“¿Cómo querrán verme los españoles?”: el mensaje encriptado que la reina Sofía envió hace 50 años.

 

 

 

 

El 22 de noviembre de 1975 la monarquía regresaba a España y lo hacía a través de la figura de los reyes Juan Carlos y Sofía.

 

 

 

 

 

 

Por fuera, de negro como mandaba el protocolo. Por dentro, de un saturadísimo rosa que dejaba claro que las cosas estaban a punto de cambiar.

 

 

Cuando doña Sofía se presentó ante el cuerpo sin vida de Francisco Franco se mostró regia, solemne y apagada.

 

 

De un luto obligado que sí o sí tenía que respetar. Pero, cuando la princesa griega llegó al Congreso de los Diputados y se quitó el abrigo, España entera exclamó “¡oooh!”.

 

 

 

 

 

Cuando Sofía fue a la capilla ardiente de Franco, iba de negro. A continuación, mostró otro estilismo mucho más alegre.

 

 

 

Aquel 22 de noviembre del año 1975, el país despedía a un dictador y daba la bienvenida a nuevos aires de cambio.

 

 

Y eso mismo fue lo que Sofía quiso transmitir con su vestuario. Un estilismo que fue realizado en solo una noche.

 

 

Un look hecho en menos de 24 horas.

 

 

“¿Cómo querrán verme los españoles?”, les preguntó la todavía princesa a María Antonia y Pilar, sus diseñadoras de confianza.

 

 

 

Guapa, señora. Querrán verla guapa”, recogió Pilar Eyre en ‘La soledad de la reina’. Y dicho y hecho. Las hermanas Molinero pusieron al servicio de la futura reina todo su talento y no miraron el reloj.

 

 

Las sastras cambiaron su taller habitual, localizado en el Paseo de la Castellana, por Zarzuela y el 21 de noviembre se cosió a destajo. La futura reina y su hermana incluidas.

 

 

 

 

 

El look para la proclamación lo firmaron las hermanas Molinero y era inspiración de un diseño de Valentino.

 

 

 

“Me cosieron el abrigo aquí mismo en Zarzuela las hermanas Molinero y tanto mi hermana Irene como mi cuñada Ana María, esposa de Constantino, y por supuesto yo misma, les ayudamos a quitar hilvanes y sobrehilar“, le contó la propia Sofía a su biógrafa, Pilar Urbano. Solo de esta manera pudieron acabar la pieza a tiempo.

 

 

 

 

 

Hasta la reina, su hermana y su cuñada cosieron para que la pieza estuviera lista para el gran día.

 

 

 

 

Pero el objetivo de aquel look iba más allá de, simplemente, verse guapa.

 

 

 

Aquel abrigo rosa capote debía enviar un mensaje en clave. Un sentimiento encriptado en tela y botones, que fuera capaz de burlar la censura todavía presente. Y lo consiguió.

 

 

El mensaje oculto tras el rosa.

 

 

Cuando los españoles la vieron aparecer de rosa, entendieron que el país estaba a punto de recibir aires de cambio y de esperanza.

 

 

De juventud y de frescura. No hizo falta que pronunciara discurso alguno con su característico acento griego. Su look habló por ella.

 

 

La tonalidad de la famosa pieza, inspirada en un patrón original de Valentino, no fue escogida desintencionadamente.

 

 

Ese rosa en concreto remitía a la vez a la tradición torera, porque recordaba a los capotes, y a la modernidad futura.

 

 

Aquello fue un golpe de efecto que, por supuesto, hubo a quien le sentó mal.

 

 

 

 

El rosa de la pieza recordaba al color de los capotes de los toreros.

 

 

 

Cuando la reina se detuvo ante los leones del Congreso, no faltaron las voces disonantes que le reprocharon haber escogido “un color tan alegre” cuando el país todavía estaba de luto.

 

 

Tras la muerte del general, en España se decretaron 5 días de luto oficial que Sofía se saltó al segundo.

 

 

Un pequeño alivio de tanto negro, pero que hubo quien lo tachó de actitud descarada.

 

 

Y más cuando Carmen Polo, la viuda, vestida de terciopelo oscuro, estaba presente desde una de las balconadas del hemiciclo.

 

 

 

Por primera vez en su vida, Sofía no dijo aquello de “¡aguantoformo!”.

 

 

Ese 22 de noviembre de hace 50 años ella no quería hacer lo que algunos esperaban de ella.

 

 

La griega prefería enviar un mensaje codificado a la otra sección que aguardaba con ilusión el cambio en la jefatura de Estado.

 

 

Ellos, tan jóvenes y reflejo de la familia moderna, eran la esperanza aperturista para una nación que llevaba cuatro décadas tratando de deshacerse de otra clase de luto.

 

 

 

 

El rosa atrevido de Sofía contrastaba con la austeridad del negro que imperaba en el Congreso.

 

 

Esa mañana de noviembre, solo faltaron los oles y los pañuelos blancos al aire a su llegada a la carrera de San Jerónimo.

 

 

La esposa de Juan Carlos, sonriente, se convertía en la primera reina de la democracia y también en la primera consorte de los últimos 40 años, desde la partida de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, sus predecesores en el cargo.

 

 

Los reyes saludaron exultantes. Ella agitó sus mangas acampanadas repletas de detalles artesanales que habían sido cosidos tan solo unas horas antes, y, dentro del Congreso, se colocó la banda de la Orden de Isabel La Católica.

 

 

En el hemiciclo, entre hombres vestidos de negro, ella destacaba. Juan Carlos I ofreció su primer discurso de servicio a todos los españoles, que fue recibido a gritos de “viva el rey”.

 

 

Sofía, callada, ya había dicho todo lo que tenía que decir y sin tan siquiera abrir la boca. Cuando la vimos aparecer ya sabíamos que al fin había empezado el cambio.