SANCHEZ HUYE como una RATA POR un ESCÁNDALO 💥¡¡DEJA SOLA A YOLANDA DIAZ y el PP SE BURLA!.
La sesión parlamentaria vivida en el Congreso se convirtió en uno de los episodios más tensos y políticamente significativos del año.
No fue una simple interpelación más, sino un enfrentamiento directo, largo y cargado de emoción entre dos visiones opuestas del poder, del feminismo, de la corrupción y del papel que debe jugar un socio minoritario dentro de un Gobierno marcado por escándalos judiciales y una creciente erosión institucional.
Desde el primer minuto, la diputada del Partido Popular, Ester Muñoz, dejó claro que su intervención no buscaba el intercambio retórico habitual, sino colocar a la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, frente a un espejo incómodo.
La bancada azul, subrayó, estaba prácticamente sola defendiendo al Ejecutivo en medio de una cascada de casos de corrupción y denuncias de acoso sexual que salpican al entorno del Partido Socialista.
No era una imagen casual, sino un mensaje político: la soledad moral del Gobierno ante la gravedad de los hechos.
Muñoz arrancó su discurso señalando las ausencias más elocuentes. María Jesús Montero, Pilar Alegría, Félix Bolaños.
Ninguno estaba presente. Para la diputada popular, esas ausencias no eran fruto de agendas apretadas, sino de una huida deliberada ante la obligación de dar explicaciones.
Especialmente duro fue el reproche a la ministra Montero, a quien acusó de haber sido “valiente para encubrir” y “cobarde para dar la cara” en relación con los casos de acoso sexual denunciados dentro del entorno gubernamental.
El tono fue subiendo progresivamente. Muñoz puso el foco en Yolanda Díaz como última línea de defensa de un Ejecutivo al que acusó de haber normalizado prácticas inaceptables.
Recordó su cercanía pasada con José Luis Ábalos, sus aplausos públicos, su permanencia en el Gobierno pese a la sucesión de escándalos y su silencio ante lo que definió como un “modus operandi” del Partido Socialista.
No se trataba, según su relato, de hechos aislados, sino de una estructura que se repite: secretarios de organización imputados, encarcelados o investigados, nombramientos fallidos por estallar escándalos sexuales y una cadena de responsabilidades políticas nunca asumidas.
Uno de los momentos más impactantes fue la enumeración cronológica de los casos conocidos solo en 2025.
Desde el suplicatorio a Ábalos, pasando por los informes de la UCO sobre Santos Cerdán, los registros en Ferraz, la imputación de cargos cercanos al presidente, la investigación por financiación irregular, hasta las denuncias de acoso sexual en distintos niveles del partido.
La lista, larga y detallada, no buscaba solo informar, sino provocar una sensación de saturación, de hartazgo, de degradación acumulada.
Muñoz apeló directamente a la condición de mujer de la vicepresidenta. Habló de asco, de vergüenza, de traición al feminismo.
Acusó al Gobierno y al PSOE de proteger a agresores, de silenciar a víctimas y de anteponer el interés político a la dignidad de las mujeres.
En uno de los pasajes más duros, afirmó que no podía expresar con palabras lo que sentía como mujer al ver a un Ejecutivo que se autodefine feminista actuar, según ella, de ese modo.
La respuesta de Yolanda Díaz no rebajó la tensión. Desde el inicio dejó claro que, aunque la interpelación no iba formalmente dirigida a ella, asumiría el debate. Reconoció algo clave: no son casos aislados, dijo, se llama machismo.
Con esa afirmación intentó cambiar el marco del debate, trasladándolo de la responsabilidad partidista a un problema estructural de la sociedad.
Propuso incluso un “pacto” entre mujeres, más allá de las siglas, para condenar el machismo venga de donde venga.
Díaz introdujo un elemento central: la percepción ciudadana. Citó encuestas que reflejan que más del 80% de la población siente náuseas ante la corrupción y cree que el Parlamento no está tomando medidas suficientes.
Pero devolvió la pelota al PP: si de verdad les preocupa la corrupción, afirmó, deben presentar propuestas concretas.
Recordó que, desde el pleno de julio, el Partido Popular no había impulsado ninguna iniciativa efectiva en esa materia y había votado en contra de la creación de una agencia anticorrupción recomendada por organismos internacionales.
La vicepresidenta llevó el debate a otro terreno: el de la corrupción estructural en gobiernos autonómicos del PP.
Habló de la gestión de la DANA en Valencia, del fallecimiento de un trabajador obligado a acudir a su puesto en alerta roja, de actas de inspección anuladas por decisiones políticas.
Denunció retrasos en cribados de cáncer en Andalucía, prácticas sanitarias peligrosas en hospitales privatizados y tramas de influencias vinculadas a antiguos ministros populares. Para Díaz, eso también es corrupción, y una corrupción que cuesta vidas.
El choque entre ambas visiones fue frontal. Muñoz rechazó que se hablara en su nombre como mujer y negó que todas las mujeres sean víctimas del machismo por definición.
Acusó a la vicepresidenta de utilizar el feminismo como coartada para tapar los escándalos de su propio bloque político.
Le reprochó haber formado parte de un Gobierno que ha rebajado delitos de malversación, indultado y amnistiado a corruptos y debilitado el Estado de derecho.
Para el PP, dijo, no se trata de negar la corrupción ajena, sino de señalar que el actual Ejecutivo la ha normalizado mientras se presenta como moralmente superior.
La diputada popular insistió en que Yolanda Díaz y sus socios son responsables políticos de lo ocurrido por haberlo consentido y sostenido.
Enumeró de nuevo los casos que afectan al entorno del presidente del Gobierno y concluyó con una exigencia clara: si tuviera dignidad, debería dimitir.
En su última intervención, Díaz defendió con firmeza la permanencia de Sumar en el Gobierno.
Aseguró que abandonar el Ejecutivo significaría abrir la puerta a recortes, privatizaciones y políticas que, a su juicio, dañarían a la mayoría social.
Reivindicó medidas concretas impulsadas desde su ministerio: subidas del salario mínimo, protección de los alquileres, permisos laborales para familias con hijos enfermos, avances en derechos laborales y lucha contra la precariedad. Frente al ruido, dijo, su prioridad es mejorar la vida de la gente.
Negó que vaya a tolerar corruptos o machistas en su ámbito de responsabilidad y acusó al PP de utilizar el dolor de las víctimas como arma política sin proponer soluciones reales.
El enfrentamiento terminó sin acuerdos, sin concesiones y con aplausos cruzados que reflejaban una Cámara profundamente dividida.
Más allá del cruce de acusaciones, la sesión dejó al descubierto varias realidades incómodas.
La primera, la gravedad del desgaste institucional que provocan los casos de corrupción y las denuncias de acoso sexual cuando se acumulan sin respuestas claras.
La segunda, la fragilidad de los equilibrios dentro de un Gobierno de coalición en el que los socios minoritarios se ven obligados a elegir entre romper o asumir el coste de permanecer.
Y la tercera, la dificultad de articular un consenso real contra la corrupción y el machismo en un clima de polarización extrema.
El debate no cerró ninguna herida, pero sí evidenció una sensación extendida en la ciudadanía: la política española atraviesa uno de sus momentos más ásperos, donde la desconfianza, el cansancio y la indignación conviven con la necesidad urgente de respuestas.
Lo ocurrido en el Congreso no fue solo un duelo verbal; fue el reflejo de una crisis de credibilidad que sigue abierta y que marcará, sin duda, el rumbo político de los próximos meses.
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