MAR ESPINAR SE LO DIJO TODO A AYUSO EN LA ASAMBLEA Y LA DEJÓ SIN RESPUESTA.
Durante años, la Comunidad de Madrid ha vivido bajo una anomalía política que, a fuerza de repetirse, ha terminado por parecer normal.
Un poder que no solo se sostiene con mayorías parlamentarias o apoyos mediáticos, sino con algo más profundo y difícil de combatir: una hegemonía emocional que ha marcado el ritmo, el tono y los límites del debate público.
Ese poder tiene nombre propio: Isabel Díaz Ayuso. Y lo que ha ocurrido recientemente en la Asamblea de Madrid, con la intervención de la portavoz socialista Mar Espinar, ha supuesto algo poco habitual en la política madrileña: una grieta real en ese dominio simbólico.
Isabel Díaz Ayuso no ha gobernado únicamente desde las instituciones.
Ha gobernado desde un marco discursivo cuidadosamente construido, donde ella fija las reglas y los demás reaccionan.
Un marco basado en la aceleración constante, en la provocación calculada, en el enfrentamiento identitario y en una idea abstracta de “libertad” que sirve como paraguas para justificar casi cualquier decisión.
En ese terreno, el ruido es una ventaja. El grito tapa los datos, la polémica desplaza la gestión y la emoción sustituye al análisis.
Durante años, gran parte de la oposición ha caído en esa trampa, enfrentándola desde la indignación o la réplica inmediata, y casi siempre ha salido derrotada.
Lo que rompe Mar Espinar no es solo una intervención parlamentaria más. Es una estrategia distinta.
Una ruptura consciente con la lógica del espectáculo. Espinar no entra al personaje de Ayuso, no caricaturiza su estilo ni ironiza sobre su forma de hablar.
No busca el aplauso fácil ni el clip viral. Hace algo mucho más incómodo para el poder: ignora el personaje y va directa al núcleo del problema, la gestión y sus consecuencias.
Ese gesto, aparentemente simple, tiene un efecto político enorme, porque obliga a la presidenta a abandonar su papel favorito —el de agitadora— y a enfrentarse a aquello que más incomoda a un poder construido sobre consignas: la descripción detallada de la realidad.
Durante años, Ayuso ha conseguido asociar Madrid a una idea difusa de éxito y libertad. Madrid “va bien”.
Y si no te va bien a ti, el problema es individual, no político. Ese planteamiento ha sido una de las claves de su legitimidad.
Mar Espinar desmonta ese automatismo sin necesidad de proclamas grandilocuentes.
Lo hace describiendo. Bajando del eslogan a la calle. Hablando de sanidad, educación y vivienda no como conceptos ideológicos, sino como experiencias cotidianas que millones de madrileños reconocen.
Cuando se habla de listas de espera interminables en la sanidad pública madrileña, no se está haciendo propaganda.
Cuando se habla de centros de salud sin médicos suficientes o de profesionales exhaustos, no se está exagerando.
Los datos oficiales y los informes de organizaciones sanitarias llevan años alertando del deterioro progresivo del sistema público en Madrid, al mismo tiempo que crece el peso del sector privado.
No se trata de errores puntuales, sino de decisiones políticas sostenidas en el tiempo: externalizaciones, infrafinanciación y abandono de lo público en favor de un modelo que convierte la salud en negocio. Espinar insiste en esa idea clave: no es inevitabilidad, es elección.
Lo mismo ocurre con la educación. La Comunidad de Madrid presume de “libertad educativa”, pero esa libertad se traduce en la práctica en segregación social creciente.
La pérdida de recursos y apoyo a la escuela pública, la expansión de modelos concertados y privados y la falta de medidas correctoras han convertido la educación en un filtro cada vez más dependiente del origen socioeconómico.
Docentes y familias llevan años denunciando que el sistema ya no compensa desigualdades, sino que las amplifica.
Espinar no necesita dramatizarlo. Le basta con describirlo para que el relato triunfalista empiece a resquebrajarse.
Pero es en la vivienda donde el discurso se vuelve especialmente incómodo para el Gobierno regional.
Madrid se ha convertido en una de las regiones con mayores dificultades de acceso a una vivienda digna. Jóvenes expulsados del mercado, familias atrapadas en alquileres abusivos, barrios transformados en activos financieros.
Todo ello ocurre en un contexto de ausencia deliberada de políticas públicas ambiciosas que regulen el mercado, amplíen el parque de vivienda social o protejan a los inquilinos.
De nuevo, no es azar. Es una decisión política: dejar que el mercado decida quién puede vivir y quién no.
El efecto acumulativo de este discurso es lo que lo hace peligroso para el ayusismo.
No hay una acusación aislada que pueda neutralizarse con una réplica ingeniosa.
Hay un mapa completo del modelo madrileño. Sanidad, educación, vivienda y desigualdad aparecen conectadas por una misma lógica: un modelo que beneficia a unos pocos y deja atrás a muchos.
No es un ataque personal a Isabel Díaz Ayuso, es una impugnación política de su proyecto. Y eso obliga a responder con hechos, no con gestos.
Acostumbrada a convertir cualquier crítica en una batalla identitaria, Ayuso se encuentra aquí sin coartadas habituales.
No hay un enemigo externo claro, no hay conspiración ideológica que agitar, no hay un “ellos” abstracto al que culpar. Solo hay decisiones concretas y consecuencias concretas.
Y esas consecuencias conectan con una sensación cada vez más extendida en Madrid: se trabaja mucho, se vive con estrés constante y se recibe cada vez menos a cambio. La promesa de prosperidad no llega a la mayoría.
Uno de los aspectos más relevantes de esta intervención es el desplazamiento del eje moral.
Durante años, Ayuso ha logrado presentarse como defensora de la libertad frente a una izquierda supuestamente restrictiva.
Espinar no discute la palabra libertad, discute su uso. Introduce una idea profundamente subversiva para el ayusismo: que la verdadera falta de libertad no está en la regulación pública, sino en la precariedad estructural.
No hay libertad real cuando dependes de un seguro privado porque el sistema público no responde.
No hay libertad cuando no puedes emanciparte. No hay libertad cuando la educación de tus hijos depende de tu renta. Ese giro invierte la carga moral del discurso.
Cuando se muestra que el crecimiento económico no se distribuye, que los beneficios se concentran y que amplias capas sociales se empobrecen en términos relativos, el relato de éxito pierde legitimidad.
No es ideología, es empiria. Y por eso incomoda tanto. En el fondo, lo que se cuestiona no es solo una presidenta, sino un modelo de región que ha aceptado como normal el deterioro de los servicios públicos mientras presume de eficiencia y modernidad.
Otro elemento clave es la recuperación de la dignidad institucional.
Durante años, la Asamblea de Madrid ha sido tratada como un plató secundario frente a la proyección mediática de la presidenta.
Espinar reivindica el Parlamento autonómico como espacio de control democrático, no con gestos teatrales, sino usándolo con rigor.
Eso obliga al poder a reconocer un terreno donde no controla completamente el guion, y ahí el ayusismo se siente incómodo.
No hay una victoria inmediata ni un cambio de gobierno tras esta intervención. Lo que hay es algo más profundo: una grieta en la normalidad.
La demostración de que la hegemonía discursiva de Ayuso no es invulnerable. Que se puede hablar de Madrid sin aceptar su marco.
Que se puede interpelar al poder con calma, sin miedo y sin ruido. Y cuando el miedo desaparece, el poder pierde una de sus principales armas.
Este momento no garantiza nada por sí solo, pero abre una posibilidad política real. La posibilidad de que el debate vuelva a la gestión, a los resultados y a las consecuencias materiales.
De que Madrid deje de ser un eslogan y vuelva a ser un territorio con problemas concretos y alternativas posibles.
Ayuso sigue gobernando, pero ya no gobierna en soledad el imaginario. Y en política, cuando el imaginario empieza a resquebrajarse, nada vuelve a ser exactamente igual.
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