SALTAN CHISPAS EN GÉNOVA “AYUSO CON MILEI DEFIENDE A TRUMP, CONTRADICE A FEIJÓO CON CORINA MACHADO”.

 

 

 

 

 

En política, las imágenes nunca son inocentes. A veces dicen más que un discurso entero y, en otras ocasiones, revelan lo que muchos prefieren no verbalizar.

 

La fotografía de Isabel Díaz Ayuso junto a Javier Milei en la Casa Rosada no es una simple anécdota de agenda ni un encuentro casual entre dirigentes que “se llevan bien”.

 

Es un gesto cargado de simbolismo político, ideológico y estratégico que llega en un momento especialmente delicado, tanto para la política española como para el tablero internacional.

 

La escena se produce mientras el mundo observa con tensión lo que ocurre en Venezuela, tras una intervención que ha sido calificada por numerosos analistas como una vulneración del derecho internacional.

 

En ese contexto, el Partido Popular evita pronunciarse con claridad, guarda silencio o elige palabras cuidadosamente ambiguas.

 

Y, en paralelo, una de sus figuras más mediáticas y con mayor poder interno decide exhibirse públicamente junto a uno de los referentes de la ultraderecha global.

 

Javier Milei no es un dirigente cualquiera. El presidente argentino ha construido su imagen sobre una ideología radical que defiende la privatización extrema del Estado, cuestiona pilares básicos como la sanidad y la educación públicas y se alinea sin complejos con líderes como Donald Trump.

 

No se trata solo de afinidad personal: es una coincidencia profunda de visión del mundo, del papel del Estado y de cómo debe ejercerse el poder.

 

 

Que una presidenta autonómica española mantenga un encuentro “privado” con un jefe de Estado extranjero ya es, de por sí, llamativo.

 

Que además se difunda la imagen con orgullo desde sus propios canales oficiales convierte el gesto en un mensaje político deliberado.

 

Ayuso no viaja como turista anónima, ni como ciudadana particular interesada en la actualidad internacional.

 

Viaja como una dirigente que sabe que cada paso suyo es observado, interpretado y amplificado.

 

 

Este encuentro llega, además, después de unas largas vacaciones navideñas por América Latina que han sido tratadas con una indulgencia mediática que contrasta con el escrutinio constante al que se somete a otros cargos públicos.

 

Uruguay, Punta del Este, celebraciones privadas, fiestas de alto nivel y ahora Argentina. Todo ello mientras en Madrid persisten problemas estructurales que afectan a millones de ciudadanos.

 

 

Las listas de espera sanitarias siguen creciendo, los centros de atención primaria continúan cerrando consultas por las tardes, las universidades públicas denuncian falta de financiación y cientos de investigadores ven cómo se esfuman las becas que les permitirían terminar sus tesis doctorales.

 

Ese es el contexto interno que muchos esperaban ver en la agenda de la presidenta madrileña.

 

Sin embargo, la imagen que se proyecta es otra: la de una líder volcada en la proyección internacional y en su posicionamiento ideológico global.

 

No es casual que este gesto se interprete también como un desafío interno dentro del Partido Popular.

 

Alberto Núñez Feijóo ha mostrado en privado dudas sobre determinadas actuaciones internacionales de Estados Unidos, especialmente en relación con Venezuela.

 

Ayuso, una vez más, marca perfil propio y señala el camino: alineamiento claro con el eje Trump–Milei, sin matices ni complejos.

 

 

Esta dinámica no es nueva. Desde hace años, la presidenta madrileña se ha consolidado como el ala más dura del PP, aquella que no solo convive cómodamente con los postulados de Vox, sino que en muchos casos los integra y los normaliza.

 

No es casual que numerosos analistas recuerden que Vox nace como una escisión del Partido Popular y que Ayuso representa, en buena medida, ese ADN ideológico que nunca desapareció del todo.

 

 

La fotografía con Milei no puede desligarse tampoco de otro elemento que ha generado una fuerte polémica: la presencia constante de su pareja, Alberto González Amador, en estos viajes y celebraciones.

 

González Amador no es un personaje irrelevante. Está investigado por presuntos delitos fiscales y se enfrenta a procesos judiciales pendientes en España.

 

Aun así, aparece en imágenes festivas, viajando sin restricciones y disfrutando de una vida de alto nivel mientras la causa sigue su curso.

 

 

Para muchas personas, esta situación alimenta una sensación cada vez más extendida: la de que la justicia no actúa con la misma contundencia para todos.

 

No hay retirada de pasaporte, no hay medidas cautelares, no hay limitaciones visibles.

 

En otros casos similares, se recuerda, las decisiones judiciales han sido mucho más severas. La comparación resulta inevitable y profundamente incómoda.

 

 

Mientras tanto, el discurso político continúa apelando a la igualdad ante la ley y al respeto a las instituciones.

 

Pero las imágenes pesan, y pesan mucho. Ver a la presidenta de la Comunidad de Madrid celebrando en fiestas privadas, cruzando fronteras y reuniéndose con líderes internacionales controvertidos, mientras su entorno más cercano espera juicio, genera un desgaste que no se borra con comunicados oficiales.

 

 

En el plano internacional, el simbolismo es aún más potente. Milei es uno de los principales aliados de Donald Trump en América Latina.

 

 

Su gobierno ha recibido un respaldo financiero extraordinario por parte de Estados Unidos, en un contexto en el que Washington utiliza herramientas muy concretas para moldear el mapa político del hemisferio occidental: financiación masiva, presión arancelaria y, cuando lo considera necesario, fuerza militar.

 

 

Los propios dirigentes estadounidenses han dejado claro que no descartan ninguna opción para garantizar sus intereses estratégicos.

 

Venezuela es el ejemplo más reciente, pero no el único. En este escenario, alinearse con Milei implica, de forma indirecta, asumir esa lógica de poder y ese modelo de relaciones internacionales basado en la imposición y no en el consenso.

 

 

Por eso, muchos se preguntan por qué, al mismo tiempo que se difunde la imagen del encuentro con Milei, no se escucha una condena clara y rotunda a lo ocurrido en Venezuela.

 

No se trata de un gesto incompatible. Se podría haber hecho ambas cosas. Pero no se ha hecho. Y en política, lo que no se dice también comunica.

 

 

La lectura que hacen numerosos analistas es clara: Ayuso no solo busca reforzar su perfil ideológico, sino enviar un mensaje interno y externo. Interno, al marcar territorio dentro del PP y condicionar su línea futura.

 

Externo, al presentarse como parte activa de una red internacional de dirigentes conservadores radicalizados que comparten agenda, discurso y enemigos comunes.

 

Esta estrategia tiene costes. En Madrid, crece el malestar entre sectores que sienten que su presidenta gobierna más pendiente de los focos que de los problemas cotidianos.

 

En España, se alimenta la polarización y se normaliza una agenda política cada vez más extrema.

 

Y a nivel internacional, se diluye la credibilidad de los discursos que apelan al respeto al derecho internacional y a los derechos humanos.

 

 

No se trata de negar el derecho de ningún cargo público a viajar o a mantener relaciones internacionales.

 

Se trata de entender el peso institucional del cargo y la responsabilidad que conlleva cada gesto.

 

Una presidenta autonómica no representa solo a su partido, ni siquiera solo a sus votantes. Representa a millones de ciudadanos con sensibilidades, problemas y prioridades muy diversas.

 

 

Cuando esa representación se pone al servicio de una agenda personal o ideológica tan marcada, el debate deja de ser anecdótico y se convierte en una cuestión de fondo.

 

¿Qué modelo de liderazgo se está construyendo? ¿Qué papel quiere jugar España —y sus comunidades autónomas— en un mundo cada vez más inestable?

 

 

La imagen de Ayuso con Milei no es una foto más en el álbum político. Es un síntoma.

 

Un síntoma de hacia dónde se mueve una parte importante de la derecha española, de qué alianzas considera legítimas y de qué silencios está dispuesta a asumir. Ignorar su significado sería un error.

 

 

Porque, al final, la política no se mide solo por lo que se promete, sino por con quién se camina y en qué momentos se decide dar un paso al frente. Y esta vez, el paso ha sido claro, visible y profundamente revelador.