el verbo “perder” y el adjetivo “todos” supone, en su opinión, una ofensa a la verdad histórica y a la memoria de quienes realmente la perdieron.
Su comparación fue demoledora: sería tan inaceptable como organizar en Alemania unas jornadas tituladas “Holocausto: la herida que todos sufrimos”. No todos perdieron igual. No todos sufrieron lo mismo. Y no todos fueron víctimas.
Ese argumento conectó con un malestar más amplio que llevaba tiempo latente. Porque detrás de la polémica no hay solo una cuestión de invitados o de fechas, sino una crítica frontal a la equidistancia en el relato histórico.
A la idea de que la Guerra Civil fue un conflicto entre “hermanos”, dos bandos equivalentes, una tragedia compartida sin responsables claros.
Tras Uclés, otras figuras comenzaron a desmarcarse. Antonio Maíllo, líder de Izquierda Unida y candidato de Por Andalucía, comunicó también su negativa a participar.
En su caso, el motivo fue precisamente esa equidistancia que sugiere el título, incluso después de ser modificado.
Para Maíllo, no se puede presentar lo ocurrido entre 1936 y 1939 como un enfrentamiento simétrico, porque lo que hubo fue un golpe de Estado contra un gobierno legítimo. Alterar ese marco no es una interpretación más: es una distorsión del origen del conflicto.
La presión fue tal que Pérez-Reverte optó por modificar el título. El nuevo enunciado pasó a ser “¿La guerra que todos perdimos? 1936-1939”.
El escritor alegó que el título inicial se debía a un error de maquetación y que, en realidad, la intención era plantearlo como una pregunta abierta. Sin embargo, para muchos críticos, el problema no se solucionaba con un signo de interrogación. La carga simbólica seguía ahí.
La Federación de Memoria Democrática de Andalucía fue una de las organizaciones que expresó su rechazo de forma más estructurada.
En un comunicado, argumentó que las jornadas parten de un relato histórico repetido y erróneo, basado en la teoría de los dos bandos y las dos Españas.
Según la federación, este enfoque adopta una mirada equidistante que normaliza y blanquea el golpe de Estado de 1936 y la dictadura franquista, obviando de manera deliberada la represión sistemática ejercida durante décadas contra la población civil, incluso en tiempos de paz.
Ese punto es clave. Porque no se trata solo de cómo empezó la guerra, sino de lo que vino después. De las ejecuciones, los encarcelamientos, el exilio, el silencio impuesto durante generaciones.
Para quienes trabajan desde hace años en la recuperación de la memoria democrática, hablar de “una guerra que todos perdimos” es borrar esa continuidad represiva y convertir la dictadura en una especie de daño colateral inevitable.
La polémica ha dejado al descubierto una fractura profunda en la manera en que la sociedad española sigue relacionándose con su pasado.
Por un lado, quienes defienden una lectura conciliadora, desideologizada, centrada en el sufrimiento general.
Por otro, quienes sostienen que sin verdad histórica no hay reconciliación posible, y que nombrar correctamente los hechos no es abrir heridas, sino evitar que se reescriban.
Que las jornadas se celebren finalmente en octubre no significa que el conflicto esté resuelto. Al contrario.
Lo que ha ocurrido ha demostrado que la Guerra Civil sigue siendo un campo de batalla simbólico, donde cada palabra importa y cada enfoque tiene consecuencias. No es solo literatura. No es solo historia. Es política, memoria y presente.
Quizá por eso el debate ha trascendido el propio ciclo y se ha instalado en redes sociales, en columnas de opinión, en conversaciones cotidianas.
Porque mucha gente se ha reconocido en esa incomodidad. En la sensación de que algo no encaja cuando se iguala a quien defendía una democracia con quienes la destruyeron por la fuerza.
Lo que está en juego no es cancelar jornadas ni silenciar voces, sino asumir que no todos los relatos son neutros. Que hay marcos que, aunque se presenten como abiertos o dialogantes, reproducen una visión del pasado que beneficia a unos y borra a otros. Y que cuestionarlos no es censura, sino responsabilidad democrática.
Al final, quizá la pregunta no sea si “todos perdimos”, sino quién ganó el derecho a imponer su versión durante décadas y quién sigue luchando para que la suya no desaparezca.
Ese es el verdadero debate que ha emergido, y que seguirá vivo mucho después de que las jornadas se celebren o se olviden.
Porque la memoria no es un ejercicio académico. Es una elección colectiva. Y cada vez que se nombra el pasado, se decide también qué tipo de presente y de futuro estamos dispuestos a aceptar.
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