Elisa Mouliaá encara a Nacho Abad en directo y denuncia lo que le ha hecho: “No sé cómo no te da vergüenza”.
La actriz Elisa Mouliaá ha reaparecido en el programa ‘Código 10’ y ha enfrentado como nunca a Nacho Abad en un tenso cara a cara en directo: “Después de lo que me habéis hecho, ninguna víctima puede juntar las fuerzas suficientes”.

Hay noches de televisión que se olvidan al apagar el televisor. Y luego están esas otras que dejan un silencio incómodo en el salón, una sensación densa en el pecho y la certeza de haber presenciado algo que va más allá del espectáculo. Eso fue lo que ocurrió esta semana en el plató de Código 10, cuando Elisa Mouliaá regresó dispuesta no solo a hablar, sino a ajustar cuentas en directo.
No era una entrevista más. No era una promoción ni una aparición amable. Era un reencuentro cargado de tensión con Nacho Abad, rostro habitual del programa, después de meses de fricciones públicas en torno al proceso judicial que involucra al exdiputado Íñigo Errejón. Y esta vez, el detonante era aún más delicado: la aparición de una segunda mujer que ha denunciado a Errejón ante la justicia por presunta violación.
Desde el primer minuto, el tono fue claro. Elisa no iba a medir palabras. Mirando a cámara, pero dirigiéndose directamente al periodista, lanzó una frase que dejó el plató en suspenso: “Después de lo que me habéis hecho a mí… ninguna víctima puede reunir fuerzas suficientes para salir a la palestra”. No era solo una crítica. Era una acusación frontal contra la manera en que, según ella, se había tratado su testimonio en televisión.
Durante varios minutos, Nacho Abad permaneció en silencio. La escena era potente: la invitada hablaba con gesto serio, visiblemente afectada, mientras el presentador escuchaba sin interrumpir. Elisa insistía en que se la había “ridiculizado”, “infantilizado” y colocado “a la altura del suelo” con titulares que, en su opinión, la presentaban como una mentirosa cuando —subrayó— un juez ha procesado a Errejón y lo ha enviado al banquillo al considerar que existen indicios suficientes.
Es importante detenerse aquí. Según informaciones publicadas por medios nacionales, el juzgado acordó continuar el procedimiento al apreciar elementos que deben ser valorados en juicio. La Fiscalía, por su parte, ha mantenido posiciones que han generado controversia pública, algo que la propia Elisa mencionó en directo, cuestionando su actuación y sugiriendo contradicciones en su criterio a lo largo del proceso.
El momento más incómodo llegó cuando Elisa preguntó directamente a Abad: “¿Cómo te sientes tú hoy?”. No era una pregunta retórica. Era un desafío. El periodista intentó responder defendiendo que su labor consiste en contar la verdad y apoyarse en la posición del Ministerio Público, “garante de la legalidad”. Pero la actriz lo interrumpió para señalar que la Fiscalía “es del Gobierno”, insinuando un trasfondo político en su actuación.
La tensión se palpaba. “Si acusas, señala”, replicó Abad, en uno de los pocos momentos en que elevó el tono. El intercambio reflejaba algo más profundo que un desencuentro personal: la fractura creciente entre quienes denuncian violencia sexual y quienes exigen prudencia mediática y respeto estricto a la presunción de inocencia.
Elisa relató además que, en una intervención anterior en el mismo programa, se sintió víctima de una “encerrona”. Según explicó, acudió con la idea de hablar brevemente sobre el cierre de su cuenta de Instagram y terminó enfrentándose a preguntas sobre el caso judicial. Esa experiencia, dijo, la dejó marcada.
Sus palabras fueron más allá del reproche mediático. Afirmó que denunciar sin pruebas es absurdo y defendió que en su caso existen mensajes y elementos que han sido cotejados y valorados judicialmente. “Las pruebas están ahí”, insistió. Y añadió una frase que generó un nuevo terremoto en redes: “Este hombre es un depredador en serie”.
La gravedad de esa afirmación no pasó desapercibida. En un contexto judicial abierto, las palabras tienen un peso específico enorme. Mientras Elisa apelaba al coraje de la nueva denunciante —que se ha personado de forma anónima, según trascendió—, el debate público volvía a dividirse en dos bloques casi irreconciliables.
Por un lado, quienes consideran que el testimonio de las mujeres debe ser escuchado sin someterlas a un escrutinio humillante. Por otro, quienes advierten del riesgo de condenas mediáticas anticipadas. En medio, un plató de televisión convertido en tribunal simbólico.
Lo ocurrido en “Código 10” no puede entenderse sin el contexto más amplio. El caso de Íñigo Errejón ha tenido un fuerte impacto político y mediático desde que se conocieron las primeras denuncias. La combinación de relevancia institucional y acusaciones de índole sexual convierte cualquier avance procesal en noticia de primer orden.
El regreso de Elisa al programa, además, coincidió con la aparición de una segunda denuncia. Ese detalle avivó la conversación en redes sociales, donde miles de usuarios comentaron el enfrentamiento casi en tiempo real. Clips del momento circularon con rapidez, acumulando visualizaciones y reacciones polarizadas.
Más allá del espectáculo televisivo, el episodio plantea preguntas incómodas sobre el papel de los medios. ¿Dónde está la línea entre informar y juzgar? ¿Es posible cubrir casos de violencia sexual sin caer en el sensacionalismo? ¿Cómo se protege la dignidad de las denunciantes sin vulnerar la presunción de inocencia del acusado?
Elisa sostiene que el tratamiento mediático puede disuadir a otras víctimas de denunciar. Que el miedo a la exposición pública y al descrédito es real. Y que el coraje de la segunda mujer que ha acudido a la justicia merece respeto.
Nacho Abad, por su parte, representa la defensa de un periodismo que se apoya en resoluciones oficiales y en la posición de la Fiscalía para construir su relato. La colisión entre ambas visiones es el reflejo de un debate social más amplio que atraviesa España desde hace años.
En el fondo, la escena televisiva fue el síntoma visible de una herida que no está cerrada. La violencia sexual es un tema que despierta emociones intensas, exige sensibilidad extrema y, al mismo tiempo, rigor absoluto.
Lo que suceda ahora dependerá del curso judicial. Será en los tribunales donde se valoren pruebas, testimonios y argumentos con todas las garantías procesales. Pero el juicio paralelo en la opinión pública ya está en marcha.
Quizá lo más relevante de aquella noche no fueron los reproches ni las interrupciones, sino la sensación de estar ante un momento bisagra. Un recordatorio de que la televisión no es solo entretenimiento, sino un espacio donde se construyen narrativas que influyen en la percepción colectiva.
Elisa Mouliaá se fue del programa dejando una advertencia: “Van a salir más”. Una frase que resonó como eco en redes y tertulias. Si eso ocurre o no, lo dirá el tiempo. Lo que es seguro es que el caso seguirá ocupando titulares.
En una sociedad hiperconectada, cada palabra cuenta. Cada gesto se analiza. Y cada silencio también habla. La noche en “Código 10” fue una muestra de cómo el dolor, la política y el periodismo pueden colisionar en directo.
El desafío ahora es mayor que ganar un debate televisivo. Es construir un espacio público donde la verdad se busque con rigor, donde las víctimas no sean humilladas y donde la justicia no se sustituya por el aplauso o el linchamiento digital.
Porque al final, más allá del plató y de las audiencias, lo que está en juego es la confianza en las instituciones, en los medios y en la capacidad de la sociedad para afrontar casos tan delicados con madurez.
La televisión apagó sus focos. Pero la conversación, esa, apenas acaba de empezar.
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