Este tuit de Sánchez sobre Venezuela está siendo objeto de halagos fuera de España: le definen con cinco palabras tremendas.

 

 

 

Algunos expertos en relaciones internacionales han reaccionado al mensaje.

 

 

 

Foto de archivo de Pedro Sánchez, junto al tuit que ha puesto sobre la situación en Venezuela.

 

 

La reacción de Pedro Sánchez ante el ataque de Estados Unidos en Venezuela y la posterior detención de Nicolás Maduro no fue un gesto improvisado ni un simple posicionamiento diplomático más.

 

Fue, para muchos observadores internacionales, una declaración con peso histórico en un momento de máxima tensión global.

 

Mientras buena parte de los líderes occidentales optaban por el silencio, la ambigüedad o el aplauso tácito, el presidente del Gobierno español decidió marcar una línea clara, incómoda y, precisamente por eso, relevante.

 

España, recordó Sánchez, no reconoció al régimen de Nicolás Maduro tras los controvertidos resultados electorales de 2024.

 

Esa postura era conocida y compartida por buena parte de la Unión Europea. Pero lo que sorprendió fue el segundo mensaje, el que rompía la lógica binaria que parecía imponerse tras la intervención militar estadounidense.

 

“España no reconocerá una intervención que viola el derecho internacional y empuja a la región a un horizonte de incertidumbre y belicismo”, escribió el presidente en un tuit que en pocas horas cruzó fronteras y se coló en debates académicos, diplomáticos y mediáticos fuera del país.

 

El mensaje no era retórico. Tampoco buscaba equidistancias fáciles. Sánchez no defendía a Maduro ni al chavismo, pero tampoco aceptaba que el fin de un régimen autoritario justificara cualquier medio.

 

En un contexto global marcado por guerras abiertas, conflictos congelados y un creciente desprecio por las normas multilaterales, la posición española introducía una pregunta incómoda: ¿qué queda del derecho internacional cuando una potencia decide actuar al margen de él?

 

 

Esa pregunta, formulada de manera indirecta pero firme, explica por qué la postura de Sánchez fue rápidamente recogida por expertos en relaciones internacionales fuera de España.

 

No como una excentricidad, sino como una rareza cada vez más escasa en el panorama geopolítico actual: la defensa explícita de la legalidad internacional incluso cuando resulta políticamente costosa.

 

Horas antes del mensaje que encendió el debate, el presidente ya había hecho un llamamiento a la “desescalada” y a la “responsabilidad”. No eran palabras vacías.

 

El Gobierno español había activado un seguimiento exhaustivo de la situación en Venezuela, confirmando que la embajada y los consulados estaban plenamente operativos.

 

El énfasis, una vez más, estaba en la protección de la población civil y de los ciudadanos españoles en el país, pero también en algo más profundo: la necesidad de evitar que América Latina se convierta en un nuevo escenario de confrontación militar directa entre grandes potencias.

 

 

 

 

Sánchez insistió en un punto que muchos comunicados internacionales pasan por alto: el respeto a la Carta de Naciones Unidas no es un formalismo, sino la base mínima para cualquier orden internacional que aspire a ser algo más que la ley del más fuerte.

 

En su mensaje, pidió a “todos los actores” que pensaran en la población civil y que trabajaran por una transición “justa y dialogada”. Tres palabras que, en el contexto actual, parecen casi revolucionarias.

 

La reacción no tardó en llegar. Pero no desde Madrid, donde el debate político interno se movió rápidamente hacia el enfrentamiento partidista, sino desde fuera.

 

Analistas, politólogos y expertos en política exterior comenzaron a citar el mensaje del presidente español como un ejemplo de liderazgo ético en tiempos de ruido y polarización.

 

Una de las voces más destacadas fue la de Nathalie Tocci, una de las politólogas europeas más respetadas en el ámbito de las relaciones internacionales.

 

Directora del Istituto Affari Internazionali de Roma y profesora en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins, Tocci no suele prodigarse en elogios personales a líderes políticos.

 

Sin embargo, esta vez fue directa y contundente. Definió a Pedro Sánchez con cinco palabras que resonaron con fuerza: “La brújula moral de Europa”.

 

No es una etiqueta menor. En un continente sacudido por la guerra en Ucrania, el conflicto en Oriente Medio y el auge de discursos que relativizan el valor del derecho internacional, hablar de “brújula moral” implica señalar a quien, al menos en ese momento, se atreve a recordar hacia dónde debería apuntar el norte.

 

El reconocimiento de Tocci no se produjo en el vacío. Desde hace años, España ha intentado jugar un papel singular en la política exterior europea, especialmente en su relación con América Latina.

 

Una relación marcada por la historia, los vínculos culturales y una comprensión más profunda de las dinámicas políticas de la región.

 

Esa mirada explica en parte por qué Sánchez percibe el riesgo de que Venezuela se convierta en un nuevo laboratorio de intervenciones que, lejos de estabilizar, perpetúan la inestabilidad.

 

Para muchos expertos, el mayor peligro del movimiento de Estados Unidos no es solo el precedente legal, sino el mensaje político que envía a otros actores internacionales.

 

Si la detención de un jefe de Estado mediante una operación militar en territorio extranjero se normaliza, ¿qué impide que otros países invoquen argumentos similares para justificar acciones unilaterales?

 

En ese sentido, la postura española no es un gesto aislado, sino una advertencia. Sánchez no habla solo de Venezuela, sino del sistema internacional en su conjunto.

 

De un mundo en el que las reglas se erosionan poco a poco hasta que dejan de existir, y en el que la fuerza vuelve a imponerse como criterio principal de legitimidad.

 

El mensaje también tiene una dimensión interna europea. La Unión Europea lleva años intentando construir una política exterior común, pero a menudo se ha visto atrapada entre la dependencia estratégica de Estados Unidos y la necesidad de afirmar una voz propia.

 

La declaración del presidente español, respaldada públicamente por figuras como Tocci, refuerza la idea de que Europa no puede limitarse a reaccionar, sino que debe definir principios claros, incluso cuando estos incomodan a sus aliados.

 

No es casual que el reconocimiento internacional contraste con la frialdad —cuando no el silencio— de algunos actores políticos dentro de España.

 

La política nacional tiende a absorberlo todo, incluso debates de alcance global. Sin embargo, fuera de la Península, el foco estaba en otra cosa: en la valentía de un líder que, en un momento crítico, eligió el derecho internacional frente al aplauso fácil.

 

La situación en Venezuela sigue siendo extremadamente volátil. La detención de Maduro ha abierto un escenario incierto, con múltiples actores intentando influir en el futuro del país.

 

En ese contexto, las palabras pesan. Y las de Sánchez apuntan a una salida que, aunque compleja, evita el camino más corto y más peligroso: el de la imposición.

 

Hablar de transición “justa y dialogada” no significa ingenuidad. Significa asumir que sin consenso interno, sin reconocimiento de la pluralidad política y sin respeto a la legalidad internacional, cualquier cambio será frágil.

 

América Latina conoce bien las consecuencias de transiciones tuteladas desde el exterior, y Europa también debería recordarlo.

 

Que un mensaje de apenas unas líneas haya provocado elogios de este calibre dice mucho del momento que vivimos.

 

En tiempos de mensajes grandilocuentes y decisiones unilaterales, la defensa serena del derecho internacional se convierte en un acto casi contracultural.

 

Pedro Sánchez no ha resuelto la crisis venezolana con un tuit. Nadie lo espera.

 

Pero ha introducido una referencia moral en un debate dominado por la fuerza y el cálculo estratégico.

 

Y eso, para muchos expertos, no es poca cosa. Por eso, fuera de España, su nombre circula estos días asociado a una idea cada vez más escasa en la política global: la de que el poder, sin principios, termina volviéndose contra todos.

 

La pregunta ahora es si esa brújula moral encontrará seguidores o quedará como una excepción solitaria en un mundo que parece haber olvidado el valor de las normas comunes. Lo que está en juego no es solo el futuro de Venezuela, sino el tipo de orden internacional que estamos dispuestos a aceptar.

 

 

 

Y no ha sido la única reacción similar al mensaje de Pedro Sánchez fuera de España. Bruno Maçães, geopolítico, escritor y fue secretario de Estado para Asuntos Europeos en Portugal entre los años 2013 y 2015, también lo ha compartido, junto a una frase a modo de reflexión sobre el papel del presidente del Gobierno. “El único político europeo que no está paralizado por el miedo“, ha razonado.

 

 

El único político europeo que no está paralizado por el miedo
Jeremy Cliffe, periodista británico y analista de política internacional, también ha compartido el tuit.

 

“No es la primera vez que, mientras otros líderes europeos se lamentan por Trump, el español Sánchez marca un límite.

 

Una postura que cada vez parece más sensata (más *realista*) con el paso del tiempo“, ha defendido.

 

 

Una postura que cada vez parece más sensata (más realista) con el paso del tiempo

El periodista alemán de Der Spiegel, Steffen Lüdke, también ha reaccionado al tuit, asegurando que “Europa se enfrenta a una disyuntiva“.

 

“Condenar el cambio de régimen de Trump y respetar el derecho internacional (y, por ende, los principios que la agresora Rusia viola en Ucrania) o mantener la vaguedad por miedo a Trump. Merz, Macron y Starmer optan por esta última opción; Sánchez, no“, ha expuesto.