Marta Flich pregunta a Pedro Piqueras si Óscar Puente debe dimitir y le responde sin miramientos en TVE.

 

 

Pedro Piqueras ha visitado ‘Directo al grano’ para analizar la actualidad y ha terminado mojándose sobre la responsabilidad política de Óscar Puente en la tragedia ferroviaria de Adamuz.

 

 

 

 

Hay tragedias que no se apagan cuando dejan de sonar las sirenas. Permanecen. Se instalan en el debate público, en los platós de televisión, en las conversaciones cotidianas y, sobre todo, en la conciencia colectiva de un país que busca respuestas.

 

El accidente ferroviario de Adamuz, con 45 personas fallecidas, es una de esas heridas abiertas. Y en medio del ruido político, de las acusaciones cruzadas y de la urgencia por encontrar culpables, una voz ha destacado por ir a contracorriente: la de Pedro Piqueras.

 

 

No fue un discurso grandilocuente ni una sentencia definitiva. Fue, precisamente, lo contrario. Un análisis sereno, incómodo para muchos, que ha logrado colocar el foco donde quizá más falta hace ahora mismo: en el tiempo, la investigación y la responsabilidad entendida con perspectiva.

 

Sus palabras, pronunciadas durante su visita al programa ‘Directo al grano’ de TVE, han vuelto a situar a Óscar Puente y al Gobierno central en el centro de la conversación, pero desde un ángulo muy distinto al habitual.

 

 

Desde que se conoció la magnitud de la tragedia, las tertulias políticas han girado de forma casi obsesiva en torno a una pregunta concreta: ¿debe dimitir el ministro de Transportes? La oposición ha sido rápida en señalar, en exigir responsabilidades inmediatas y en convertir el dolor en munición política.

 

En ese contexto, la intervención de Piqueras ha resultado especialmente llamativa porque no esquiva la gravedad de lo ocurrido, pero tampoco se suma a la lógica del linchamiento.

 

“Creo que tendrá que haber dimisiones más adelante”, comenzó diciendo el histórico presentador de Informativos Telecinco, dejando claro que no niega la necesidad de asumir responsabilidades.

 

Sin embargo, su matiz es clave: “No sé en qué punto debe haberlas”. En una frase, Piqueras rompía con la exigencia de culpables inmediatos y recordaba algo que a menudo se olvida en medio de la indignación: los tiempos de la investigación no son los tiempos del debate político.

 

 

La conversación con Marta Flich avanzó hacia el corazón del asunto. Piqueras puso sobre la mesa los primeros indicios conocidos de la investigación técnica, alejándose del relato simplista que reduce todo a una cadena de mando política.

 

Habló de un soldador, de una soldadura defectuosa, de burbujas en el hierro que debilitan la vía. De una concatenación de errores y de una mala suerte devastadora: un tren que impacta contra otro tras una rotura inesperada.

 

 

“En fin… un desastre”, resumió, sin adornos. Porque lo fue. Y porque detrás de cada término técnico hay 45 vidas perdidas, familias rotas y un país conmocionado.

 

Para Piqueras, el hecho de que las autoridades sean responsables últimas no significa automáticamente que sean culpables directas.

 

Es una distinción incómoda en un clima político cada vez más polarizado, pero necesaria. “Al final, lógicamente, las autoridades son responsables últimas de lo que ocurre, aunque no sean responsables”, explicó, subrayando esa diferencia que muchos prefieren ignorar.

 

Sus palabras cobran aún más peso cuando aborda el tono que ha adoptado parte del debate público.

 

Visiblemente impactado, recordó cómo escuchó a un diputado de Vox dirigirse al Gobierno llamándoles “asesinos”. Un término que, en su opinión, no solo es injusto, sino profundamente peligroso.

 

“Hombre, que no se puede hacer esto”, advirtió, marcando una línea clara entre la crítica política y la deshumanización.

 

La comparación que hizo a continuación no pasó desapercibida. “Es como cuando llamaban a Mazón asesino”, dijo, recordando otros episodios recientes en los que la indignación colectiva derivó en acusaciones extremas.

 

Piqueras no excusó la irresponsabilidad, pero fue contundente al separar los hechos de las intenciones: “Él fue un irresponsable por no estar donde debía estar, pero no puso las nubes”.

 

Esa frase resume a la perfección el enfoque del periodista. La tragedia de Adamuz, como tantas otras, es el resultado de una cadena compleja de factores.

 

Simplificarla hasta convertirla en un relato de buenos y malos puede servir para la polémica inmediata, pero no para entender qué falló ni cómo evitar que vuelva a suceder.

 

 

 

Piqueras fue más allá y puso el dedo en una llaga que muchos prefieren no tocar: la polarización extrema. “Creo que somos un país muy polarizado ahora mismo”, afirmó.

 

Una polarización que convierte cada tragedia en un campo de batalla y cada investigación en una carrera por imponer un relato. Frente a eso, el periodista reivindicó la necesidad de mirar con distancia, con calma, con perspectiva.

 

 

“No se trata de no exigir responsabilidades”, vino a decir, sino de hacerlo en el momento adecuado y con la información necesaria.

 

Porque sin investigación no hay verdad, y sin verdad no hay justicia. “Hay que investigar y saber cuál es la causa real”, insistió, mencionando de nuevo la hipótesis de las burbujas en el hierro y dejando claro que serán los técnicos quienes determinen hasta dónde llega la cadena de responsabilidades.

 

 

La gran pregunta, la que flota sobre todas las tertulias, sigue ahí: ¿debe dimitir Óscar Puente? La respuesta de Piqueras no es un sí ni un no rotundo, y precisamente por eso ha generado tanto debate.

 

“Que lleguen al ministro, pues no lo sé”, reconoció con honestidad. “Eso ya se verá en función de lo que digan los técnicos”.

 

 

En un ecosistema mediático acostumbrado a los titulares contundentes y a las posiciones extremas, esta postura resulta casi revolucionaria.

 

No exime a nadie, pero tampoco condena sin pruebas. No minimiza la tragedia, pero se niega a convertirla en un espectáculo político.

 

Mientras tanto, el nombre de Óscar Puente sigue encabezando titulares y debates. El ministro de Transportes se ha convertido en el rostro visible de una gestión puesta en cuestión, aunque la investigación apenas ha comenzado.

 

Para muchos ciudadanos, esta exposición constante alimenta la sensación de que la política va siempre un paso por delante de la verdad.

 

Las palabras de Piqueras han servido, al menos, para introducir un matiz necesario. Para recordar que la justicia no se construye a base de consignas ni de insultos, sino de datos, informes y decisiones fundamentadas. Y que el respeto a las víctimas también implica no utilizar su memoria como arma arrojadiza.

 

 

La tragedia de Adamuz ha dejado 45 muertos, pero también ha dejado al descubierto las costuras de un debate público cada vez más crispado.

 

En ese contexto, la intervención de un periodista veterano, alejado ya de la primera línea informativa diaria, ha resonado con fuerza precisamente por su tono humano, reflexivo y nada complaciente.

 

Quizá por eso sus palabras se han compartido tanto. Porque conectan con una parte de la sociedad cansada del ruido, de la simplificación y del enfrentamiento constante.

 

Una sociedad que quiere respuestas, sí, pero también quiere verdad. Y que entiende que las responsabilidades, para ser justas, no pueden decidirse en caliente.

 

 

La investigación seguirá su curso. Los informes técnicos llegarán. Las conclusiones se conocerán. Y entonces, solo entonces, será el momento de hablar de dimisiones, de fallos estructurales y de cambios necesarios. Hasta que eso ocurra, el recordatorio de Pedro Piqueras permanece como una llamada a la calma en medio de la tormenta.

 

 

Porque cuando el dolor es tan grande, quizá el mayor acto de responsabilidad sea, precisamente, no apresurarse. Mantener el foco donde debe estar. Y no olvidar que detrás de cada debate hay vidas que merecen algo más que titulares incendiarios.