RUFIÁN ACTIVA LA OPERACIÓN UNIDAD DE LA IZQUIERDA. ¿UN NUEVO PARTIDO?.

Hay momentos en política en los que algo cambia sin que nadie lo anuncie oficialmente. No hay rueda de prensa, no hay logotipo nuevo, no hay siglas todavía.
Solo una sensación que empieza a recorrer conversaciones, redes sociales y comentarios anónimos: “igual esta vez sí”.
Algo así está pasando ahora mismo en la izquierda española, y el nombre que aparece una y otra vez, casi sin buscarlo, es el de Gabriel Rufián.
Todo empieza de manera aparentemente discreta, pero con una carga simbólica enorme. Un acto en Madrid, el próximo 18 de febrero, en la sala Galileo Galilei.
Dos nombres en el cartel: Gabriel Rufián y Emilio Delgado. Ninguna sigla por delante. Ningún anuncio formal de candidatura.
Solo una conversación pública sobre democracia, presente y futuro. Y, sin embargo, basta con rascar un poco para entender que esto no es un acto más. Es un primer movimiento. Un gesto medido.
Una señal lanzada a un electorado exhausto que lleva años esperando algo que no termina de llegar.
Porque la izquierda, especialmente la que está a la izquierda del PSOE, vive desde hace tiempo en una paradoja constante.
Tiene votos, tiene causas, tiene motivos… pero no consigue convertir todo eso en una ilusión compartida y sostenida.
Cada nueva encuesta abre una herida. Cada división interna la agranda. Y cada elección en la que se presentan tres, cuatro o cinco candidaturas distintas acaba con el mismo resultado: frustración, reproches y la sensación de haber vuelto a tropezar con la misma piedra.
En ese contexto, que Rufián decida dar un paso al frente —aunque sea con la boca pequeña— no es casualidad.
Lleva meses, incluso años, repitiendo una idea que incomoda a muchos aparatos de partido pero conecta de lleno con la calle: si no nos ponemos de acuerdo, nos derrotarán por separado.
No es una frase nueva, pero en su boca ha ido ganando peso, insistencia y urgencia. Y ahora empieza a traducirse en hechos.
La exclusiva la adelantó laSexta y fue ampliada después por medios como infoLibre: una ronda de encuentros públicos con dirigentes del espacio a la izquierda del PSOE, empezando por Emilio Delgado, referente de Más Madrid en la Asamblea.
No se trata —al menos oficialmente— de fundar nada, ni de anunciar una coalición, ni de proclamar liderazgos. Se trata, dicen, de hablar.
De escuchar. De medir. Pero en política, hablar también es actuar, y escuchar suele ser el primer paso para moverse.
La reacción no se ha hecho esperar. Desde el mismo momento en que se conoció el acto, las redes comenzaron a hervir.
No con rechazo, sino con algo mucho más revelador: expectativa. La misma expectativa que quedó al descubierto el pasado 28 de diciembre, cuando una inocentada publicada en Electomanía anunciaba una ficticia coalición de izquierdas encabezada por Rufián.
Aquello era mentira, sí. Pero tuvo millones de visualizaciones y miles de comentarios que decían, básicamente, lo mismo: “No juguéis con esto, que duele”. Pocas bromas revelan tan bien una verdad emocional.
¿Por qué Rufián? Esa es la pregunta que muchos se hacen, dentro y fuera de los partidos. Y la respuesta no tiene tanto que ver con su adscripción a Esquerra Republicana como con algo mucho más simple y más raro en política: conecta. Conecta con gente que no es independentista.
Conecta con votantes de barrios obreros de toda España. Conecta con personas que no se sienten representadas por nadie, pero que, cuando le escuchan, piensan: “por lo menos este habla claro”.
Hijo de inmigrantes andaluces en Cataluña, criado en Santa Coloma de Gramenet, Rufián ha construido un perfil que rompe esquemas.
Es independentista, sí, pero también es uno de los políticos más compartidos fuera de su propio espacio. Sus intervenciones en el Congreso se viralizan. Sus enfrentamientos dialécticos marcan agenda. Y, sobre todo, dice cosas que muchos piensan y pocos se atreven a decir sin rodeos.
Emilio Delgado, por su parte, aporta otro tipo de capital político. Menos mediático a nivel estatal, pero muy sólido en Madrid.
Sus intervenciones en la Asamblea destacan por claridad, contundencia y una manera de hacer política que huye del barro sin renunciar a la confrontación.
Entre ambos hay afinidad personal y política, algo que ellos mismos han reconocido. Y en un tiempo dominado por la desconfianza, esa afinidad no es un detalle menor.
El acto del 18 de febrero tiene, además, un título revelador: “Doble o nada. Disputar el presente para ganar el futuro”.
No habla de siglas, ni de listas, ni de pactos. Habla de riesgo. De jugarse algo. De entender que lo que viene no es una repetición de lo de siempre.
Y eso conecta directamente con una sensación cada vez más extendida: la democracia está en una encrucijada y la izquierda no puede permitirse seguir funcionando como si nada pasara.
Los datos acompañan esta percepción. El CIS lleva meses reflejando un fenómeno llamativo: Gabriel Rufián aparece, de forma sostenida, como uno de los nombres más mencionados cuando se pregunta de manera espontánea por quién se prefiere como presidente del Gobierno en el ámbito de la izquierda.
No es una pregunta guiada, no hay opciones cerradas. Es pura asociación mental. Y ahí, Rufián crece mientras otras figuras se desgastan.
Este ascenso no pasa desapercibido para nadie. Tampoco para los partidos. Y aquí empiezan los problemas.
Esquerra Republicana ya ha marcado distancias públicamente con cualquier idea de coalición estatal.
Podemos observa el movimiento con recelo y algunos de sus sectores han lanzado críticas abiertas. En Sumar hay incomodidad. En Más Madrid, aunque Delgado participe, también existen voces que piden cautela y respeto a los cauces internos.
Nada de esto es sorprendente. La izquierda española tiene una larguísima tradición de tensiones internas, recelos cruzados y guerras orgánicas que terminan por devorar cualquier proyecto ilusionante.
Lo nuevo, esta vez, es que el empuje no viene de un despacho ni de una negociación entre cúpulas, sino de una presión social evidente. De una demanda que se repite elección tras elección: dejad de pelearos y construid algo reconocible.
El riesgo del personalismo está ahí, y sería ingenuo ignorarlo. La experiencia de Podemos es un recordatorio constante de lo frágil que puede ser un proyecto demasiado ligado a una sola figura. Rufián lo sabe.
Lo ha dicho en más de una ocasión. Pero también sabe algo igual de importante: sin una cara, sin un relato claro y sin alguien que encarne el proyecto, no hay posibilidad real de competir en el escenario actual.
La política contemporánea funciona así, para bien o para mal. Y la izquierda no puede permitirse jugar con reglas del pasado mientras la extrema derecha avanza con mensajes simples, líderes reconocibles y una estrategia clara. El dilema no es si hay que personalizar, sino cómo hacerlo sin que todo dependa de una sola persona.
Por eso este proceso se parece más a un termómetro que a una proclamación. El 18 de febrero no decidirá nada de forma definitiva, pero dirá mucho. Medirá el ambiente.
La capacidad de convocatoria. El nivel de ilusión real. Si la sala se llena, si hay gente fuera, si el mensaje prende, será imposible mirar hacia otro lado.
Lo que está en juego va mucho más allá de un nombre o de un acto concreto. Está en juego la posibilidad de que la izquierda vuelva a ofrecer algo que no sea una suma de siglas agotadas.
Un proyecto que no se base solo en resistir, sino en disputar. Que no viva permanentemente a la defensiva. Que hable de futuro sin miedo y sin complejos.
Nada está garantizado. Las resistencias internas serán duras. Las zancadillas también. Habrá errores, contradicciones y decepciones.
Pero por primera vez en mucho tiempo, hay una sensación distinta: la de que alguien está intentando escuchar de verdad lo que pasa fuera de los despachos.
Y eso, en el clima actual, ya es un pequeño terremoto.
Ahora la pelota no está solo en el tejado de Rufián o de Delgado. Está también en el de quienes miran con escepticismo, pero con curiosidad.
En el de quienes dicen estar cansados, pero no resignados. En el de una izquierda social que sabe que, si no se mueve ahora, puede quedarse sin espacio durante mucho tiempo.
Quizá este sea solo el principio de algo que no termine cuajando. O quizá sea el primer paso de un cambio más profundo. Lo único claro es que el debate ya está abierto y que, pase lo que pase, ya no se puede fingir que la pregunta no existe.
La unidad no como consigna vacía, sino como necesidad urgente. El liderazgo no como culto a una persona, sino como herramienta para reconstruir la esperanza. Y la política, de nuevo, como un lugar donde merezca la pena implicarse.
El 18 de febrero no se decide todo. Pero puede empezar a decidirse algo. Y esta vez, muchos no quieren quedarse mirando desde la barrera.
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