Jesús Calleja sorprende en Telecinco con su estado de salud tras el accidente y pone en el disparadero la causa.
Jesús Calleja ha conectado en directo con el programa ‘Vamos a ver’ y ha explicado la razón de su brutal accidente, del que ha salido ileso.

Las imágenes recorrieron España en cuestión de minutos. Un vehículo volcando de forma violenta en pleno Dakar, dando varias vueltas de campana a gran velocidad, con el polvo aún en suspensión y la sensación inmediata de que algo muy grave podía haber ocurrido.
Dentro de ese coche iba Jesús Calleja, uno de los rostros más populares de la aventura y la televisión en nuestro país.
Durante horas, la preocupación fue absoluta. Por eso, cuando apareció en directo en Vamos a ver, el programa de Patricia Pardo en Telecinco, el alivio fue casi colectivo.
La conexión no fue una más. Se notaba desde el primer segundo en el tono de la presentadora.
“Estábamos estremecidos, no sabes lo que celebro poder saludarte”, le dijo Pardo antes incluso de preguntarle cómo se encontraba.
No era una frase de compromiso. Era el reflejo de lo que habían sentido miles de espectadores al ver esas imágenes que parecían sacadas de una pesadilla. Y entonces llegó la primera sorpresa.
“Estoy muy bien y sorprendentemente me duele muy poquito”, respondió Calleja con una serenidad que descolocó a todos.
No había dramatismo ni gesto forzado. Hablaba con naturalidad, como quien cuenta un susto serio pero ya superado.
“Estoy muy bien, movilidad completa, no tengo ninguna restricción. No tengo agujetas, nada, estoy estupendamente”, insistió ante la incredulidad del plató.
La reacción fue inmediata. Patricia Pardo no pudo ocultar su asombro.
“¿Pero chico, tú de qué pasta estás hecho? Es verdad que se te ve fresco, lozano, sonriente…”.
Adriana Dorronsoro fue aún más directa: “No es humano”. Y, en cierto modo, esa fue la sensación que se instaló en la conversación.
Porque lo que se había visto horas antes no encajaba con la imagen de un hombre sin apenas molestias físicas.
Lejos de minimizar el accidente, Jesús Calleja fue muy claro al describir su dureza. “Parece esto un milagro”, apuntó la propia Pardo.
Y él, con esa mezcla tan suya de reflexión vital y humor tranquilo, respondió: “Tenemos buena actitud ante la vida y, como nos portamos bien, la vida nos lo devuelve”.
Pero enseguida bajó el tono poético para explicar la realidad de lo ocurrido. “Lo de ayer fue un accidente durísimo. La Federación Internacional de Automovilismo dijo que nunca habían visto eso”.
Los detalles impresionan incluso relatados con calma. “Los tubos de protección que tenemos habían roto por cuatro sitios, el casco estaba roto también.
Di con el cogote en el suelo a 160 kilómetros por hora y caí de cabeza… y me quedé tan pancho”. Dicho así, casi parece una exageración.
Pero basta volver a ver las imágenes para entender que no lo es. El impacto fue brutal y las consecuencias podrían haber sido fatales.
En ese punto, la conversación dio un giro más íntimo. Calleja no hablaba solo como piloto ocasional del Dakar o como presentador de televisión.
Hablaba como alguien plenamente consciente de haber estado al borde del abismo. “Yo no puedo quejarme de nada en la vida después de esto”, afirmó con una convicción que iba más allá del momento televisivo. No era una frase hecha. Era una conclusión.
“¿Eres consciente de que volviste a nacer?”, le preguntó Patricia Pardo. Y aunque Calleja no respondió con grandilocuencia, su relato posterior dejó claro que sí, que esa conciencia estaba muy presente.
Porque el accidente no fue fruto de una imprudencia personal ni de una maniobra arriesgada buscada.
Según explicó, el origen estuvo en un cambio indebido en el trazado de la carrera, un detalle técnico que, en una prueba como el Dakar, puede marcar la diferencia entre seguir compitiendo o jugarse la vida.
“Por alguna razón, la carrera se movió diez metros hacia un lado que no tocaba”, explicó.
Él venía “metido en una nube de polvo”, una situación habitual en este tipo de pruebas extremas.
El problema es que, al desviarse el recorrido, apareció un obstáculo que no estaba previsto.
“Ese agujero no estaba marcado, era peligro máximo, de nivel 3. No lo vi por el polvo y me lo comí”. La frase es cruda, directa, sin adornos. Y resume perfectamente cómo, en décimas de segundo, todo puede cambiar.
Este tipo de explicaciones aportan un valor añadido que va más allá del espectáculo.
El Dakar no es solo aventura televisada ni una sucesión de imágenes impactantes.
Es una de las competiciones más duras del mundo, donde el margen de error es mínimo y donde incluso decisiones ajenas al piloto pueden tener consecuencias extremas.
Calleja lo explicó sin victimismo, pero dejando claro que lo ocurrido no fue un simple accidente aislado.
Su serenidad durante toda la intervención no fue interpretada como inconsciencia, sino como experiencia vital.
Jesús Calleja lleva años enfrentándose a situaciones límite: cumbres imposibles, expediciones remotas, retos físicos y mentales que para la mayoría resultarían impensables.
Sin embargo, escucharle hablar así, después de un impacto a 160 kilómetros por hora, aporta otra dimensión a su figura pública.
No es solo el aventurero sonriente de la televisión; es alguien que asume el riesgo, lo analiza y lo integra en su forma de entender la vida.
El mensaje que dejó en Vamos a ver fue, en ese sentido, poderoso. No habló de miedo, sino de gratitud. No de quejas, sino de aprendizaje.
En una televisión acostumbrada al dramatismo excesivo, su discurso resultó casi revolucionario por sencillo.
Reconoció la dureza del golpe, explicó sus causas, tranquilizó sobre su estado de salud y se despidió reiterando que estaba bien. Sin más.
Para el espectador, el impacto fue doble. Por un lado, el alivio de saber que Jesús Calleja no había sufrido consecuencias graves.
Por otro, la reflexión inevitable sobre lo frágil que puede ser todo, incluso para alguien tan preparado física y mentalmente.
Ese contraste entre la violencia del accidente y la calma posterior es lo que convirtió su intervención en algo más que una anécdota televisiva
.
En un mundo saturado de noticias fugaces, este episodio dejó una huella distinta.
No por el morbo del accidente, sino por la forma de contarlo. Calleja no buscó épica ni lástima.
Transmitió una idea sencilla pero profunda: la vida puede cambiar en un segundo, y entenderlo no debería llevarnos al miedo, sino a valorar lo que tenemos.
Quizá por eso su aparición en directo conectó tanto con el público. Porque, más allá del Dakar, de Telecinco o de las cifras de audiencia, hubo algo reconocible para cualquiera.
La sensación de haber estado a punto de perderlo todo y, aun así, sonreír. No por inconsciencia, sino por agradecimiento. Y eso, en televisión, no es tan habitual como parece.
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