“¡Ha llegado la Brunete! ¡Han venido a la Zarzuela para llevarnos presos!”: La reina Sofía frente al 23F hace 45 años.
Se cumplen cuatro décadas y un lustro de la noche que más miedo pasó la reina Sofía al creer que la historia volvía a repetirse.

Con absoluto terror. Así vivió la reina Sofía las horas que duró el intento de golpe de Estado perpetrado por Tejero a grito de “¡quieto todo el mundo!”.
El teniente coronel, junto a varias decenas de guardias civiles, irrumpió en el Congreso de los Diputados a pistoletazo limpio. Cuando a la consorte le comunicaron lo que estaba ocurriendo en el hemiciclo, se le heló la sangre. Se temía lo peor.

Según los testigos, la reina Sofía vivió el 23F con mucho miedo.
Y es que la reina Sofía no era nueva en estas lides. Tan solo unos años atrás ya había vivido algo parecido en Atenas, cuando toda su familia se vio obligada a exiliarse de Grecia tras la victoria de los insurgentes. Se fueron con lo puesto.
Ni dinero ni equipaje excesivo. Cargaron solo con lo que sus brazos podían sostener y buscaron amparo en otros lugares. Sofía lo vivió porque estaba en Tatoi de visita, y aquella sensación de ver los tanques en la puerta de palacio embrujaba sus peores sueños.
Malos recuerdos.
El 23 de febrero de 1981, siete años después de lo vivido en el país heleno, Sofía sintió que la historia volvía a repetirse, por eso tembló de miedo al imaginarse corriendo la misma suerte que su hermano y toda la familia de este.

La reina recordaba lo que había vivido su familia, que fueron expulsados de Grecia cuando estalló la revolución.
Además, para ella ese fue un febrero complicado. El más difícil de cuantos inviernos había vivido. Dos semanas atrás había perdido a su madre de un modo repentino y ahora… esto. Está claro que las desgracias nunca vienen solas, y por eso ella se sentía especialmente frágil.
Dos versiones.
Existen dos versiones distintas acerca de cómo encaró la reina uno de los días de los que, con el paso de los años, su marido más se enorgulleció. La primera, la ofrecida por ella misma en su biografía firmada por Pilar Urbano, nos la muestra tranquila, tibia, sabedora de que todo iría de maravilla.
Una mujer cuya templanza hizo que todo el mundo a su alrededor mantuviera la calma. La otra es la que recoge la periodista Pilar Eyre de dos de las personas que estuvieron en Zarzuela aquel lunes de febrero, Diego Prado y Colón de Carvajal, intendente del rey, y Sabino Fernández Campo, jefe de la Casa Real en esos años. Y en las versiones de ambos, la figura de la emérita dista mucho de ser una efigie mansa que transmite tranquilidad.

La versión que durante años se transmitió y la que figura en la biografía de la emérita es la que asegura que ella fue un remanso de paz y calma.
“Ellos cuentan que no estaba para nada tranquila. Que estaba nerviosísima, de hecho, estaba al borde del ataque de histerismo, porque se acordaba de lo vivido en Grecia, de cómo se había tenido que ir su familia, sin un duro y sin ropa.
Ella se veía en la misma tesitura. Incluso temía por su vida”, recoge la periodista, quien relató lo ocurrido en su libro ‘La soledad de la Reina’.

La versión que ofrecieron el intendente y el jefe de la Casa Real ofrecía una imagen suya mucho más nerviosa y con miedo.
Nerviosa y queriendo ayudar. Menudo cóctel explosivo. En los testimonios recabados de Sabino Fernández Campo este emplea la palabra “absurdeces” para referirse a las ideas que, fruto del agobio y el nerviosismo, se le ocurrían sin parar a la reina.
“Ella entraba en el despacho y decía: ‘Tenemos que ir con el ejército y sacar a Tejero’, y Sabino le decía: ‘Señora, que eso sería declarar otra guerra civil’”.

Sofía se empeñaba en que su marido escuchara los consejos de Constantino que había vivido una situación parecida.
Y después estaban las llamadas de Constantino… Sofía siempre dependió de su familia. Para ella, no había consejeros mejores. Primero fueron sus padres, Pablo y Federica, pero tras la muerte de estos, Constantino se convirtió en su faro e Irene en el hombro en el que reposar sus amarguras. Sofía veía a su hermano como un buen referente en la gestión de crisis, por eso, le llamó de inmediato.
De nuevo, dos versiones. Por un lado, la que asegura que Juan Carlos escuchó con devoción mariana lo que el último rey de los griegos tenía que decirle y, por otro, la que dice que el monarca español, cansado de su cuñado, pidió que no le pasaran con él.
“No me pases ninguna llamada más de ese idiota, porque pienso hacer lo contrario de lo que hizo él”, desveló Diego Prado y Colón de Carvajal.
Juan Carlos, vestido de tenis.
Con lo que no hay discusión posible es con el look que ese día lucía Juan Carlos I. El rey tuvo importantísimas reuniones y llamadas vestido de tenista.
Al monarca, los disparos de Tejero le sorprendieron haciendo un saque de squash; deporte que practicaba en Zarzuela donde tenía hasta una pista para ello.
Tan poca duda hay sobre su estilismo deportivo que este fue reflejado en una de las últimas series que recrean el intento de golpe de Estado, ‘Anatomía de un instante’, basada en el libro de Javier Cercas; donde la figura de la reina no aparece ni de refilón, lo que contribuye a alimentar esa leyenda en brumas de cómo lo vivió doña Sofía.

Todo esto sorprendió a Juan Carlos con su versión más sport, luciendo un atuendo de tenis puesto que estaba en plena partida de squash cuando los golpistas irrumpieron en el Congreso.
Una vez que Juan Carlos I (ya sin chándal de tenista) salió en la televisión y dio su mensaje, el golpe se aplacó. Nadie más se sumó a la insurrección y esta quedó frustrada. Aquello se vivió como el gran triunfo del reinado del monarca; sin embargo, a su mujer todavía le quedaba un susto más aquella noche.
“¡La Brunete!”.
Una vez que todos se fueron a dormir y que la paz parecía haberse instalado, tal y como cuenta Pilar Eyre, a la reina, de madrugada, la sorprendió un estrépito.
Un ruido tan fuerte que la sobresaltó e hizo que se abrazara a su hermana Irene. “¡Ha llegado la Brunete! ¡Han venido a la Zarzuela para llevarnos presos!”.

Sofía temía que los golpistas entraran en Zarzuela con los tanques y se llevara presa a toda la familia.
“La Brunete” a la que hacía referencia la reina no era otra cosa que la división mecanizada de las Fuerzas Armadas, o, lo que es lo mismo, la División Acorazada, o lo que es lo mismo, los tanques a los que ella tanto temía.
Pero ni tanques ni camiones blindados. Lo que oyó la consorte aquel alba del 24 de febrero fue el equipo de limpiezas que, como cada amanecer, hacía su trabajo con el vaciado de los cubos de basura.
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