El economista Julen Bollain es tajante sobre el discurso de Ayuso en la manifestación del PP: “Lo peor no es que suelte estos disparates…”.
La publicación lleva ya más de 30.000 reproducciones, 400 ‘retuits’ y y 200 comentarios.

Madrid, domingo. El Templo de Debod se convierte en el epicentro de la protesta popular contra el Gobierno de Pedro Sánchez.
El Partido Popular ha movilizado a sus principales líderes en una convocatoria que ha reunido a miles de personas, según cifras dispares: 40.000 asistentes según la Delegación del Gobierno, 80.000 según Génova.
Más allá de los números, el ambiente se ha impregnado de consignas, canciones y un discurso que ha marcado la jornada y que sigue resonando en el debate público.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, ha sido la protagonista indiscutible. Su intervención, lejos de limitarse a la crítica política convencional, ha optado por agitar uno de los fantasmas más persistentes de la historia reciente española: ETA.
“ETA está preparando su asalto al País Vasco y a Navarra, mientras sostiene a Pedro Sánchez”, ha declarado ante los asistentes.
“Que me digan que es mentira. Porque no cabe mayor corrupción moral ni mayor traición a España que esto.
No puede ser, no puede ser que Bildu mantenga a Sánchez”. Sus palabras han encendido los ánimos y han generado una ola de reacciones que trascienden el propio acto.
La respuesta más contundente, y quizás más inquietante, ha llegado desde el ámbito académico y social. Julen Bollain, economista y referente en análisis político, ha utilizado la red social X para expresar su preocupación no solo por el contenido del discurso de Ayuso, sino por el respaldo ciudadano que sigue recibiendo.
“Lo peor no es que suelte estos disparates”, ha escrito, “sino que casi el 48% de los madrileños la votó y lo seguiría haciendo”.
Su publicación, que supera las 30.000 reproducciones y acumula cientos de comentarios y retuits, refleja el desconcierto de quienes observan cómo los relatos extremos y la polarización política siguen encontrando eco en una parte significativa de la sociedad.
La manifestación, lejos de ser un simple acto de protesta, se ha convertido en un termómetro del estado de ánimo colectivo.
Los cánticos de “Sánchez, dimisión”, “Corruptos” o “Mafia” se han mezclado con melodías tan populares como “Sweet Caroline” o “The Final Countdown”, en una atmósfera que oscilaba entre la indignación y la celebración.
El contraste entre la gravedad del discurso político y el tono festivo de la música revela una paradoja: la política española, marcada por la confrontación, se vive también como espectáculo, donde las emociones y los símbolos pesan tanto como los argumentos.
El discurso de Ayuso no es nuevo en la estrategia de la derecha española, pero sí muestra una evolución significativa.
La apelación a ETA y la acusación de “traición” al presidente del Gobierno buscan no solo movilizar a los sectores más fieles, sino también instalar una narrativa que legitime la polarización y la desconfianza institucional.
Para algunos, se trata de una táctica eficaz que conecta con el malestar ciudadano; para otros, es un síntoma preocupante de la deriva hacia los extremos y la erosión del debate racional.
La reacción de Bollain, sin embargo, introduce una dimensión más profunda.
No se limita a la denuncia del discurso, sino que advierte sobre el respaldo social que lo sostiene.
El hecho de que casi la mitad del electorado madrileño siga apoyando a Ayuso, a pesar de sus declaraciones, plantea interrogantes sobre la naturaleza del vínculo entre líderes políticos y ciudadanía.
¿Estamos ante una crisis de valores, una transformación cultural o simplemente ante la eficacia de una estrategia comunicativa que sabe conectar con las emociones colectivas?
El debate sobre ETA, Bildu y la legitimidad de los pactos parlamentarios sigue siendo uno de los más sensibles en la política española.
La memoria de la violencia y el dolor persiste, y cualquier referencia a la banda terrorista despierta reacciones intensas.
Sin embargo, la instrumentalización del pasado para fines partidistas puede tener efectos contraproducentes, alimentando el rencor y dificultando la reconciliación social.
La manifestación del PP en el Templo de Debod ha mostrado, además, los límites de la movilización popular en la era de la sobreinformación y la fragmentación política.
Las cifras, lejos de alcanzar los récords de convocatorias anteriores, sugieren que la capacidad de la derecha para reunir grandes masas empieza a mostrar signos de desgaste.
La sociedad madrileña, diversa y plural, exige nuevos relatos y propuestas que vayan más allá de la confrontación y el miedo.
El pulso entre Ayuso y Bollain, entre la política de los extremos y la llamada a la reflexión, encarna el dilema de la democracia española en 2025.
¿Debe la política seguir alimentando los miedos y las divisiones, o es hora de apostar por el diálogo y la construcción colectiva? La respuesta, lejos de ser sencilla, dependerá de la capacidad de los líderes para escuchar, entender y responder a las demandas reales de la ciudadanía.
El futuro de Madrid y de España está en juego. La política del espectáculo y la polarización pueden ofrecer réditos a corto plazo, pero difícilmente construirán una sociedad más justa, cohesionada y democrática.
El mensaje de Bollain, que interpela a los votantes y les invita a reflexionar sobre el sentido de su apoyo, es un recordatorio de que la democracia no es solo cuestión de números, sino de valores, ideas y proyectos compartidos.
En definitiva, la manifestación del PP, el discurso de Ayuso y la reacción de Bollain son el reflejo de una España que se debate entre el pasado y el futuro, entre el miedo y la esperanza, entre la confrontación y el entendimiento.
El reto de la política española es superar los relatos extremos y apostar por la construcción de una sociedad más plural, dialogante y comprometida con el bien común.
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