SÁNCHEZ eres EL SIGUIENTE! Cayetana COMPARECE de URGENCIA por CAÍDA MADURO y LANZA esta AMENAZA.
La escena no fue una más en el hemiciclo. Tampoco una intervención destinada a llenar titulares fugaces.
Fue un alegato político y moral que conectó el debate sobre Venezuela con una cuestión mucho más profunda: el papel de España ante las dictaduras, el uso del lenguaje democrático y la frontera —cada vez más difusa— entre mediación y complicidad.
Las palabras pronunciadas, duras y calculadas, no buscaban el consenso. Buscaban fijar una posición clara en un momento que muchos consideran histórico.
Todo, según el relato expuesto, arranca con una operación diseñada por la propia dictadura venezolana, organizada con la participación activa de José Luis Rodríguez Zapatero y facilitada por el Gobierno de España, que habría desembocado en la salida forzada de Edmundo González Urrutia del país.
No una salida voluntaria ni pactada, sino una huida bajo chantajes, presiones y coacciones.
La denuncia es directa: mientras el candidato que había ganado las elecciones era despojado de su lugar, Zapatero era elevado a la categoría de héroe político. Una inversión moral que, para quienes critican esta maniobra, resulta inaceptable.
La acusación no se queda en lo coyuntural. Apunta a una relación prolongada, profunda y, según sus detractores, abiertamente antidemocrática entre el expresidente español y Nicolás Maduro.
No como un mediador neutral, sino como alguien que durante años habría utilizado el lenguaje del diálogo para dar oxígeno a una dictadura señalada por organismos internacionales por violaciones sistemáticas de derechos humanos.
Invocar el bien común para perpetuar el mal, se dijo, constituye la máxima inmoralidad política.
El debate se eleva entonces del caso concreto a la dimensión regional. Venezuela no es solo un problema interno, ni siquiera exclusivamente latinoamericano. Afecta a todo un continente.
Ocho millones de venezolanos diseminados por América Latina no están haciendo turismo, recordó el representante de Uruguay ante la OEA en una frase que resonó con fuerza.
Son el resultado directo de un colapso institucional, económico y humano. Y si la dictadura se perpetúa, el desenlace no es la estabilidad, sino una catástrofe humanitaria y regional.
Desde esa perspectiva, la votación, la iniciativa y la posición política dejan de ser un asunto partidista para convertirse en una elección moral.
Verdad y democracia frente a dictadura y mentira. Se afirmó con rotundidad que nada celebraría más el búnker de Miraflores que el rechazo de la iniciativa planteada, y que nada debilitaría más a la tiranía que su aprobación.
El mensaje iba dirigido tanto al interior del Parlamento como al exterior, a una comunidad internacional que observa con atención cada gesto.
El discurso no eludió la dimensión emocional. Reconoció que son horas difíciles para los venezolanos, horas de angustia, de incertidumbre, de miedo.
Pero también sostuvo que mientras exista un solo venezolano dispuesto a levantar la bandera de la libertad, a jugarse la vida por la democracia, a transmitir ese relevo a las nuevas generaciones, habrá esperanza.
Podrán quebrar a un hombre, a cien, a mil, pero no podrán quebrar una causa. Y, en ese punto, apareció una figura central del relato: María Corina Machado.
Se la definió como una mujer inquebrantable, la más valiente, una heroína del siglo XXI. Se lanzó incluso una crítica al movimiento feminista español por no reconocer, según esta visión, la dimensión histórica de su liderazgo por razones ideológicas.
El mensaje fue claro: si alguien debe salir rumbo al exilio, no es la oposición democrática, sino Nicolás Maduro.
Y se prometió solemnemente que la dictadura no encontraría en España una aliada indiferente, porque la causa venezolana es también una causa española, sin fronteras morales ni ideológicas.
El relato posterior profundizó aún más en la figura de Zapatero. Se recordó su papel inicial como mediador entre el chavismo y la oposición, sus visitas a cárceles junto a Delcy Rodríguez, ofreciendo libertades condicionadas a cambio de legitimación del régimen.
Para sus críticos, ese historial lo ha convertido en el portavoz internacional de una tiranía criminal. No solo un descrédito personal, sino un oprobio que, afirman, mancha el nombre de España.
De ahí la exigencia explícita de retirarle todos los privilegios asociados a su condición de expresidente: pensión, beneficios logísticos, uso de embajadas, acceso a salas VIP.
Se evocó incluso el encuentro nocturno y clandestino entre Delcy Rodríguez y José Luis Ábalos en el aeropuerto de Madrid, un episodio que sigue generando preguntas sin respuesta.
El mensaje fue contundente: el pueblo venezolano debe saber que Zapatero podrá representar al PSOE, a Podemos o incluso a un Gobierno que no se desvincula de él, pero no representa a todos los españoles.
Se reivindicó así la existencia de millones de demócratas en España que se solidarizan con el sufrimiento venezolano, que sienten indignación ante la destrucción de un país hermano y que repudian posiciones que chocan con la Unión Europea, con Naciones Unidas y con cualquier estándar básico de decencia política. Se calificaron esas posiciones de marginales, inmorales y de una crueldad extrema.
El análisis ofreció dos posibles lecturas sobre la actitud de Zapatero. O bien se trata de alguien que promueve para América Latina un modelo que jamás aceptaría para España —el clásico turista del ideal—, o bien desea para España lo mismo que para Venezuela: un sistema autoritario, sin pluralismo político, sin justicia independiente, donde proliferan la represión y la miseria.
La comparación con otros expresidentes europeos como Schröder, Hollande o Renzi buscaba subrayar lo excepcional —y anómalo— de este comportamiento.
En paralelo, se afirmó que el Partido Popular sigue con máxima atención los acontecimientos en Venezuela, con una preocupación prioritaria por los españoles que residen allí y, por supuesto, por el conjunto del pueblo venezolano.
Se recordó que Maduro lleva años vulnerando derechos humanos, reprimiendo a la oposición y sumiendo al país en la miseria, y que las últimas elecciones fueron ganadas por la oposición democrática, aunque el régimen se aferró ilegalmente al poder mediante fraude y persecución.
La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos abre, según esta interpretación, una nueva etapa.
Un escenario distinto que debe gestionarse con prudencia, pero también con esperanza. Se insistió en que la prudencia no es incompatible con la firmeza moral.
Durante años, se dijo, se ha denunciado la narcodictadura de Maduro y a quienes la han sostenido desde dentro y desde fuera.
También se ha criticado la actitud del Gobierno de Pedro Sánchez, considerada cobarde y alejada de la responsabilidad histórica que España tiene con Venezuela.
La comparación es contundente: el Gobierno español sacó de Venezuela al ganador de las elecciones, Edmundo González; Estados Unidos saca ahora al tirano que se aferraba al poder tras perderlas.
Para quienes defienden esta lectura, hoy es un mal día para quienes justificaron, blanquearon o hicieron negocios con el régimen, incluido Zapatero, a quien imaginan atravesando un momento político y personal complicado.
El mensaje final vuelve a la idea central: solo la libertad y el respeto a la voluntad popular pueden garantizar el futuro de Venezuela.
Y España, como actor histórico, cultural y político en la región, no puede permitirse ambigüedades.
Debe estar claramente del lado de la democracia, sin matices ni equidistancias. Esa, se afirmó, es la posición del Partido Popular y de la inmensa mayoría de los españoles.
Más allá del ruido político, el debate deja una pregunta abierta que trasciende siglas y legislaturas: ¿qué precio está dispuesta a pagar una democracia por mantener una falsa neutralidad frente a una dictadura? ¿Hasta qué punto el lenguaje del diálogo puede convertirse en una coartada para la inacción o, peor aún, para la complicidad? Venezuela, con millones de exiliados, presos políticos y una sociedad fracturada, no es un conflicto lejano. Es un espejo incómodo que interpela directamente a Europa y, en especial, a España.
En ese espejo se reflejan decisiones pasadas, silencios presentes y responsabilidades futuras.
Lo ocurrido no es solo un episodio más en la política internacional, sino una llamada a definir con claridad de qué lado de la historia se quiere estar.
Porque, como se recordó con insistencia, esta no es una batalla entre izquierdas y derechas, sino entre civilización y barbarie. Y esa batalla, según quienes alzaron la voz, no admite medias tintas ni excusas diplomáticas.
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