Broncano para los pies al equipo de ‘La Revuelta’ por lo que se dijo de Juan del Val y su Premio Planeta.

 

 

David Broncano salió en defensa de Juan del Val ante las bromas de Jorge Ponce durante su sección de ‘La Revuelta’.

 

 

 

 

La escena duró apenas unos segundos en televisión, pero fue suficiente para encender una conversación que llevaba meses latiendo bajo la superficie.

 

Una broma aparentemente inofensiva, una risa generalizada en el plató y, de repente, un gesto serio de David Broncano que rompía el ritmo habitual de La Revuelta. No era un sketch más. No era solo humor.

 

Era algo que tocaba una fibra sensible: el linchamiento cultural, la facilidad con la que se desacredita a un autor y el desprecio automático hacia aquello que no encaja en el canon intelectual más elitista.

 

Era martes, 27 de enero. La sección de Jorge Ponce avanzaba con normalidad, cargada de ironía y vídeos diseñados para provocar carcajadas mientras se lanzaba un mensaje claro: los jóvenes leen cada vez menos, atrapados por el scroll infinito del móvil, por el consumo rápido y por una cultura de la inmediatez que no deja espacio a la concentración.

 

Ponce, con su estilo habitual, proponía una “tabla de equivalencias de intelectualidades”, una forma cómica de traducir hábitos audiovisuales en méritos culturales. Ver una película entera sin mirar el móvil, decía, equivaldría hoy a leerse un libro. La idea funcionaba, el público reía, el plató estaba cómodo.

 

Hasta que llegó la comparación que lo cambió todo.

 

“Depende de la peli”, soltó Ponce. “Si estás viendo la película de Minecraft, eso se convalida por el libro de Juan del Val.

 

No te lo van a convalidar por El ruido y la furia de Faulkner”. La carcajada fue inmediata. Casi automática. Todos rieron. Todos menos uno.

 

David Broncano no.

 

En ese silencio breve, casi imperceptible, se condensó algo más que una defensa improvisada. Broncano, que suele moverse con soltura en el sarcasmo, decidió frenar en seco. “Pobre Juan del Val”, dijo.

 

Y con esas tres palabras, el programa dio un giro inesperado. El presentador explicó que había leído recientemente una entrevista al escritor y que lo había visto afectado, incluso apenado. “Estaba como en plan: ‘La gente se ha metido conmigo. Yo solo he escrito un libro y me han dado un premio’”.

 

La frase, lejos de buscar el aplauso fácil, sonó incómoda. Porque ponía delante del espejo a muchos. A los que se burlan sin haber leído. A los que reducen una obra a un meme. A los que confunden crítica literaria con desprecio personal.

 

Juan del Val lleva meses en el centro de una tormenta que va mucho más allá de su novela. Desde que ganó el Premio Planeta 2025 con Vera, una historia de amor, el autor se ha convertido en blanco de ataques constantes.

 

Algunos cuestionan su calidad literaria. Otros ponen en duda los criterios del jurado. Muchos, directamente, lo desprecian por lo que representa: un perfil mediático, un rostro conocido de la televisión, el marido de Nuria Roca, alguien que —según ciertos sectores— no “encaja” en la idea clásica de escritor premiado.

 

El debate, sin embargo, rara vez se queda en el terreno literario. Se vuelve personal. Cruel. Desproporcionado.

 

Broncano lo verbalizó con una pregunta tan simple como incómoda: “¿Qué va a hacer Juan del Val?”. No pidió que gustara su libro.

 

No exigió que se alabara su estilo. Solo recordó algo básico: él no decidió ganar el premio. No se lo concedió a sí mismo. Lo escribió, lo presentó y un jurado lo eligió. Punto.

 

Jorge Ponce, lejos de enfrentarse, reconoció que había algo injusto en todo aquello. “Es verdad. Es injusto porque solo ha escrito un libro y le han dado un premio”.

 

La broma se diluía. El tono cambiaba. Durante unos segundos, La Revuelta dejó de ser solo entretenimiento para convertirse en un reflejo de un problema más amplio: cómo tratamos el éxito ajeno en un país donde el reconocimiento suele venir acompañado de sospecha.

 

La tregua, eso sí, duró poco. Minutos después, Grison lanzó otro chiste sobre el libro. Y Broncano volvió a intervenir, esta vez con menos rodeos: “Deja a Juan del Val”. No fue una bronca. No hizo falta. Fue un límite claro. Un “hasta aquí”.

 

Ese gesto, aparentemente pequeño, ha resonado con fuerza en redes sociales. Porque no es habitual ver a un presentador frenar a su propio equipo para defender a alguien que ni siquiera está presente en el plató.

 

Y menos aún cuando esa defensa no reporta un beneficio evidente. Broncano no gana nada apoyando a Juan del Val. Al contrario: se expone a críticas, a acusaciones de tibieza o de corporativismo cultural. Y aun así lo hizo.

 

Quizá porque entiende algo que en el ruido constante de la opinión pública se olvida con facilidad: se puede no disfrutar de un libro sin convertir a su autor en un blanco de burla permanente. Se puede cuestionar un premio sin ridiculizar a la persona que lo recibe. Se puede disentir sin humillar.

 

 

El caso de Juan del Val es paradigmático de una dinámica que se repite una y otra vez. Cada vez que un galardón importante recae en alguien con presencia mediática, se activa el mismo mecanismo.

 

Se cuestiona su mérito. Se insinúan intereses ocultos. Se desprecia la obra sin leerla. Y, lo más preocupante, se normaliza el ataque personal.

 

Críticos especializados han sido duros con Vera, una historia de amor. Algunos han señalado debilidades narrativas, otros han cuestionado su profundidad literaria. Esa crítica es legítima.

 

Forma parte del ecosistema cultural. Lo que no es legítimo es convertirla en un linchamiento continuo, en un chiste recurrente que reduce todo el trabajo de un autor a una mofa.

 

Porque detrás del premio hay una persona. Detrás del libro hay horas de escritura, de dudas, de revisión, de exposición. Y detrás del éxito hay también una presión brutal: la de estar siempre justificando por qué uno merece estar donde está.

 

Broncano, sin discursos grandilocuentes, puso el foco ahí. En la humanidad del escritor. En el desgaste emocional que provoca convertirse en el blanco fácil. En la paradoja de tener que “arrepentirse” de ganar un premio por miedo a la reacción pública, como ironizaba el propio Ponce.

 

La conversación que se abrió esa noche va más allá de Juan del Val. Habla de cómo entendemos la cultura. De si seguimos asociando el valor literario a una élite inaccesible. De si creemos que solo ciertos autores “pueden” ser reconocidos. De si confundimos el gusto personal con un criterio universal.

 

También interpela al espectador. Al lector. Al usuario de redes sociales. ¿Cuántas veces compartimos una burla sin pararnos a pensar? ¿Cuántas veces repetimos un chiste porque está de moda, sin saber siquiera de dónde viene? ¿Cuántas veces atacamos al mensajero porque no nos gusta el mensaje?

 

No se trata de convertir a Juan del Val en intocable. Ni de blindarlo frente a la crítica. Se trata de recuperar algo básico: el respeto. El derecho a crear sin ser aplastado por una ola de desprecio automático. El derecho a equivocarse, incluso, sin que eso se convierta en una condena pública perpetua.

 

Quizá por eso el momento de La Revuelta ha conectado tanto. Porque no fue una defensa impostada. Fue una reacción casi visceral. Un “ya está bien” dicho sin guion. Y en un panorama mediático donde todo parece calculado, eso se percibe.

 

El Premio Planeta seguirá siendo discutido. Juan del Val seguirá generando opiniones encontradas. Y está bien que así sea. La cultura vive del debate. Lo que no debería vivir es del ensañamiento.

 

Tal vez la pregunta no sea si el libro merece o no el premio. Tal vez la pregunta sea qué tipo de conversación queremos tener como sociedad.

 

Si una basada en el análisis y la discrepancia o una basada en la burla constante. Si una que invite a leer y a formarse una opinión propia o una que empuje a repetir lo que otros dicen.

 

Broncano, sin pretenderlo, lanzó ese reto. Y ahora la pelota está en el tejado del espectador. Leer o no leer. Criticar o no criticar.

 

Pero hacerlo con algo que, en estos tiempos, parece revolucionario: un mínimo de honestidad intelectual y de humanidad.