ESTE HOMBRE es el que va a acabar con la PSOE de Pedro Sánchez.

 

 

 

 

 

 

En el seno del Partido Socialista Obrero Español se está gestando algo más profundo que un simple relevo de nombres.

 

Lo que durante meses se percibía como un murmullo interno, casi vergonzante, empieza a adquirir forma política y relato propio.

 

La sensación de final de ciclo alrededor de Pedro Sánchez ya no es solo una idea repetida por analistas o adversarios, sino una convicción que empieza a expresarse desde dentro del propio partido, con nombres, argumentos y una hoja de ruta incipiente.

 

En ese contexto emerge la figura de Jordi Sevilla, exministro con José Luis Rodríguez Zapatero y uno de los referentes históricos de la socialdemocracia clásica del PSOE.

 

 

Las últimas derrotas electorales del partido, especialmente en comicios autonómicos y municipales, han actuado como catalizador de un malestar que llevaba tiempo acumulándose.

 

 

La pérdida de poder territorial, la desmovilización de la militancia y la sensación de que el proyecto socialista se ha diluido en una estrategia de supervivencia parlamentaria han alimentado una pregunta incómoda: ¿sigue siendo el PSOE reconocible como partido socialdemócrata o se ha convertido en una maquinaria personalista al servicio de su líder?

 

 

Jordi Sevilla no es un recién llegado ni un francotirador improvisado.

 

Economista del Estado, ministro de Administraciones Públicas entre 2004 y 2007, articulista habitual y figura respetada en círculos institucionales, representa un perfil alejado del ruido, más vinculado al análisis técnico y a la reflexión ideológica que a la confrontación diaria.

 

 

Precisamente por eso, sus palabras han tenido un eco especial cuando, a lo largo de 2025, comenzó a expresar de forma cada vez más clara su distanciamiento con el rumbo del PSOE bajo el liderazgo de Pedro Sánchez.

 

 

En enero de 2025, en una entrevista concedida a La Razón, Sevilla cuestionó abiertamente la política energética del Gobierno, especialmente el cierre programado de las centrales nucleares.

 

No lo hizo desde una posición ideológica extrema, sino apelando al pragmatismo y a la falta de explicaciones convincentes por parte del Ejecutivo.

 

Reconocía que hace veinte años él mismo podía haber defendido otra postura, pero insistía en que el contexto actual exigía mantener las infraestructuras existentes mientras se buscaban soluciones realistas.

 

Aquella intervención fue interpretada como algo más que una discrepancia sectorial: era la señal de que una voz autorizada del socialismo histórico ya no se sentía cómoda con las decisiones estratégicas del Gobierno.

 

 

Meses después, en noviembre, sus declaraciones a Vozpópuli elevaron el tono del debate interno.

 

Sevilla llegó a afirmar que en el PSOE actual no existe democracia interna, calificándola incluso de “nula”.

 

Denunció la desaparición de la vida orgánica del partido, la pérdida de militantes, la falta de debate en los órganos de dirección y la transformación del secretario general en una figura casi cesarista, sin contrapesos reales.

 

Sus palabras, duras pero medidas, tocaron una fibra sensible entre muchos militantes que, aunque no se atrevían a expresarlo públicamente, compartían ese diagnóstico.

 

Más allá de la crítica organizativa, Sevilla apuntó al núcleo ideológico del problema.

 

Según él, el Gobierno de coalición no está aplicando políticas socialdemócratas reales.

 

Citó datos y diagnósticos de Cáritas para subrayar que el ascensor social en España está roto, que las políticas de redistribución no llegan a quienes más las necesitan y que la precariedad laboral sigue afectando a casi la mitad de los trabajadores.

 

En su análisis, el PSOE ha sustituido una agenda de cohesión social por políticas populistas impuestas por sus socios parlamentarios, desde Sumar hasta ERC o Junts, diluyendo así su identidad histórica.

 

Estas críticas no se limitan a una reflexión académica. A principios de diciembre, en una entrevista radiofónica con Carlos Alsina, Jordi Sevilla dio un paso más al afirmar que el PSOE debe empezar a “pasar página” de Pedro Sánchez, del mismo modo que lo hizo en su día de Felipe González y de Zapatero.

 

 

No se trataba de una descalificación personal, sino de una apelación a la renovación política y a la necesidad de recuperar la ilusión de militantes y votantes.

 

Sus palabras confirmaban que la idea de un manifiesto para articular una alternativa interna ya no era una especulación, sino un proyecto en marcha.

 

 

Ese manifiesto, cuya presentación se espera para los primeros meses del próximo año, pretende recoger firmas de distintas generaciones del socialismo español.

 

El objetivo declarado es abrir un debate profundo sobre el rumbo del partido y sentar las bases de una nueva hoja de ruta sin Pedro Sánchez al frente.

 

No se plantea como una ruptura traumática, sino como una transición ordenada hacia un PSOE que vuelva a definirse como socialdemócrata, europeísta y al servicio de los ciudadanos, no de alianzas coyunturales ni de liderazgos personalistas.

 

El término que más ha resonado en este proceso es el de “podemización”. Sevilla lo ha utilizado para describir la deriva ideológica del PSOE bajo Sánchez, especialmente desde la entrada de Podemos en el Gobierno.

 

 

Para algunos, se trata de un eufemismo diplomático; para otros, es la forma elegante de señalar que el actual liderazgo ha sacrificado principios históricos a cambio de estabilidad parlamentaria.

 

En cualquier caso, la expresión ha calado porque conecta con una percepción extendida: que el PSOE ha dejado de marcar la agenda para limitarse a gestionarla en función de sus socios.

 

 

Comparaciones con otros barones críticos, como Emiliano García-Page, son inevitables. Sin embargo, existe una diferencia clave.

 

 

Mientras Page ha mantenido un discurso crítico compatible con una disciplina de voto absoluta, Jordi Sevilla parece dispuesto a ir más allá, a articular un espacio político e intelectual alternativo dentro del partido.

 

No se trata solo de protestar, sino de construir una opción real para el día después de Sánchez.

 

 

El contexto no podría ser más delicado. A un año vista del posible final de la legislatura, con un PSOE debilitado electoralmente y una oposición en ascenso, cualquier movimiento interno adquiere una dimensión estratégica.

 

El manifiesto de Sevilla obligará a muchos dirigentes, cuadros intermedios y referentes mediáticos a posicionarse.

 

Firmarlo puede interpretarse como un desafío al liderazgo actual; no hacerlo, como una complicidad silenciosa con un proyecto que muchos consideran agotado.

 

 

El perfil de Jordi Sevilla refuerza la seriedad del desafío. No es un outsider ni un oportunista.

 

Su trayectoria como economista del Estado, ministro, presidente de Red Eléctrica y asesor institucional le otorga credibilidad en ámbitos donde el PSOE ha perdido autoridad.

 

Representa una socialdemocracia clásica que apuesta por la redistribución, la cohesión territorial, una fiscalidad justa y políticas públicas eficaces, frente a lo que él considera una deriva populista y cortoplacista.

 

 

La pregunta clave no es solo si Jordi Sevilla puede “acabar” políticamente con Pedro Sánchez, sino si el PSOE está preparado para mirarse al espejo y afrontar una renovación real.

 

Las palabras están dichas, los diagnósticos formulados y el terreno, cuidadosamente preparado durante meses.

 

Ahora, la respuesta dependerá de cuántos estén dispuestos a dar el paso y convertir el malestar interno en una alternativa política creíble.

 

 

Lo que resulta evidente es que el debate ya no puede silenciarse. La etapa de Sánchez, según admiten incluso voces internas, se acerca a su final.

 

La forma en que se gestione esa transición marcará no solo el futuro del PSOE, sino también el equilibrio político de España en los próximos años.

 

Y en ese proceso, Jordi Sevilla ha decidido dejar de ser un observador crítico para convertirse en uno de sus protagonistas.