Pitos, abucheos y gritos de Sanidad Pública: a Moreno Bonilla le sale mal disfrazarse de Baltasar.

 

 

 

La Cabalgata de Sevilla mezcla ambiente festivo, reivindicaciones sociales y debate político durante el paso del último Rey Mago.

 

 

 

 

 

El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, disfrazado de Rey Baltasar.

 

 

La tarde que Sevilla reserva cada año para la magia de los Reyes Magos acabó convirtiéndose, esta vez, en un espejo incómodo de la realidad política y social de Andalucía.

 

 

La elección de Juanma Moreno Bonilla como Rey Baltasar en la Cabalgata de los Reyes Magos no fue un detalle menor ni una simple anécdota protocolaria.

 

Desde el primer anuncio hasta el último tramo del recorrido, su presencia desató emociones encontradas, aplausos y abucheos, ilusión infantil y protesta adulta, celebración popular y reproche ciudadano, todo mezclado en un mismo escenario.

 

 

Lo que debía ser una jornada pensada para los más pequeños arrancó ya con un clima de expectación inusual.

 

Pasadas las 15.30 horas, desde el rectorado se anunció por megafonía la coronación de los Reyes Magos y una frase resonó con fuerza entre el público congregado: “Este año el Rey negro es Moreno”.

 

La afirmación, poco habitual por tratarse del presidente de la Junta de Andalucía, generó murmullos, cámaras en alto y comentarios cruzados.

 

No era solo Baltasar quien aparecía, era Juanma Moreno Bonilla entrando en uno de los actos más simbólicos de la Navidad sevillana.

 

 

El alcalde de Sevilla, José Luis Sanz, fue el encargado de colocar la corona al mandatario andaluz.

 

En ese momento, una parte del público rompió en aplausos y vítores, especialmente entre quienes se concentraban a las puertas del Ateneo.

 

 

El gesto fue recibido como un reconocimiento institucional y también como una imagen de cercanía del presidente con las tradiciones populares.

 

Durante unos minutos, la escena pareció confirmar que la cabalgata podía desarrollarse sin sobresaltos.

 

 

Sin embargo, la realidad tardó poco en imponerse. Justo cuando la carroza de Baltasar inició su recorrido, un chaparrón inesperado cayó sobre Sevilla.

 

La lluvia obligó a abrir paraguas, a refugiarse bajo los balcones y a improvisar sonrisas bajo el agua.

 

Moreno Bonilla, maquillado de negro y envuelto en su capa, continuó saludando y lanzando caramelos, mientras algunos comentarios irónicos se colaban entre el público, como el ya repetido “a Juanma se le va a correr el betún”.

 

La lluvia, simbólicamente, igualó a todos: reyes, autoridades y ciudadanos empapados por la misma tormenta.

 

 

Pero el agua no apagó la tensión que ya se había incubado en los días previos.

 

En redes sociales, la designación del presidente andaluz como Rey Baltasar había generado una fuerte polémica.

 

Por un lado, quienes criticaban la politización de un evento infantil y el uso del maquillaje negro en pleno debate social sobre el blackface.

 

Por otro, quienes reclamaban que la política quedara al margen y defendían la elección como una tradición sin lecturas ideológicas.

 

La calle terminó reflejando esa división con una claridad difícil de ignorar.

 

 

Uno de los momentos más cargados de simbolismo se vivió al llegar la carroza a la altura de la muralla de la Macarena.

 

Los fuegos artificiales iluminaron el cielo justo cuando Baltasar hacía su aparición, mientras las campanas de la basílica repicaban y las puertas del templo permanecían abiertas, con la Virgen de la Macarena como silenciosa testigo del desfile.

 

En los balcones, decorados con globos y luces, el himno de Andalucía sonó a todo volumen, coreado por numerosos sevillanos en una mezcla de orgullo identitario y celebración popular.

 

 

Durante ese tramo, la cabalgata recuperó por momentos su esencia más tradicional.

 

Los niños gritaban pidiendo caramelos, algunos reclamaban patinetes en guiño a vídeos virales de otros años, otros soñaban con muñecas, motos o juegos de mesa.

 

Incluso se escucharon peticiones cargadas de humor y crítica, como “una paguita” o “una plaza”, reflejo de cómo la política se cuela, inevitablemente, en cualquier espacio colectivo.

 

 

Sin embargo, el ambiente cambió de forma notable al llegar a zonas como la calle Feria.

 

Allí, la protesta se hizo explícita. Grupos organizados aprovecharon el paso de la carroza de Baltasar para lanzar consignas contra la gestión del Gobierno andaluz, especialmente en materia de sanidad pública.

 

Los carteles eran claros y directos: “Baltasar, el mejor regalo es una sanidad pública y de calidad”, “Sanidad y educación pública”.

 

Los gritos acompañaron durante varios metros el avance de la carroza, rompiendo la música y el murmullo festivo.

 

 

En la calle Correduría, una consigna resonó con especial fuerza: “Negro sí, Moreno no”.

 

La frase, coreada por varios manifestantes, condensó el malestar de quienes consideran que la figura del presidente no debía protagonizar un acto pensado para la infancia.

 

Aunque estos reproches no fueron mayoritarios a lo largo de todo el recorrido, sí resultaron lo suficientemente visibles como para marcar la jornada y convertirse en uno de los temas más comentados del día.

 

 

El contraste era constante. Mientras en unas aceras se escuchaban abucheos y reivindicaciones, en otros balcones se lanzaban globos, se aplaudía y se celebraba el paso del Rey Baltasar.

 

Sevilla mostraba, en tiempo real, su diversidad de opiniones y la dificultad de separar tradición, política y protesta social.

 

Moreno Bonilla, consciente de las cámaras y del significado del momento, optó por mantener una actitud uniforme: sonrisa fija, saludo continuo y ningún gesto de respuesta directa, ni a favor ni en contra.

 

 

Esa estrategia de silencio no impidió que la polémica creciera cuando, en pleno desfile, el presidente protagonizó un gesto inesperado.

 

Animado por algunos simpatizantes, tomó su capa y la utilizó como si fuera un capote, dando unos pases toreros desde la carroza.

 

La escena fue captada por numerosos móviles y se difundió rápidamente en redes sociales. Para algunos, fue un momento simpático y muy andaluz. Para otros, resultó “patético” y una muestra de uso partidista de un acto institucional y festivo.

 

 

Las reacciones no tardaron en multiplicarse. Mientras unos defendían que el gesto formaba parte del carácter popular de la cabalgata, otros lo interpretaron como una provocación innecesaria en un contexto ya cargado de tensión.

 

El debate volvió a trasladarse a internet, donde se mezclaron vídeos, memes, críticas y defensas, amplificando lo ocurrido en las calles de Sevilla.

 

 

Más allá de la anécdota concreta, la jornada dejó una lectura más profunda.

 

La cabalgata de Reyes Magos, uno de los eventos más queridos y transversales del calendario sevillano, se convirtió en un termómetro del clima social.

 

La sanidad pública, la educación, la gestión política y el uso de los símbolos tradicionales emergieron como preocupaciones que no desaparecen ni siquiera en los momentos destinados a la ilusión.

 

 

Para muchos ciudadanos, la protesta no fue un ataque personal, sino una forma de aprovechar la visibilidad del acto para reclamar servicios públicos de calidad.

 

Para otros, fue una intromisión que rompió la magia de una tarde dedicada a los niños.

 

Ambas posturas convivieron sin llegar a encontrarse, reflejando una fractura que no es exclusiva de Sevilla ni de Andalucía, sino común a muchos espacios públicos donde política y vida cotidiana se cruzan.

 

 

La figura de Juanma Moreno Bonilla quedó, así, en el centro de una imagen poderosa: la de un Rey Baltasar que repartía caramelos bajo la lluvia mientras recibía aplausos y críticas a partes iguales.

 

Una imagen que resume la dificultad de ejercer un cargo político de primer nivel sin que cada gesto sea interpretado, analizado y juzgado desde múltiples prismas.

 

Al final del recorrido, cuando las carrozas se alejaron y las calles comenzaron a vaciarse, quedó la sensación de que la cabalgata había sido algo más que un desfile.

 

Fue un relato colectivo de lo que preocupa, divide y moviliza a la sociedad andaluza. La ilusión infantil sobrevivió, pero no pudo aislarse por completo de las demandas y frustraciones de los adultos.

 

 

Quizá esa sea la principal lección de la jornada: los actos simbólicos no viven al margen de la realidad.

 

La tradición sigue siendo un espacio compartido, pero también un escenario donde se proyectan conflictos, expectativas y reivindicaciones.

 

Y en ese equilibrio delicado entre fiesta y protesta, Sevilla volvió a demostrar que sus calles no solo celebran, también hablan.

 

 

La pregunta que queda en el aire es si, en futuras ediciones, se logrará preservar la cabalgata como un refugio de ilusión o si seguirá siendo un altavoz inevitable de la actualidad política.

 

Mientras tanto, lo ocurrido este año ya forma parte de la memoria colectiva de la ciudad, una tarde de Reyes en la que Baltasar fue, al mismo tiempo, rey, presidente y símbolo de una Andalucía que no deja de debatirse entre la celebración y la crítica.