ERC ve los cambios en el Gobierno como una “nueva puerta” hacia la cesión del IRPF.

 

Los republicanos valoran los relevos en el Ejecutivo como una oportunidad para desbloquear la negociación fiscal.

 

 

 

A veces la política no cambia con una ley, ni con una votación, ni siquiera con una gran rueda de prensa. A veces cambia con algo mucho más silencioso y, por eso mismo, más inquietante: un relevo en un despacho. Un nombre que sale, otro que entra. Y, de pronto, quienes llevan meses atascados en una negociación que parecía muerta empiezan a hablar como si hubieran visto una rendija de luz.

 

Eso es exactamente lo que ha hecho ERC con los últimos movimientos en el Gobierno central: leerlos como una señal. No como una promesa. No como una victoria. Como una oportunidad. Una “nueva puerta”. Y cuando en política alguien habla de “puertas”, casi siempre está diciendo lo mismo sin decirlo: que lo anterior estaba cerrado con llave, que alguien tenía el cerrojo en la mano, y que ahora quizá —solo quizá— se puede empujar.

 

La frase la pronunció Diana Riba, presidenta adjunta de Esquerra Republicana y eurodiputada. Y la soltó con un tono que mezcla realismo con ambición: “Un cambio siempre nos abre nuevas puertas y nuevas oportunidades”. Suena amable, pero en el contexto actual es un mensaje de presión con guante de seda. Porque la puerta de la que habla no es decorativa. Es una de las más sensibles del tablero: la negociación con el PSOE para que la Generalitat gestione el 100% del IRPF.

 

El 100% del IRPF. Dicho así parece una cifra más, una sigla técnica, un asunto de expertos. Pero en realidad es una palabra cargada de dinamita política: soberanía. Soberanía económica. Soberanía financiera. El tipo de soberanía que no se declama con banderas, sino con competencia real, con capacidad de decidir, con control de la caja y de su gestión. La clase de poder que, cuando se consigue, ya no depende tanto del clima emocional del momento.

 

Por eso ERC no está hablando de un ajuste pequeño. Está hablando de un salto de categoría.

 

Y por eso, también, llevaba meses chocando contra una pared.

 

Riba lo dijo sin rodeos: estos relevos llegan “en un momento en el que estaba todo enrocado y no avanzaba”. “Enrocado” es una palabra preciosa para describir el bloqueo político: una posición defensiva, cerrada, donde nadie mueve pieza porque moverla implica perder. Y cuando una negociación se enroca, no se rompe por cansancio; se rompe por un factor externo. Un cambio de incentivos. Un susto. Una urgencia. O un cambio de personas.

 

Aquí entran los nombres que ERC ha colocado en el centro del relato.

 

La salida de María Jesús Montero, el ascenso de Carlos Cuerpo y la entrada de Arcadi España. Tres movimientos que, en la lectura de ERC, podrían marcar un punto de inflexión. No porque el Gobierno cambie mágicamente de idea, sino porque cambia algo más sutil: quién gestiona el “no”, quién administra los tiempos, quién decide cuánto se estira una cuerda sin que se rompa.

 

ERC, en boca de Riba, no oculta que había freno interno. Y apunta en dos direcciones que son políticamente muy útiles para ellos.

 

Primero, al PSC. Lo hace con una crítica que no es una ruptura frontal, pero sí un toque de atención público: falta presión, falta implicación real dentro del PSOE para facilitar acuerdos. Traducido: si el PSC está en el PSOE, que se note. Si quiere ser el puente, que deje de ser pasillo.

 

Segundo, a “responsabilidades individuales” dentro del anterior Ejecutivo. Es una manera elegante de señalar que había nombres concretos que, por convicción o por cálculo, no estaban dejando avanzar el tema.

 

Y entonces aparece Arcadi España como símbolo.

 

Riba no lo presenta como un salvador, sino como un perfil que podría ayudar a “entender y empatizar” en un debate tan delicado como la financiación autonómica. Remarca su origen valenciano como un posible factor favorable. Y ahí mete una frase que suena a advertencia seria, sin drama: “Entender y empatizar siempre es un punto a favor. Pero después son los hechos, no solo los perfiles, los que demuestran si se puede avanzar”.

 

Esa frase es, en esencia, el contrato moral que ERC intenta imponer a la nueva etapa: no nos vendáis simpatía, traednos resultados. No nos vendáis gestos, traednos competencias. No nos vendáis fotos, traednos BOE.

 

Y aquí viene el matiz que hace que todo esto sea tan viral cuando se explica bien: ERC no está pidiendo “algo”. Está diciendo que no bajará el listón. Que, si hay negociación, será para ir hacia delante.

 

Riba lo dejó claro: ERC no rebajará sus aspiraciones. Está abierta a propuestas que “igualen o mejoren” la soberanía económica y financiera de Cataluña. Pero no aceptarán retrocesos. Esto no es una postura romántica; es una estrategia de poder. Porque si entras en una negociación anunciando que puedes bajar el precio, el otro lado ya sabe que puede apretar.

 

Así que ERC intenta fijar un marco: el mínimo es lo que ya hay, y lo que se negocia es mejora. No descenso.

 

Y para hacerlo más interesante aún —más “de realidad política”— Riba sugiere que se pueden explorar fórmulas de diálogo simultáneo: combinar negociaciones presupuestarias con otros acuerdos pendientes. Esta frase, que en apariencia es técnica, en verdad dice algo muy concreto: “si queréis presupuestos, esto entra en el paquete”. Es decir: ERC pone la fiscalidad en el centro de la mesa donde se reparten los grandes intercambios.

 

Porque el IRPF no es solo un impuesto. En España, hablar de quién gestiona qué impuestos es hablar de modelo de Estado. Y el modelo de Estado, a su vez, es el nervio que tensan tanto el independentismo como el Gobierno central, cada uno por motivos distintos.

 

ERC lo vende como soberanía económica; el Gobierno, cuando se mueve, suele venderlo como modernización, encaje, estabilidad o fórmula “singular” dentro del marco. Dos relatos distintos para el mismo objeto.

 

Pero lo que hace que el momento sea especialmente llamativo es la mezcla de sensaciones: bloqueo reciente, cambios en el Gobierno, auge de discursos duros a la derecha, y una izquierda que necesita sumar para no perder pie. En ese caldo, cualquier “puerta” se convierte en noticia.

 

Riba también hizo una referencia al escenario político más amplio: la necesidad de articular respuestas conjuntas frente al auge de la derecha y la extrema derecha. Lo dijo sin convertirlo en un mitin, pero con una idea clara: el tablero europeo y español se está endureciendo. Y cuando el tablero se endurece, los partidos que quieren negociar necesitan hacerlo con más precisión, porque cualquier error se paga doble: con ataques externos y con desgaste interno.

 

Sin embargo, ERC marca un límite estratégico: descarta integrarse en futuras coaliciones amplias. No quiere diluirse. Defiende que mantener sus siglas les permite sumar más eficazmente. Es una manera de decir: “podemos colaborar, pero no nos pidáis que dejemos de ser ERC para parecer otra cosa”.

 

Esa posición tiene una lógica que el público entiende aunque no siga el detalle parlamentario: en tiempos de identidades políticas frágiles, la marca importa. Y ERC quiere que su electorado identifique los avances —si llegan— con su presión, no con una nebulosa de “la izquierda en general”.

 

En medio de todo esto, Riba también rebajó el ruido sobre Gabriel Rufián. Dijo, en esencia, que no hay una crisis interna que merezca protagonismo. Que comparten objetivos y dirección política, y que ERC no contempla su salida. Este punto no es menor, porque cuando un partido está negociando algo tan grande como la gestión del 100% del IRPF, lo último que necesita es que la conversación pública se vaya a un culebrón interno.

 

ERC quiere que el foco esté donde duele y donde suma: en la negociación institucional.

 

Y como toda negociación grande, esta no ocurre en el vacío. Ocurre en un espacio independentista con tensiones reales.

 

Riba reconoció que la relación con Carles Puigdemont y Junts ha evolucionado hacia posiciones divergentes. Comparten el objetivo de la independencia, pero difieren en estrategia. Y aquí ERC lanza un dardo peligroso, de los que hacen que los artículos se compartan: acusa a algunos actores de actuar como “palanca” para la extrema derecha. Señala directamente al PP y marca distancias también con Junts, evidenciando que el espacio independentista no es un bloque compacto, sino un campo con fricciones.

 

Esta parte importa porque explica por qué ERC necesita mostrar resultados: si no puede exhibir avances en soberanía fiscal o competencias, la competencia con Junts se vuelve narrativa, emocional, identitaria… y ahí es más difícil ganar desde la gestión.

 

Así que ERC está jugando una partida de doble tablero. Con Madrid, para arrancar un acuerdo fiscal. Con el independentismo, para demostrar que su vía negociadora no es humo.

 

Y en el fondo, eso es lo que convierte esta noticia en una historia que engancha: no es solo un partido “viendo una puerta”. Es un partido que necesita esa puerta abierta para justificar su estrategia.

 

La clave, por supuesto, está en qué significa exactamente “gestionar el 100% del IRPF” en términos prácticos, y cómo se traduciría en el modelo de financiación autonómica. En el texto que se ha difundido, ERC lo enmarca en soberanía económica y financiera, y deja claro que no aceptará menos. Ese encuadre ya marca un conflicto potencial: porque cualquier fórmula que no sea plena o que venga con condiciones fácilmente se interpretará como “no era esto”.

 

Por eso Riba enfatiza “hechos” y no “perfiles”.

 

Y por eso también insiste en que el PSC debe implicarse más dentro del PSOE: porque si hay un actor que puede hacer de bisagra sin que el Gobierno parezca ceder “ante el independentismo” (en el relato que tanto teme el PSOE), ese actor es el PSC. ERC lo sabe. Y por eso lo presiona en público. No es un capricho; es una táctica.

 

Mientras tanto, Riba también se movió en el terreno internacional, respaldando la postura del Gobierno de Pedro Sánchez respecto a la guerra en Oriente Medio con el mensaje de “No a la guerra”. Y pidió una Unión Europea más fuerte y crítica con actores como Donald Trump, además de instar a Ursula von der Leyen a cambiar el rumbo político comunitario. Pero introdujo un aviso importante: reformar los tratados europeos en un contexto de auge de fuerzas reaccionarias puede ser peligroso.

 

¿Por qué aparece esto en una pieza sobre IRPF y negociación con Madrid?

 

Porque ERC quiere colocarse como actor serio, europeo, institucional. Un partido que puede hablar de fiscalidad y de geopolítica sin perder el hilo. Es parte de la batalla de reputación: no solo “somos independentistas”, sino “somos capaces de negociar Estado y de pensar Europa”.

 

Ahora bien, la pregunta que atraviesa todo —aunque nadie la formule así— es simple: si la negociación estaba enrocada, ¿qué ha cambiado realmente con los relevos?

 

ERC quiere que el público crea que hay una oportunidad. Porque eso genera presión sobre el Gobierno: si hay una “puerta”, cerrarla de golpe tiene coste político. Y también genera presión sobre el PSC: si no empuja, quedará como el freno. Es un movimiento inteligente: convertir un cambio de nombres en un cambio de clima.

 

Pero ERC, para no parecer ingenua, se cura en salud: no bastan perfiles, hacen falta hechos.

 

Y ahí está el punto de valor real para quien lee esto sin fanatismos: la política no se entiende solo por lo que se pide, sino por cómo se pide y cuándo se pide.

 

ERC está diciendo: “Ahora o nunca”. No con esas palabras, pero con ese ritmo. Cambios en el Ejecutivo, negociación bloqueada, necesidad de estabilidad del Gobierno, presión desde la derecha… Todo eso crea una ventana. Y ERC quiere ser quien meta el pie antes de que la puerta vuelva a cerrarse.

 

Si esta historia termina en acuerdo, ERC intentará venderlo como prueba de que negociar sirve. Si termina en decepción, ERC intentará venderlo como prueba de que el PSOE no cumple y el PSC no presiona. En ambos escenarios, ya están construyendo el relato. La diferencia estará en un solo elemento: si hay hechos.

 

Y por eso este momento es tan magnético. Porque no es una noticia cerrada. Es una noticia que está empezando. Una puerta que todavía no sabemos si se abre… o si solo chirría para que todos la oigan.

 

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