Juan José Millás pone voz con dos palabras a lo que a muchos les parece la condena al Fiscal General del Estado.

 

 

 

“Ha roto el consenso respecto a lo que es real”, avisa el escritor.

 

 

 

 

 

 

Juan José Millás y la condena al Fiscal General del Estado: El eco kafkiano que desgarra el consenso social en España.

 

 

Cuando la realidad se deshilacha y la justicia parece perder el norte, la voz de los escritores adquiere un peso singular, capaz de condensar el sentir colectivo en apenas dos palabras. Juan José Millás, uno de los narradores más lúcidos y premiados de la literatura española contemporánea, ha logrado precisamente eso: poner nombre y dimensión a la inquietud que recorre a miles de ciudadanos tras la condena del Tribunal Supremo al Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz.

 

 

“Muy kafkiano”, sentencia Millás, y con ello da cuerpo a una atmósfera de extrañeza, desconcierto y desconfianza que amenaza con fracturar el consenso sobre lo que es real en España.

 

 

La intervención del escritor en el programa “A vivir” de la Cadena Ser, lejos de ser una opinión más, se convierte en un diagnóstico social. Millás, ganador de los premios Planeta, Nadal y Nacional de Narrativa, no escatima en adjetivos ni en profundidad: lo que ha sucedido con García Ortiz, inhabilitado dos años y obligado a pagar una multa e indemnización a la pareja de Isabel Díaz Ayuso, es el síntoma de una anomalía que va mucho más allá del caso judicial.

 

 

 

Millás, siempre atento al pulso de la realidad, detecta en el modo de comunicar la condena una inquietante similitud con la obra de Franz Kafka.

 

 

Se ha declarado culpable al fiscal general, pero sin explicar por qué, sin fundamentar el delito, sin ofrecer a la ciudadanía una razón transparente.

 

 

El escritor recuerda que Kafka fue el mejor cronista del siglo XX y, a la luz de los hechos, está llamado a ser quien mejor narre los delirios del siglo XXI.

 

 

El paralelismo no es gratuito: García Ortiz, según Millás, “entró ya como culpable” ante el Supremo, sin la presunción de inocencia que debe regir todo proceso judicial. Ahora, el tribunal se ve obligado a “buscar la vida para decir por qué”.

 

 

En este contexto, el escritor advierte sobre el peligro de romper el consenso respecto a lo que es real.

 

 

La justicia, en sus palabras, debería guiarse por el sentido común y los principios elementales del derecho: la duda siempre a favor del reo.

 

 

Pero aquí, la duda ha sido barrida por una certeza inexplicable, una condena sin causa que deja al propio condenado y a la sociedad en un estado de perplejidad.

 

 

“No sabemos por qué, ni él tampoco. Ya Kafka nos lo dirá. Kafka que es el Tribunal”, ironiza Millás, poniendo en evidencia el laberinto burocrático y existencial en el que se ha convertido la justicia española.

 

 

El diagnóstico de Millás va más allá del caso concreto. El escritor observa una fractura profunda en el consenso social, una división que desestabiliza los cimientos de la convivencia democrática.

 

 

“Es como si hubiera dos grupos de la sociedad que se enfrentaran discutiendo si esto es un micrófono o una cuchara”, advierte.

 

 

La metáfora, tan sencilla como poderosa, revela la gravedad de la situación: ya no se trata de opiniones divergentes, sino de una ruptura radical del acuerdo sobre la naturaleza misma de la realidad.

 

 

Esta esquizofrenia colectiva, según Millás, reduce a la sociedad a un estado de confusión permanente, donde la palabra pierde su significado y lo importante no es lo que se dice, sino quién manda.

 

 

“Es una locura, es un brote psicótico. Hemos perdido pie. Convivimos con dos realidades o con dos formas de ver la realidad”, certifica el escritor.

 

 

La justicia, en este escenario, deja de ser el árbitro neutral y se convierte en un instrumento de poder, capaz de imponer una versión de los hechos sin necesidad de argumentos sólidos ni pruebas irrefutables.

 

 

La reflexión de Millás no se detiene en la crítica. El escritor indaga en la raíz del problema: la pérdida de confianza en las instituciones y el deterioro del lenguaje público.

 

 

Cuando la justicia se expresa sin fundamento, cuando las sentencias se comunican antes de ser justificadas, la palabra se vacía de contenido y la autoridad se impone por encima de la razón.

 

 

“Lo importante no es lo que digan las palabras, sino quién manda”, insiste Millás, recordando que el poder, cuando se desliga del sentido común y de la legalidad, puede conducir a la locura colectiva.

 

 

Este fenómeno, señala el escritor, tiene consecuencias devastadoras. La sociedad se ve obligada a convivir con dos realidades paralelas, dos relatos que se excluyen mutuamente y que impiden cualquier tipo de diálogo o reconciliación.

 

 

La justicia, lejos de ser el espacio donde se dirimen los conflictos de forma racional, se convierte en el escenario de una batalla simbólica por el control de la realidad.

 

 

La condena al fiscal general del Estado es, en este sentido, mucho más que un episodio judicial.

 

 

Es el síntoma de una crisis de legitimidad que afecta a todas las instituciones democráticas.

 

 

Millás lo expresa con claridad: “Este hombre entró ya como culpable, no entró como un presunto inocente”.

 

 

La presunción de inocencia, pilar fundamental del Estado de derecho, ha sido sustituida por una lógica de sospecha y condena preventiva.

 

 

El tribunal, en lugar de juzgar los hechos, parece haber decidido el resultado de antemano y ahora se esfuerza por encontrar una justificación a posteriori.

 

 

Este procedimiento, profundamente kafkiano, genera una sensación de inseguridad y vulnerabilidad en la ciudadanía.

 

 

Si la justicia puede condenar sin pruebas, si la palabra del tribunal se impone sobre la lógica y el sentido común, ¿qué garantías quedan para los ciudadanos? La pregunta, lejos de ser retórica, pone en cuestión la viabilidad misma de la democracia y del contrato social.

 

 

 

La reflexión de Millás encuentra eco en la polarización política y mediática que atraviesa España.

 

 

La condena a García Ortiz ha sido interpretada de formas opuestas por distintos sectores de la sociedad.

 

 

Para unos, es la prueba de la independencia judicial y de la capacidad de las instituciones para depurar responsabilidades.

 

 

Para otros, es el resultado de una operación política destinada a proteger intereses particulares y a debilitar al gobierno.

 

 

Esta división, lejos de ser un mero desacuerdo, representa una verdadera fractura en la percepción de la realidad.

 

 

Como advierte Millás, la sociedad vive atrapada entre dos relatos irreconciliables, dos versiones de los hechos que convierten el debate público en un diálogo de sordos.

 

 

La metáfora del micrófono y la cuchara ilustra la imposibilidad de llegar a un acuerdo sobre los fundamentos mismos de la convivencia.

 

 

En este contexto de confusión y desencanto, la voz de los escritores adquiere una relevancia especial.

 

 

Millás, con su lucidez habitual, reivindica el sentido común y la capacidad de la literatura para iluminar los rincones oscuros de la realidad.

 

 

Kafka, su referente, se convierte en el guía necesario para entender los procesos absurdos y las decisiones incomprensibles que caracterizan la vida institucional contemporánea.

 

 

La literatura, sostiene Millás, no es solo un espejo de la realidad, sino una herramienta para recuperar el consenso y la racionalidad perdida.

 

 

Frente a la locura colectiva y la esquizofrenia social, el escritor invita a reivindicar el valor de la duda, el respeto a los derechos fundamentales y la necesidad de un lenguaje público transparente y honesto.

 

 

 

 

La condena al fiscal general del Estado, vista a través de los ojos de Juan José Millás, es el reflejo de una crisis profunda que afecta a la justicia, al lenguaje y al consenso social.

 

 

El proceso kafkiano que describe el escritor no es una exageración literaria, sino una llamada de atención sobre los riesgos de perder el sentido común y la confianza en las instituciones.

 

 

La sociedad española, enfrentada a dos realidades y dos formas de entender la justicia, se encuentra en una encrucijada.

 

 

La pregunta que plantea Millás, y que resuena en el corazón de la ciudadanía, es si es posible recuperar el consenso sobre lo que es real, sobre lo que es justo y sobre lo que significa vivir en democracia.

 

 

La respuesta, quizás, está en la capacidad de los ciudadanos para exigir transparencia, rigor y respeto a los principios fundamentales.

 

 

La voz del escritor, en este momento de incertidumbre, es un recordatorio de que la literatura y el pensamiento crítico son indispensables para mantener viva la llama del consenso y de la racionalidad.