AYUSO ¡PONE EN PIE A LA FAMILIA DEL SOCIALISTA FERNANDO MÚGICA! POR ESTE BRUTAL DESTROZO A SÁNCHEZ.

 

 

La tarde caía sobre la Puerta del Sol con esa luz dorada que convierte la fachada de la Real Casa de Correos en un escenario solemne. Dentro, el silencio no era un silencio cualquiera. Era un silencio cargado de memoria, de nombres propios, de ausencias que todavía pesan. En primera fila, una familia escuchaba cómo el nombre de Fernando Múgica Herzog volvía a pronunciarse en voz alta, treinta años después de que las balas de ETA intentaran borrar su historia. No lo consiguieron. Y eso, precisamente, fue el eje del acto que convirtió Madrid en epicentro de un debate que va mucho más allá del recuerdo.

 

 

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, tomó la palabra en un homenaje que coincidía con el 30º aniversario del asesinato del dirigente socialista vasco, abatido en 1996 en San Sebastián por la organización terrorista ETA. El motivo oficial era la presentación de un documental dedicado a su figura, impulsado por el Gobierno regional dentro de sus competencias de memoria y apoyo a las víctimas del terrorismo. Pero lo que se vivió allí fue también un discurso político de gran calado, con mensajes directos al presente y advertencias sobre el futuro institucional de España.

 

 

Fernando Múgica no fue una víctima anónima. Abogado, militante del Partido Socialista de Euskadi, defensor firme del Estado de derecho en los años más duros del terrorismo, decidió permanecer en el País Vasco cuando muchos optaban por marcharse. En un contexto en el que significarse públicamente contra ETA suponía vivir bajo amenaza constante, él eligió no esconderse. Un año antes de su asesinato, ETA había puesto en marcha la estrategia conocida como “socialización del sufrimiento”, que pretendía extender el miedo más allá de las fuerzas de seguridad y alcanzar a cargos públicos y representantes políticos constitucionalistas. El asesinato de Gregorio Ordóñez en 1995 marcó un punto de inflexión. El de Múgica, en febrero de 1996, confirmó que la ofensiva iba en serio.

 

 

En su intervención, Ayuso recordó esa etapa como los “años de plomo”, cuando —según subrayó— defender la libertad en el País Vasco implicaba jugarse la vida. Frente a familiares, representantes institucionales, miembros de asociaciones de víctimas y autoridades civiles y judiciales, la presidenta madrileña reivindicó la figura de Múgica como símbolo de coherencia y valentía. Su viuda, Mapi Echevarría, ha repetido en numerosas ocasiones una frase que se ha convertido en resumen de aquella tragedia: “Por no ser nacionalista lo mataron”. Esa idea estuvo muy presente en el acto.

 

 

Pero el homenaje no se limitó al pasado. El discurso evolucionó hacia una reflexión más amplia sobre la memoria, la libertad y la situación política actual. Ayuso defendió que la Comunidad de Madrid mantendrá abiertas sus puertas a las víctimas del terrorismo y que no permitirá —en sus palabras— que el olvido se convierta en herramienta de supervivencia política. Recordó que ETA asesinó a 853 personas, 22 de ellas niños, y que más de 7.500 víctimas siguen reclamando verdad, justicia y reparación.

 

 

La presidenta vinculó la memoria del terrorismo con el debate contemporáneo sobre los pactos parlamentarios y el papel de determinadas formaciones políticas. Sin mencionar cifras nuevas ni hechos judiciales recientes, lanzó críticas al Gobierno central y a los acuerdos alcanzados con fuerzas nacionalistas e independentistas. En su intervención, defendió la vigencia del espíritu de la Transición y alertó de lo que considera intentos de reescribir la historia reciente de España.

 

 

El acto tuvo también una dimensión internacional, con la presencia de la embajadora en funciones de Israel en España y representantes de la comunidad judía. No es un detalle menor: la familia Múgica tiene raíces judías y su historia atraviesa también episodios vinculados a la persecución en Europa durante el siglo XX. Ayuso aprovechó para condenar cualquier forma de antisemitismo y de totalitarismo, enlazando la memoria de ETA con otras amenazas a la libertad en el ámbito global.

 

 

Más allá de las valoraciones políticas, lo cierto es que la figura de Fernando Múgica sigue generando consenso en torno a su defensa del Estado de derecho. Militó en el PSOE en una época en la que ese partido gobernaba España con mayoría y mantenía una posición firme frente al terrorismo. Su asesinato provocó una oleada de condenas y reforzó la unidad de las fuerzas democráticas en el rechazo a ETA. Con el tiempo, el llamado “espíritu de Ermua” se convirtió en referencia de movilización cívica contra la violencia.

 

 

Treinta años después, el recuerdo no es solo un ejercicio simbólico. En España, la política de memoria sobre el terrorismo continúa siendo objeto de debate. Asociaciones de víctimas reclaman que no se blanquee el pasado y que se garantice el relato veraz de lo ocurrido en las aulas y en los espacios públicos. Instituciones como la Comunidad de Madrid han impulsado memoriales, publicaciones y actividades educativas para mantener viva esa memoria. El nuevo memorial en la Carrera de San Jerónimo, mencionado durante el acto, forma parte de esa estrategia.

 

 

El discurso de Ayuso incluyó una defensa explícita de la libertad como valor transversal: libertad para discrepar, para presentarse a elecciones, para ejercer el periodismo o para dar conferencias en la universidad. En su argumentación, estableció un paralelismo entre la amenaza terrorista del pasado y lo que considera riesgos actuales para la calidad democrática. Esa comparación, como es habitual, genera apoyos y críticas en el panorama político nacional.

 

 

Mientras tanto, la familia de Fernando Múgica escuchaba. Para ellos, el debate público tiene una dimensión íntima imposible de separar. No se trata solo de discursos ni de estrategias partidistas. Se trata de un padre, de un esposo, de un abuelo que salió de casa un 6 de febrero de 1996 y no volvió. Se trata de una generación que creció bajo escolta, de nombres escritos en placas y monumentos, de aniversarios que nunca son un trámite.

 

 

El documental presentado en la Real Casa de Correos pretende precisamente poner rostro y contexto a esa historia. Dirigido por Abel García Roure y Luis Vecino, recoge testimonios y reconstruye el clima social y político de la época. La intención declarada es pedagógica: que las nuevas generaciones comprendan qué ocurrió y por qué ocurrió. Que sepan que la violencia no fue un fenómeno abstracto, sino una realidad concreta que marcó vidas.

 

 

En el tramo final de su intervención, Ayuso insistió en que lo que ocurra en el resto de España también concierne a Madrid, en su condición de capital. Es una afirmación política con carga simbólica: la idea de que la defensa de la libertad y del Estado de derecho no admite compartimentos estancos. La memoria de Múgica, en ese sentido, trasciende fronteras autonómicas.

 

 

El homenaje concluyó con aplausos largos, de esos que no son protocolarios sino contenidos durante años. Afuera, la vida seguía en la Puerta del Sol: turistas haciendo fotos, trabajadores saliendo de la oficina, jóvenes conversando en las terrazas. Esa normalidad cotidiana es, en sí misma, una victoria frente a quienes intentaron imponer el miedo.

 

 

La historia de Fernando Múgica recuerda que la democracia española se construyó también sobre el sacrificio de quienes se negaron a ceder ante la violencia. Recordarlo no es un gesto nostálgico, sino una forma de reforzar los cimientos institucionales. En tiempos de polarización y debates intensos, volver a los hechos comprobados y a la memoria documentada resulta esencial.

 

 

Treinta años después, la pregunta que sobrevuela actos como el de Madrid es sencilla y compleja a la vez: ¿hemos aprendido lo suficiente de aquel pasado? La respuesta no depende solo de discursos oficiales ni de confrontaciones políticas. Depende de la capacidad colectiva para preservar la verdad histórica, para escuchar a las víctimas y para mantener el compromiso con las reglas democráticas.

 

 

Fernando Múgica no puede responder. Pero su nombre, pronunciado en voz alta en la Real Casa de Correos, sigue interpelando a una sociedad que no quiere resignarse al olvido. Y en esa interpelación reside, quizá, la razón última de que su historia continúe viva.