El ‘Financial Times’ ve lo que está pasando en Madrid y lanza una pregunta sobre el futuro de esa ciudad que muy pocos serán capaces de responder.
He ahí la cuestión.

Madrid visto desde la Puerta de Alcalá.
Madrid ya no se mira solo a sí misma. Desde hace tiempo, la capital española se observa en los espejos internacionales, y uno de los más influyentes acaba de devolverle una imagen tan brillante como inquietante.
El Financial Times, uno de los periódicos económicos más prestigiosos del mundo, ha puesto el foco en la transformación acelerada de la ciudad y ha formulado una pregunta que resuena con fuerza dentro y fuera de España: si Madrid puede seguir cambiando a esta velocidad sin perder aquello que la hacía reconocible.
No es una cuestión menor. No es una reflexión cultural ni una nostalgia romántica. Es un diagnóstico económico, social y urbano que nace de los datos y desemboca en una duda profunda sobre el modelo de ciudad que se está construyendo.
Madrid crece, se encarece, se internacionaliza. Pero en ese proceso, algo se desplaza, algo se rompe y algo desaparece.
El punto de partida del análisis del Financial Times es claro y contundente: Madrid ha superado recientemente a San Sebastián como la ciudad más cara de España por metro cuadrado.
No es una percepción ni una exageración mediática. Es una cifra respaldada por Tinsa, una de las principales empresas de tasación del país.
La capital, históricamente más asequible que otras grandes urbes europeas, ha cruzado una frontera simbólica que la coloca en otra liga inmobiliaria.
Los números lo explican con crudeza. Según la consultora Knight Frank, el precio medio de las propiedades prime en Madrid alcanzó en el tercer trimestre de 2025 los 14.900 euros por metro cuadrado. En 2020, esa cifra era de 11.657 euros.
El incremento no es puntual ni coyuntural: es una tendencia sostenida que ha redefinido el acceso a la vivienda en los barrios más cotizados.
Aunque Madrid sigue siendo más barata que Londres o Nueva York, la distancia se reduce y el impacto en la población local es cada vez más visible.
El fenómeno no se distribuye de manera homogénea. El Financial Times detalla con precisión cómo algunos barrios han vivido auténticas explosiones de precios.
En Ibiza, junto al Parque del Retiro, los valores han aumentado un 61,3% en apenas cinco años.
En Jerónimos, uno de los enclaves más exclusivos, el incremento alcanza el 52%. Almagro, el histórico distrito de embajadas en Chamberí, ha subido un 35%. Justicia, uno de los barrios más deseados por perfiles creativos y profesionales internacionales, un 27,4%.
Detrás de estos porcentajes hay algo más que inversión. Hay un cambio de perfil social, de usos del espacio, de dinámicas cotidianas.
Calles que antes estaban llenas de comercios de toda la vida ahora exhiben boutiques efímeras, restaurantes de autor y apartamentos turísticos. Y ese cambio no es neutro.
Entre 2020 y 2024, más de 7.000 comercios de barrio cerraron en la Comunidad de Madrid, según datos del INE recogidos por el rotativo británico. La cifra no es anecdótica.
Es estructural. Y en algunos barrios el impacto ha sido especialmente severo. Lavapiés, Tetuán, Malasaña.
Zonas históricamente populares, diversas y vivas, que hoy enfrentan una pérdida acelerada de su tejido comercial tradicional.
El cierre de un comercio no es solo una persiana bajada. Es la desaparición de una red social, de una memoria compartida, de una forma de habitar la ciudad.
El Financial Times subraya que este proceso coincide con la llegada masiva de nuevos residentes con alto poder adquisitivo, muchos de ellos extranjeros, atraídos por un ecosistema fiscal y vital difícil de encontrar en otras capitales europeas.
Uno de los factores clave es el régimen fiscal especial para expatriados, conocido popularmente como la “ley Beckham”.
Este mecanismo permite a los recién llegados a España tributar a un tipo fijo del 24% sobre los ingresos de origen español hasta 600.000 euros durante seis años, en lugar de someterse a los tipos progresivos más elevados que pagan los residentes habituales.
Para empresarios, directivos y trabajadores remotos de alto nivel, Madrid se convierte así en una opción extremadamente competitiva.
El artículo del Financial Times no demoniza esta política, pero sí la contextualiza.
Reconoce que ha sido un imán para talento e inversión, pero también plantea sus efectos colaterales.
Cuando una ciudad se adapta con tanta rapidez a las necesidades de una nueva élite global, corre el riesgo de expulsar silenciosamente a quienes la han sostenido durante décadas.
El periódico británico recoge una realidad que muchos madrileños reconocen sin necesidad de leer estadísticas.
Mientras algunos residentes acomodados optan por mudarse a zonas exclusivas como La Moraleja, Pozuelo o Boadilla en busca de viviendas más grandes y colegios internacionales, otros se ven obligados a marcharse mucho más lejos, empujados por precios que ya no pueden asumir.
La historia de Jaime, recogida en el reportaje, resume esa sensación de desarraigo.
Tras doce años viviendo de alquiler en el Barrio de las Letras, decidió marcharse. No por falta de apego, sino por agotamiento.
“Cuando vi que vivía junto a bloques de pisos de Airbnb, decidí irme”, explica. Hoy vive en Adelfas, junto a la M-30.
Más lejos del centro, más lejos de la vida que había construido.
Sus palabras son tan sencillas como demoledoras. Los negocios tradicionales perderán a sus clientes habituales, dice, porque esos clientes ya no pueden permitirse vivir allí.
“Me gusta que la ciudad tenga más caras internacionales, pero ya no parece nuestra”. No hay rechazo al cambio. Hay duelo por la pérdida de identidad.
Y ahí es donde el Financial Times lanza la pregunta que da sentido a todo el análisis. ¿Puede un Madrid en constante transformación equilibrar su encanto tradicional con las exigencias de la nueva economía global? ¿Puede crecer sin vaciarse por dentro? ¿Puede atraer inversión sin convertir sus barrios en escenarios?
No hay una respuesta fácil. Madrid no es la única ciudad que enfrenta este dilema.
Lisboa, Barcelona, París o Berlín viven tensiones similares. Pero el caso madrileño es especialmente rápido y visible.
En apenas cinco años, la ciudad ha pasado de ser una capital relativamente accesible a convertirse en un destino premium para una élite internacional móvil.
El riesgo, advierte el rotativo, no es solo social, sino también económico a largo plazo.
Una ciudad que expulsa a sus trabajadores esenciales, a sus comerciantes, a sus creadores locales, acaba perdiendo aquello que la hacía atractiva en primer lugar. La autenticidad no se importa. Se construye con tiempo y comunidad.
Madrid está en una encrucijada. Puede optar por profundizar en este modelo sin correcciones, confiando en que el crecimiento económico compense las fracturas sociales.
O puede replantear su equilibrio urbano, proteger su comercio de proximidad, regular los usos turísticos y garantizar que vivir en la ciudad no sea un privilegio reservado a unos pocos.
El análisis del Financial Times no es un ataque ni una advertencia alarmista. Es una invitación a mirar más allá de los titulares triunfalistas.
A entender que el éxito también tiene costes. Y que una ciudad no se mide solo por el precio de su metro cuadrado, sino por la capacidad de quienes la habitan para seguir llamándola hogar.
Madrid sigue siendo vibrante, abierta y magnética. Pero cada persiana que se baja, cada vecino que se va, cada barrio que se homogeneiza, deja una huella difícil de borrar.
La pregunta ya está sobre la mesa. Lo que está en juego no es solo el futuro económico de la ciudad, sino su alma.
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