Sarah Santaolalla, muy clara con Teresa Gómez por sus palabras sobre la migración: “Es muy peligroso decir eso”.

 

 

 

La colaboradora aseguró en ‘En boca de todos’ que “decir que los negros son más delincuentes que los blancos es racista”.

 

 

 

 

Hay momentos en televisión que, sin estar previstos en el guion, condensan en apenas unos minutos un debate que atraviesa a toda una sociedad.

 

Ocurrió este martes en En Boca de Todos, cuando la regularización extraordinaria de más de 500.000 migrantes, pactada entre el Gobierno de coalición y Podemos, dejó de ser una cifra abstracta para convertirse en un choque frontal de ideas, emociones y palabras que todavía hoy siguen resonando.

 

El ambiente ya estaba cargado desde el inicio. La medida llevaba horas dominando titulares, tertulias y conversaciones privadas.

 

No era para menos. Se trata de una de las decisiones más relevantes en materia migratoria de los últimos años, con implicaciones sociales, laborales y políticas profundas.

 

En el plató de Cuatro, tras el repaso de Ione Belarra a Xavier García Albiol y Nacho Abad, nadie esperaba que el debate derivara en uno de los enfrentamientos más tensos y comentados de la temporada.

 

Todo empezó con una frase. Una sola. Teresa Gómez, visiblemente molesta por la intervención previa de la líder de Podemos, lanzó una reflexión que actuó como chispa.

 

Dijo que le parecía preocupante no reconocer que existe un problema y que “la delincuencia va unida a la inmigración”.

 

 

No hubo tiempo para matices. Ni para aclaraciones. Sarah Santaolalla reaccionó de inmediato, con una incredulidad que se transformó en indignación en cuestión de segundos.

 

 

“¿Pero cómo puedes decir esa barbaridad?”, respondió, sin ocultar su enfado. El tono subió al instante.

 

Ya no se trataba solo de una discrepancia política, sino de algo más profundo, más incómodo. De esas frases que, una vez pronunciadas en voz alta, obligan a posicionarse.

 

Santaolalla no se quedó ahí. Calificó las palabras de su compañera como “una de las mayores fascistadas que se sueltan”, y fue todavía más lejos al equiparar ese discurso con el de la extrema derecha más dura.

 

“Decir que la delincuencia y la inmigración van de la mano está al mismo nivel que Abascal y la Falange”, afirmó con contundencia, subrayando que ni siquiera el Partido Popular suele verbalizar algo así de forma tan directa.

 

 

La tensión era palpable. Teresa Gómez, lejos de recular, exigió que se le contrargumentara “con datos”.

 

Quería cifras, estadísticas, números que respaldaran o desmontaran su afirmación. Pero Santaolalla insistió en que el problema no era una cuestión de porcentajes, sino de fondo.

 

Le pidió varias veces que se calmara para poder explicarse, consciente de que el debate estaba a punto de cruzar una línea peligrosa.

 

 

Lo que vino después fue una de las intervenciones más duras y aplaudidas por parte de la audiencia en redes sociales.

 

Santaolalla señaló que adjudicar la delincuencia a la inmigración es una “salvajada” y un mensaje profundamente peligroso en el contexto actual.

 

Recordó que ese tipo de afirmaciones alimentan el miedo, el rechazo y la estigmatización de colectivos enteros.

 

 

Fue entonces cuando puso un ejemplo que no dejó indiferente a nadie. “Decir que los negros son más delincuentes que los blancos es racismo.

 

Ni datos ni leches”, sentenció, mirando directamente a cámara. No hablaba solo de una discusión televisiva. Hablaba de un marco mental que, según ella, normaliza el señalamiento y justifica discursos de odio.

 

 

Para Santaolalla, no se trata de negar la existencia de delitos, sino de rechazar la idea de que estos tengan un origen étnico o migratorio.

 

“Decir que alguien roba más por ser negro o menos por ser blanco es racista, y hay que asumir la responsabilidad de lo que se dice”, insistió. Sus palabras no buscaban ser diplomáticas. Buscaban ser claras.

 

En ese punto, el debate dio un giro. Dejó de centrarse únicamente en la polémica frase para volver al origen: la regularización extraordinaria aprobada por el Ejecutivo. Santaolalla defendió la medida como una “muy buena noticia” para miles de personas que viven y trabajan en España en condiciones de extrema vulnerabilidad.

 

Personas que limpian casas, trabajan en bares, descargan almacenes o cuidan a mayores, muchas veces sin contrato, sin derechos y con el miedo constante a ser expulsadas.

 

Recordó que esta regularización no va dirigida, como algunos intentan hacer creer, a quienes llegan en patera de forma reciente, sino a personas que ya están aquí desde hace años, muchas procedentes de Latinoamérica, que entraron en avión y que sostienen sectores enteros de la economía.

 

“Es una pena que el Partido Popular apoyara esta medida en 2024 y ahora se haya bajado de este barco”, lamentó, sugiriendo que el cambio de postura responde más a cálculos políticos que a convicciones reales.

 

 

Uno de los puntos clave de su intervención fue desmontar algunos de los bulos que comenzaron a circular casi de inmediato tras anunciarse la regularización.

 

El más repetido: que estas personas podrán votar en las próximas elecciones generales y que el Gobierno busca así asegurarse apoyos electorales.

 

Santaolalla fue tajante. “No, no pueden votar. No hay que confundir regularización con nacionalidad”, explicó con paciencia.

 

 

Insistió en que para votar es necesario tener la nacionalidad española, un proceso largo y complejo que nada tiene que ver con la regularización administrativa.

 

Esta última, recordó, solo permite salir de la economía sumergida, cotizar, pagar impuestos y vivir sin miedo. Nada más y nada menos.

 

 

El choque entre Teresa Gómez y Sarah Santaolalla no fue solo un momento televisivo viral.

 

Fue el reflejo de un debate mucho más amplio que atraviesa la sociedad española. Un debate en el que se mezclan miedos, prejuicios, datos mal utilizados y experiencias personales. Un debate en el que cada palabra pesa.

 

La regularización de más de medio millón de migrantes ha abierto una grieta política y mediática difícil de cerrar.

 

 

Para unos, es una medida necesaria, humana y pragmática. Para otros, un error que envía el mensaje equivocado.

 

 

Pero lo que quedó claro en En Boca de Todos es que vincular inmigración y delincuencia de forma automática no solo es simplista, sino profundamente dañino.

 

En tiempos de polarización extrema, la televisión sigue siendo un espejo incómodo. Amplifica discursos, expone contradicciones y obliga a escuchar lo que quizá preferiríamos ignorar.

 

Lo ocurrido este martes es una prueba de ello. Un recordatorio de que detrás de cada cifra hay personas, y detrás de cada palabra, consecuencias.

 

 

El debate seguirá. En platós, en parlamentos y en la calle. Pero escenas como esta dejan una pregunta flotando en el aire: ¿qué tipo de sociedad queremos ser cuando hablamos de quienes ya forman parte de ella, aunque algunos se empeñen en mirar hacia otro lado?