Enric Juliana ve los planes de Trump y avisa de lo que podría pasar en España si no se toman medidas.
“La fuerza es el tema del 2026”, asegura.

Donald Trump ha vuelto a ocupar el centro del tablero internacional y, con ello, ha reabierto una herida que nunca terminó de cerrarse: la fragilidad del orden político global cuando una superpotencia decide actuar sin complejos.
Sus ansias expansionistas, su desprecio por los equilibrios tradicionales y su forma directa —casi brutal— de ejercer el poder han encendido todas las alarmas, no solo en América Latina, sino también en Europa y, de manera muy concreta, en España.
Lo que hasta hace poco parecía una cuestión lejana, circunscrita a Venezuela o a la política exterior estadounidense, se ha transformado en un debate interno de primer nivel.
Porque cuando Estados Unidos actúa, el resto del mundo no puede limitarse a observar.
Y cuando el presidente norteamericano lo hace de forma unilateral, la pregunta ya no es si afectará a otros países, sino hasta qué punto estos estarán dispuestos a aceptar el nuevo marco de juego.
En este contexto, las palabras de Yolanda Díaz no fueron una simple declaración más. “No somos vasallos de Trump”, dijo la ministra de Trabajo y vicepresidenta segunda del Gobierno en una entrevista en TVE.
Una frase breve, contundente, diseñada para marcar posición y enviar un mensaje claro tanto dentro como fuera de nuestras fronteras.
España, vino a decir, no puede ni debe asumir una relación de subordinación frente a Estados Unidos, por muy poderoso que sea su presidente.
La afirmación fue recibida con aplausos en amplios sectores de la izquierda y del electorado progresista, cansados de la sensación de dependencia y de la política de bloques que reduce la soberanía nacional a una ficción.
Pero también generó una reacción inmediata en el ámbito mediático y analítico, donde muchos se preguntaron si esa declaración tenía detrás algo más que voluntad retórica.
Entre quienes recogieron el guante estuvo Enric Juliana. El periodista de La Vanguardia, una de las voces más influyentes del análisis político en España, se mostró de acuerdo con el fondo del mensaje, pero introdujo un matiz clave que cambia por completo la lectura.
En su cuenta de X, Juliana recordó que esa idea puede contar con una mayoría social, pero que para convertirla en política real hace falta algo más difícil de conseguir: una mayoría parlamentaria capaz de proyectar fuerza.
Ahí está, probablemente, el gran nudo de la cuestión. Porque España puede no sentirse vasalla de Trump, pero su Gobierno depende de un equilibrio parlamentario extremadamente delicado.
Una aritmética compleja, fragmentada, en la que cada decisión relevante requiere negociar con socios que no siempre comparten la misma visión sobre política exterior, relaciones internacionales o incluso sobre el papel de España en el mundo.
Juliana fue más allá y señaló lo que, a su juicio, será la clave política del año en curso y del inmediato futuro: la capacidad de articular una fuerza parlamentaria sólida que se oponga de manera efectiva a las políticas expansionistas de Estados Unidos.
Sin esa fuerza, advirtió, el discurso corre el riesgo de convertirse en un grito de desesperación, más simbólico que operativo.
Y en política, el simbolismo sin poder real suele diluirse con rapidez.
Esta reflexión no llega en un momento cualquiera. Coincide con una etapa de enorme tensión internacional provocada por la operación estadounidense en Venezuela, un movimiento que ha vuelto a poner en cuestión los límites del derecho internacional y el papel de las grandes potencias como garantes —o transgresoras— del orden global.
Trump no ha ocultado nunca su desprecio por los marcos multilaterales cuando estos interfieren en sus objetivos estratégicos, y Venezuela se ha convertido en un nuevo ejemplo de esa lógica.
Para España, el problema no es solo moral o ideológico. Es profundamente político.
¿Debe el Gobierno alinearse de forma automática con Washington? ¿Debe mantener una posición crítica aunque eso implique tensiones diplomáticas? ¿Hasta dónde llega la autonomía real de un país medio dentro de un mundo dominado por gigantes? Estas preguntas ya no se debaten en abstracto; se filtran en cada comparecencia pública, en cada declaración y en cada silencio.
Pedro Sánchez ha intentado mantener un difícil equilibrio. Ha rechazado explícitamente cualquier forma de “vasallaje”, defendiendo una relación transatlántica basada en la cooperación, pero también en el respeto mutuo.
Sin embargo, ese discurso choca una y otra vez con la realidad parlamentaria.
Gobernar en minoría, con apoyos cambiantes y exigencias divergentes, limita la capacidad de España para presentarse como un actor fuerte y coherente en el escenario internacional.
En este punto, la advertencia de Enric Juliana adquiere un peso especial. Porque no se trata solo de Trump ni de Estados Unidos.
Se trata de la debilidad estructural del poder político cuando no va acompañado de una base parlamentaria sólida.
Una debilidad que puede ser percibida desde fuera y explotada por quienes entienden la política internacional como un juego de fuerza.
Juliana no es nuevo en este tipo de diagnósticos. En otras ocasiones ha anticipado movimientos que, con el tiempo, acabaron marcando la agenda política nacional.
Y recientemente volvió a hacerlo al señalar otro elemento que puede convertirse en detonante de un cambio de ciclo: el juicio del caso Kitchen.
Según el periodista, el primer semestre de 2026 podría ser “el de la verdad” para la política española.
El inicio de ese juicio no solo pondrá a prueba a los implicados directos, sino también al sistema judicial y a la percepción ciudadana sobre su imparcialidad.
Será un momento clave para comprobar si la justicia actúa con equidad o si, por el contrario, se refuerza la sensación de que el poder se protege a sí mismo.
Este proceso judicial, unido a la tensión internacional y a la fragilidad parlamentaria, podría crear el caldo de cultivo perfecto para un adelanto electoral.
No como resultado de una decisión estratégica clara, sino como consecuencia de un bloqueo progresivo, de una acumulación de conflictos sin salida clara. Cuando la política deja de ofrecer respuestas, las urnas suelen reaparecer como única vía de escape.
La posibilidad de elecciones en 2026 ya no se comenta en voz baja. Circula en los pasillos del Congreso, en las redacciones y en los despachos de los partidos.
Y aunque nadie lo reconoce abiertamente, muchos actores políticos empiezan a posicionarse pensando en ese escenario.
Porque si algo ha demostrado la historia reciente es que la política exterior, cuando se mezcla con crisis internas, puede acelerar los tiempos de forma imprevisible.
Mientras tanto, el mundo sigue observando a Trump. Sus movimientos no solo afectan a Venezuela o a España, sino al conjunto del sistema internacional.
Cada gesto, cada decisión unilateral, refuerza la sensación de que no estamos ante un nuevo orden mundial, sino ante un desorden profundo, en el que las reglas se aplican de forma selectiva y la fuerza vuelve a imponerse sobre el consenso.
En ese escenario, España se enfrenta a una elección que va más allá de Trump o de un Gobierno concreto.
Se trata de decidir si quiere ser un actor con voz propia, aunque limitada, o resignarse a navegar entre discursos firmes y realidades débiles.
Las palabras de Yolanda Díaz han puesto el foco en esa contradicción. El análisis de Enric Juliana la ha expuesto con crudeza.
Ahora la pelota está en el tejado de la política. Porque la ciudadanía ya ha escuchado el mensaje.
Falta saber si quienes gobiernan serán capaces de convertirlo en algo más que una frase potente para titulares.
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