Los 8 Traidores que España NUNCA Perdonará.

Hay palabras que atraviesan la historia con una fuerza incómoda, casi dolorosa. “Traición” es una de ellas.
No pertenece a una época concreta ni a un solo conflicto: reaparece una y otra vez, adaptándose a cada siglo, cambiando de rostro, pero conservando siempre el mismo veneno.
La historia de España, tan rica en gestas, conquistas y resistencias, también está marcada por episodios donde el enemigo más decisivo no vino de fuera, sino que nació en el interior, entre quienes juraron lealtad y acabaron rompiéndola.
Desde la Antigüedad hasta el siglo XX, la traición ha dejado cicatrices profundas.
No son solo hechos aislados, sino decisiones individuales que desencadenaron consecuencias colectivas.
Mirar estos episodios de frente no es un ejercicio de autoflagelación, sino una forma honesta de comprender cómo se construye —y también cómo se destruye— un país.
El primer gran símbolo de esta historia amarga surge en el siglo II antes de Cristo, cuando Roma intentaba someter definitivamente a los pueblos de Hispania.
En Lusitania apareció una figura inesperada: Viriato. Pastor en su juventud, endurecido por una vida de pobreza y violencia, se convirtió en caudillo de un pueblo que se negaba a desaparecer.
Durante ocho años, sus guerrillas pusieron contra las cuerdas a la República romana. Derrotó a generales, desmanteló legiones y demostró que el imperio más poderoso del mundo podía sangrar.
Roma no logró vencerlo con espadas ni ejércitos. Lo hizo con oro. Audax, Ditalcón y Minuro, hombres de su guardia personal, aceptaron sobornos para asesinarlo mientras dormía.
No hubo combate ni honor, solo una daga clavada en la noche. Cuando acudieron al campamento romano esperando su recompensa, recibieron desprecio.
“Roma no paga a traidores”, les dijeron. Y así quedaron sus nombres, no como vencedores, sino como sinónimo eterno de deshonra.
Con la muerte de Viriato, la resistencia se desmoronó y Hispania quedó definitivamente abierta al dominio romano.
Siglos después, la historia volvió a repetirse en un contexto distinto, pero con una lógica parecida.
El reino visigodo, heredero del orden romano, se encontraba debilitado por luchas internas y ambiciones personales.
En ese escenario aparece la figura del conde don Julián, gobernador de Ceuta, cuyo nombre quedó grabado en las crónicas como uno de los grandes traidores de la historia peninsular.
La tradición cuenta que su hija, Florinda, fue deshonrada por el rey Rodrigo.
La respuesta de Julián no fue exigir justicia dentro del reino, sino buscar venganza aliándose con los enemigos.
En el año 711, don Julián facilitó el paso de las tropas musulmanas desde el norte de África.
Tariq ibn Ziyad cruzó el Estrecho y derrotó al ejército visigodo en Guadalete.
La derrota fue rápida y decisiva. Lo que comenzó como un conflicto personal terminó provocando la caída de un reino y la entrada de la Península en una nueva era.
Ocho siglos de presencia islámica no pueden explicarse solo por una traición, pero aquel gesto abrió una puerta que ya no se cerró.
El nombre de don Julián quedó como advertencia: la traición individual puede tener consecuencias históricas irreversibles.
A esta caída se sumó la deslealtad de parte de la nobleza visigoda, en especial la familia de Witiza.
En Guadalete, muchos abandonaron al rey en pleno combate, convencidos de que el reino ya estaba perdido o de que el nuevo poder les ofrecería mejores oportunidades.
No lucharon por fe ni por patria, sino por rencor y ambición. La historia los recuerda no como pragmáticos, sino como aceleradores de una catástrofe.
Durante la Edad Media, la traición se volvió más compleja. Ya no siempre implicaba un asesinato directo, sino intrigas palaciegas, pactos secretos y juegos de poder.
En el siglo XV, Juan Pacheco, marqués de Villena, se convirtió en uno de los grandes manipuladores de la política castellana.
Bajo el reinado de Enrique IV, utilizó la debilidad del monarca para gobernar desde la sombra.
Cambió de alianzas, conspiró contra su propio rey y participó en la famosa Farsa de Ávila, donde se escenificó la deposición simbólica del monarca.
Pacheco no se veía a sí mismo como un traidor, sino como un hombre inteligente en un mundo corrupto.
Sin embargo, sus maniobras contribuyeron a convertir el poder en una mercancía.
El trono dejó de ser un símbolo de estabilidad y pasó a ser una pieza más en el mercado de ambiciones nobiliarias.
Aunque murió convencido de haber ganado, su legado fue un reino desgarrado por guerras civiles y desconfianza.
Con el nacimiento del Imperio español, la traición adquirió una dimensión internacional.
En el siglo XVI, Bartolomé de las Casas escribió textos que marcarían durante siglos la imagen de España en Europa.
Su “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” denunciaba abusos reales cometidos durante la conquista de América, pero lo hacía con un lenguaje extremo y cifras imposibles de sostener. Él mismo reconoció que buscaba conmover, no precisar.
Sus escritos fueron rápidamente utilizados por las potencias rivales como propaganda.
Inglaterra, Francia y los Países Bajos los convirtieron en prueba de la supuesta barbarie española.
Así nació la Leyenda Negra, una narrativa que reducía una realidad compleja a una caricatura cruel.
Muchos historiadores modernos han demostrado que la mayoría de las muertes indígenas se debieron a enfermedades y no a exterminios sistemáticos, pero el daño ya estaba hecho.
Las palabras de Las Casas escaparon a su control y se volvieron un arma contra su propio país.
Más directa y personal fue la traición de Antonio Pérez, secretario de Estado de Felipe II. Inteligente, ambicioso y con acceso a los secretos más delicados del imperio, acabó utilizando esa información para conspirar.
Tras verse implicado en el asesinato de Juan de Escobedo y caer en desgracia, huyó de España.
En Francia e Inglaterra vendió información estratégica y publicó panfletos que retrataban a Felipe II como un tirano fanático.
Sus escritos alimentaron durante generaciones una imagen distorsionada del imperio español.
En el extranjero fue celebrado como víctima del absolutismo, pero en realidad actuó movido por el resentimiento y la supervivencia.
Murió solo, lejos de su patria, sin el honor que tanto había ambicionado.
El siglo XVII volvió a ofrecer un ejemplo claro de cómo la traición política puede disfrazarse de liberación.
Durante la revuelta catalana del Corpus de Sangre, Pau Claris, presidente de la Generalitat, decidió buscar el apoyo de Francia frente a la monarquía hispánica.
En 1641 proclamó al rey francés como conde de Barcelona, entregando el territorio a una potencia extranjera.
La ocupación francesa no trajo la libertad prometida. Llegaron los saqueos, los abusos y una presión fiscal aún mayor.
Años después, el Tratado de los Pirineos selló la pérdida definitiva del Rosellón y parte de la Cerdaña.
Aquellas tierras fueron el precio de una decisión presentada como salvadora, pero vivida por muchos como una traición histórica.
Incluso en el siglo XX, cuando España ya era un Estado moderno, la traición siguió apareciendo.
En 1921, durante la guerra del Rif, el desastre de Annual expuso la incompetencia y corrupción del alto mando militar.
En uno de los episodios más oscuros, un coronel pactó en secreto con las fuerzas rifeñas y ordenó a sus hombres rendirse.
Más de mil soldados españoles fueron masacrados tras entregar las armas confiando en la palabra de su superior.
El oficial salvó su vida, fue juzgado y absuelto, y años después incluso recibió honores. Para muchos, aquel episodio no fue una rendición inevitable, sino una venta de vidas humanas.
La traición, a lo largo de la historia de España, ha tenido muchas formas: la daga, la pluma, la firma, el silencio, el miedo.
Siempre ha estado acompañada de justificaciones: venganza, supervivencia, pragmatismo, justicia.
Pero el resultado suele ser el mismo: un daño colectivo que supera con creces cualquier beneficio individual.
Comprender estos episodios no implica negar la grandeza histórica de España ni idealizar a sus enemigos.
Significa aceptar que ninguna nación se construye solo con héroes. También se forja entre errores, cobardías y decisiones que pesan durante siglos.
Mirar la traición de frente es una forma de madurez histórica. Porque solo entendiendo las sombras se puede valorar de verdad la luz.
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