Marta Peñate, destrozada tras dar negativo en un test de embarazo: “Prefiero esto a sufrir otro aborto”

La canaria ha revelado que continúa su camino para convertirse en madre junto a Tony Spina: “Me queda un embrión”.

Hay un tipo de tristeza que no hace ruido, pero pesa como si lo llenara todo. Marta Peñate lo ha mostrado sin adornos: un test de embarazo en blanco, una ilusión que vuelve a frenarse en seco y esa mezcla imposible de explicar entre alivio y devastación.

 

Alivio porque, como ella misma dice, “prefiero esto a sufrir otro aborto”. Devastación porque, aunque lo racional te repita que “podía pasar”, el cuerpo y la cabeza viven el negativo como una caída de golpe, de esas que te dejan quieta mirando al suelo unos segundos antes de poder moverte.

 

En las últimas horas, la canaria —conocida por su paso por televisión y por su enorme exposición en redes— ha vuelto a poner palabras a un proceso que muchas parejas atraviesan en silencio: el camino para ser madre junto a Tony Spina. Ya no es solo la noticia de un intento. Es la forma en la que lo cuenta.

 

Porque no hay épica, no hay frase bonita para tapar el dolor. Hay un “me he sentido fatal”, un “duele repetir lo vivido” y una verdad que a veces se evita por incómoda: cuando estás en tratamientos de fertilidad, la esperanza no desaparece… se acumula. Y cuanto más se acumula, más duele cuando vuelve a romperse.

 

Marta ha revelado que se ha sometido de nuevo a un tratamiento de fecundación in vitro y que, esta vez, el resultado del test de embarazo ha sido negativo.

 

Lo ha hecho a través de un vídeo en el que se la ve pinchándose la tripa, compartiendo momentos cotidianos con Tony, y finalmente mostrando la prueba. No es un contenido “bonito”. Es un contenido real. Y por eso engancha: porque no busca impresionar, busca desahogarse y, de paso, acompañar.

 

“Ya lo he vivido”, escribió. Esa frase es un cuchillo pequeño. No necesita explicar demasiado para que se entienda que lo vivido antes fue duro. Y lo fue: hace unos meses confirmaron que esperaban su primer hijo, pero terminaron perdiéndolo. Ese antecedente cambia por completo la lectura del negativo de ahora.

 

Para quien no ha pasado por un aborto, un test negativo duele como frustración. Para quien viene de una pérdida, el negativo puede doler de otra forma: como recordatorio de que el camino no solo es largo, sino emocionalmente impredecible. Y aun así Marta lo dice sin dramatismo impostado: “Prefiero esto que sufrir otro aborto, pero duele igual”.

 

En su mensaje, reconoce algo que casi todas las personas que pasan por esto se dicen a sí mismas mientras intentan mantenerse en pie: que sabían que “iba a costar”. Pero saberlo no vacuna.

 

Te puede preparar la agenda, el bolsillo, incluso el discurso para los demás. Lo que no prepara es ese segundo exacto en el que miras el test y entiendes que, otra vez, no. Y ahí aparece lo que ella describe con precisión: “Te llenas de esperanza y de ilusiones y al final te llevas el palo”.

 

Marta también confesó que tenía “mil ganas de contarlo” para sentirse arropada por otras mujeres que están en este camino. Y aquí está una de las claves por las que su publicación está resonando: no habla solo de ella. Habla de una comunidad invisible que vive en salas de espera, en calendarios llenos de fechas médicas, en alarmas para medicación, en conversaciones de pareja a media luz para no romperse delante del otro.

 

Lo nombra con una expresión que muchas reconocerán al instante: “lo que duele un blanco nuclear”. No es una metáfora elegante. Es exacta. El blanco del test como un golpe visual, como un silencio que grita.

 

Desde ahí, Marta hace algo que, sin pretenderlo, tiene muchísimo valor práctico: normaliza el derrumbe. No lo disfraza de “bueno, ya está, seguimos”. Primero acepta que está mal.

 

“No sabéis lo mal que me he sentido estos días”, comparte. Y después, cuando ya lo ha dicho, aparece la otra parte: la decisión de no quedarse ahí. Esa alternancia —hundirse y volver a levantarse— es, para muchas parejas, el patrón real de la fertilidad asistida. No es una línea de progreso. Es una montaña rusa con curvas que no avisan.

 

En ese punto, su mensaje cambia de dirección y se convierte en abrazo. “No estáis solas”, escribe. Puede parecer una frase sencilla, incluso típica. Pero cuando se dice en el contexto correcto, pesa.

 

Porque la infertilidad (o la dificultad para lograr embarazo) suele vivirse con culpa y vergüenza, como si fuera algo que se tiene que esconder para no “dar pena” o para no atraer comentarios torpes. Marta hace lo contrario: lo expone, lo nombra y lo comparte. Y eso, aunque no cure, acompaña.

 

También hay otra realidad que se asoma entre líneas: el desgaste económico. En el texto se menciona que Marta Peñate ha hablado de cifras importantes vinculadas al proceso, llegando a comentar que podría haberse gastado alrededor de 10.000 euros solo en farmacia desde que empezó el tratamiento.

 

Esa cifra, más allá del número exacto, sirve para entender algo que muchas veces se olvida cuando se comenta la fertilidad desde fuera: no es solo un reto físico o emocional. Es logístico. Es económico. Es tiempo y energía. Son decisiones que se toman mientras la vida sigue y mientras, por dentro, hay días en los que todo gira alrededor de una sola pregunta: “¿Funcionará esta vez?”

 

Y aun así, Marta y Tony no han cerrado la puerta. Al contrario. Ella confirma que van a seguir luchando para conseguir ser padres. Es una frase que se repite mucho en estos procesos, pero aquí viene con un detalle concreto que lo vuelve más tangible: “Me queda un embrión”.

 

Ese dato lo cambia todo, porque no es una esperanza abstracta. Es un paso más. Un último cartucho, como diría alguien con humor para no llorar. Un “todavía queda algo” que sostiene el ánimo cuando parece que no hay nada que sostener.

 

Marta también se agarra a los relatos de otras mujeres. Dice que muchas le han contado que lo consiguieron a la quinta, a la sexta. Y se coloca ahí, en ese futuro posible: “Yo sé que seré una de ellas”.

 

Es una afirmación valiente por una razón sencilla: cuando has recibido golpes, afirmar se vuelve difícil. Lo fácil es protegerse con un “ya veremos”. Ella elige creer. No porque sea ingenua, sino porque en estos caminos la fe cotidiana (la de “seguimos”) funciona casi como combustible.

 

Hay una frase final que resume su postura con una contundencia que no suena a frase de póster, sino a decisión personal: “Seguimos luchando, seguimos caminando… me queda un embrión y si no sacamos más y para adelante, nunca para atrás”. No promete finales perfectos. No vende milagros. Dice “para adelante”. Y eso, cuando vienes de un aborto y de un negativo, ya es muchísimo.

 

Detrás de este tipo de testimonios siempre aparece el ruido externo: la gente opinando sin saber, comparando procesos, exigiendo explicaciones, haciendo preguntas que duelen (“¿y para cuándo?”) como si fueran inocentes.

 

Marta, al compartirlo, también se expone a eso. Pero parece haber elegido una prioridad distinta: usar su altavoz para poner luz donde suele haber silencio. Y ese gesto, aunque no sea cómodo, ayuda a que otras personas se permitan sentir lo que sienten sin creerse raras, flojas o exageradas.

 

Lo más duro de todo esto es que no hay una forma “correcta” de vivirlo. Hay quien lo lleva en privado. Hay quien lo cuenta. Hay quien lo cuenta a ratos y se esconde a ratos, porque no siempre se puede sostener la mirada pública.

 

Marta ha ido alternando etapas, y ahora ha explicado que esta búsqueda continuó “en silencio” durante un tiempo. Esa decisión también es muy reveladora: no todo se puede narrar en directo. A veces necesitas vivirlo primero y contarlo después, cuando el cuerpo ya ha respirado un poco.

 

Por eso este negativo no se siente como un simple “no ha salido”. Se siente como un capítulo más de una historia que ella misma ha ido abriendo con honestidad: el deseo de ser madre, la ilusión, la pérdida, el volver a intentarlo, el golpe, y el insistir. Y en medio, una pareja intentando cuidarse mientras el proceso aprieta.

 

Si algo queda claro en sus palabras es que el dolor no cancela el deseo. Y que el deseo no te vuelve inmune al dolor. Son dos cosas que conviven y, a veces, chocan dentro del mismo día. Puedes llorar por la mañana y organizarte para la siguiente cita por la tarde. Puedes sentirte “destrozada” y aun así decir “seguimos”. No es contradicción. Es supervivencia.

 

Marta Peñate ha puesto cara y frase a un momento que muchas viven a puerta cerrada: el instante en el que el test no confirma lo que querías y, aun así, te obligas a seguir siendo tú. A seguir siendo pareja. A seguir trabajando, sonriendo, contestando mensajes. A seguir viviendo mientras esperas algo enorme.

 

Y quizá por eso su publicación ha tocado una fibra tan sensible: porque no pide pena, pide compañía. No busca morbo, busca comprensión. No vende un final, comparte un camino. En un mundo que se ha acostumbrado a consumir historias solo cuando son victoria, ella se ha atrevido a mostrar lo más difícil: el tramo en el que todavía no hay premio, pero ya hay cansancio.

 

Hoy el titular es “test negativo”. Pero lo que realmente queda, lo que se queda rondando después de leerla, es esa frase que duele y al mismo tiempo protege: “Prefiero esto a sufrir otro aborto”. En esa línea está todo. El miedo, la memoria, la madurez, el deseo. Y la fuerza de seguir, incluso cuando el cuerpo te pide parar un rato para llorar.