Gonzalo Miró se lanza a dejar este dardo a José Mota tras la crítica más reiterada a su especial en RTVE.

 

 

 

José Mota visitaba ‘Directo al grano’ para hablar del éxito de su último especial de Nochevieja y Gonzalo Miró le daba un recado por equiparar a todos los políticos por igual.

 

 

 

 

 

La noche del 31 de diciembre volvió a confirmar algo que en RTVE conocen bien desde hace décadas: cuando José Mota aparece en pantalla, el público responde.

 

Pero lo ocurrido esta Nochevieja con El juego del camelar fue más allá de una buena cifra de audiencia.

 

Fue una demostración de vigencia, de conexión social y de cómo el humor, cuando se ejerce desde la inteligencia y la libertad, sigue siendo uno de los lenguajes más poderosos de la televisión.

 

 

El especial número 25 de José Mota en la Nochevieja de La 1 no solo lideró su franja con autoridad, sino que firmó su mejor resultado de los últimos siete años.

 

Un 34,6% de cuota de pantalla, más de 3,5 millones de espectadores de media y más de seis millones de contactos avalan un éxito que no se explica solo por la tradición.

 

En un contexto audiovisual extremadamente fragmentado, con decenas de alternativas de consumo y con un público cada vez más exigente, esos números reflejan algo más profundo: confianza.

 

 

Ese fue precisamente el eje sobre el que giró su visita este viernes a Directo al grano. José Mota regresó al plató no para celebrar cifras, sino para reflexionar sobre el sentido del humor, su función social y los límites —o la ausencia de ellos— en un momento en el que la comedia parece caminar constantemente sobre un campo minado.

 

 

Marta Flich lo resumía con naturalidad al darle la enhorabuena: “Vaya exitazo”. Pero la pregunta clave vino después: ¿por qué ha funcionado tan bien?

 

La respuesta de Mota fue sencilla, pero cargada de intención. “La comedia tiene ese barniz maravilloso que te permite ver la realidad desde otro punto de vista con una sonrisa, sin crispación”.

 

 

En una sola frase, el humorista manchego resumía lo que muchos espectadores percibieron al ver El juego del camelar: una sátira incisiva, sí, pero sin estridencias ni odio; crítica, pero sin convertir la risa en un arma arrojadiza.

 

 

Ese equilibrio fue uno de los elementos más comentados del especial.

 

Los sketches abordaron temas sensibles, desde la política hasta la inmigración, pasando por las contradicciones sociales que atraviesan el día a día del país.

 

Y lo hicieron sin caer en el panfleto ni en el chiste fácil. De ahí que Gonzalo Miró le lanzara una frase que resonó con fuerza en el plató y en redes sociales: “En dos minutos te has cargado el discurso de la ultraderecha, enhorabuena”.

 

 

La respuesta de José Mota volvió a esquivar la confrontación directa. “Cuando hablamos de inmigrantes te das cuenta de que efectivamente son necesarios. La gente que viene a buscarse la vida y a trabajar son tan españoles como yo”.

 

 

No hubo grandilocuencia ni consignas. Solo una afirmación clara, humana y difícil de rebatir, envuelta en el lenguaje del humor.

 

Esa es, precisamente, una de las claves de su éxito: no subrayar el mensaje, dejar que la risa haga el trabajo.

 

 

 

El debate sobre los límites del humor apareció de forma natural en la conversación. No es casual.

 

 

En los últimos años, la comedia se ha visto cuestionada, vigilada y, en ocasiones, autocensurada por miedo a la polémica o a la cancelación. Marta Flich lo planteó sin rodeos: ¿se puede hacer humor de cualquier tema?

 

 

La respuesta de Mota fue tan directa como coherente con su trayectoria. “Yo no pondría prohibidos al humor.

 

¿Tú pondrías puertas al campo? Es absurdo porque comedia y libertad van de la mano”.

 

Para el cómico, el problema no está en los temas, sino en cómo se abordan y desde dónde se hace.

 

Defendió el libre ejercicio creativo y la libre elección del espectador: hay cosas que a uno le apetece hacer y otras que no, pero siempre desde la libertad.

 

 

 

Esa idea conecta con uno de los rasgos más constantes de su carrera. José Mota ha hecho humor político durante años, pero rara vez ha cruzado al terreno de lo personal.

 

Él mismo lo explicó al final de la entrevista, cuando Marta Flich le preguntó si alguna vez había recibido presiones para “tener cuidado” con algún personaje público. Su respuesta fue reveladora.

 

En RTVE, dijo, siempre ha trabajado en libertad. Y cuando parodia a alguien, pone el foco en su dimensión pública, no en la privada. No por miedo, sino por elección.

 

 

Esa elección, sin embargo, no siempre ha sido comprendida por todos.

 

Tras la emisión de El juego del camelar, una parte de la audiencia criticó que los sketches tendieran a meter a “todos en el mismo saco”.

 

Gonzalo Miró lo señaló en el debate: no todos son iguales, porque si no, no habría solución.

 

Lejos de esquivar la crítica, Mota la asumió como parte del juego democrático. “Eso es un libre ejercicio de pensamiento, yo lo pongo ahí y que cada uno lo coloque donde quiera”.

 

 

Ese comentario resume otra de las grandes virtudes del especial: no imponer una lectura única.

 

El humor plantea preguntas, exagera rasgos, muestra contradicciones y deja espacio al espectador para que saque sus propias conclusiones.

 

En tiempos de mensajes cerrados y discursos prefabricados, esa invitación a pensar resulta casi revolucionaria.

 

El éxito de El juego del camelar también se explica por el contexto en el que se emitió.

 

La Nochevieja es un momento emocionalmente cargado, un espacio de tránsito entre lo que termina y lo que empieza.

 

El público no busca solo reírse, sino hacerlo acompañado, sin tensión añadida.

 

En ese sentido, la propuesta de José Mota encajó como un guante: humor reconocible, personajes familiares y una mirada crítica que no genera rechazo.

 

No es casual que el programa haya logrado su mejor dato desde 2018.

 

En un entorno televisivo marcado por la polarización y la sobreexposición política, Mota ha sabido dosificar ese ingrediente.

 

De hecho, él mismo reconoció estar algo cansado de “darle vueltas al chocolate de la política”.

 

Pensando ya en el especial del año que viene, confesó su necesidad de “descargar por otro sitio”. No es una renuncia, sino una señal de lucidez: incluso la sátira necesita oxígeno para no agotarse.

 

 

Aun así, dejó claro que la comedia mantiene una misión esencial. “La comedia tiene esa misión de poner un poco de ese bálsamo”.

 

Un bálsamo que no anestesia, sino que alivia; que no oculta los problemas, pero los hace más llevaderos.

 

Esa función social del humor es la que explica por qué, año tras año, millones de personas siguen confiando en José Mota para despedir el año.

 

 

 

La pregunta sobre si algún político le había llamado para felicitarle cerró el círculo con ironía. “Es demasiado pronto, hay que esperar que la masa se hornee un poco”, respondió entre risas.

 

Una frase que, más allá del chiste, refleja su manera de entender el impacto del humor: no inmediato, no estridente, sino progresivo. El chiste se posa, fermenta y, con el tiempo, deja huella.

 

 

En definitiva, el éxito de El juego del camelar no es un accidente ni un simple dato de audiencia.

 

Es la consecuencia de una trayectoria coherente, de una manera de hacer comedia que huye del ruido y apuesta por la inteligencia del espectador.

 

En un momento en el que muchos formatos envejecen rápido, José Mota demuestra que la clave no está en reinventarse a golpe de provocación, sino en mantenerse fiel a una idea clara de lo que es el humor.

 

La televisión pública encuentra en figuras como él uno de sus mayores activos.

 

No solo por los números, sino por la capacidad de generar conversación sin dividir, de criticar sin destruir y de hacer reír sin renunciar al fondo.

 

El juego del camelar ha confirmado que ese camino sigue siendo válido. Y que, cuando el humor se ejerce con libertad y respeto por el público, la respuesta llega sola.

 

 

Quizá por eso, más allá de los datos, el verdadero éxito del especial reside en algo menos medible: la sensación compartida de haber cerrado el año con una sonrisa honesta. Y en tiempos como estos, eso ya es mucho.