Javier Aroca y Jesús Cintora alzan la voz contra el “todo vale” del PP tras la tragedia ferroviaria: “Es una auténtica barbaridad”.
‘Malas Lenguas’ analizaba la ofensiva del PP contra el Gobierno tras la tragedia ferroviaria de Adamuz.

Jesús Cintora en ‘Malas Lenguas’.
Hay frases que, cuando se pronuncian, no se las lleva el viento. Se quedan flotando en el ambiente, se incrustan en la conversación pública y generan algo mucho más profundo que un simple titular: miedo.
Y cuando ese miedo se lanza en un país aún conmocionado por una tragedia reciente, el efecto se multiplica.
Eso es lo que ha ocurrido en las últimas horas tras las palabras del secretario general del Partido Popular, Miguel Tellado, cuestionando abiertamente la seguridad de los trenes en España después del accidente ferroviario de Adamuz, en Córdoba.
El país todavía no ha terminado de asimilar lo ocurrido. Las investigaciones siguen abiertas, los técnicos trabajan para esclarecer las causas y las familias de las víctimas atraviesan los días más difíciles.
En ese contexto, Génova ha decidido redoblar su ofensiva política contra el Gobierno. No con matices ni con prudencia, sino con un discurso que muchos consideran directamente alarmista.
Un discurso que no solo apunta a responsabilidades políticas antes de tiempo, sino que siembra dudas sobre algo tan sensible como la seguridad de millones de personas que cada día se suben a un tren.
“Hoy sabemos que Óscar Puente mentía. El Gobierno de Pedro Sánchez ha engañado. No está garantizado que los pasajeros lleguen a su destino con vida”.
Las palabras de Miguel Tellado, reproducidas en Televisión Española, cayeron como una bomba.
No por la crítica política en sí, habitual en cualquier democracia, sino por el mensaje implícito: viajar en tren en España no es seguro.
Ese mensaje no tardó en provocar una reacción airada y, sobre todo, preocupada. Desde el programa Malas Lenguas, en TVE, Javier Aroca y Jesús Cintora alzaron la voz ante lo que consideran un ejemplo claro de “todo vale” político.
No se trataba solo de una discrepancia ideológica, sino de una línea que, a su juicio, no debería cruzarse jamás.
Jesús Cintora no ocultó su indignación. “No está garantizado ir en tren y llegar vivo. Esto es una auténtica barbaridad”, decía en directo, con un tono que reflejaba estupefacción y enfado a partes iguales.
“Esto es catastrofismo puro, meter miedo al personal. Y se queda tan ancho”. Su pregunta, lanzada al plató y a la audiencia, resonó con fuerza: “¿Ante qué estamos aquí?”.
La respuesta de Javier Aroca fue todavía más profunda. Para él, lo ocurrido no es un hecho aislado ni fruto de un calentón puntual. Forma parte de una estrategia más amplia que lleva tiempo gestándose.
“Esto no solo pasa ahora con la crisis ferroviaria. Lo hemos visto antes, con otras crisis, con cualquier excusa. Estamos ante un ejercicio ya desvergonzado de trumpismo”, afirmaba sin rodeos.
Aroca describía un patrón reconocible: sembrar el caos, generar desconfianza en las instituciones, erosionar la credibilidad de los poderes públicos y alimentar un clima de inseguridad permanente.
Todo ello, según su análisis, no es casual. “Parece que el caos abona la insurrección civil, el descontento con los gobiernos”, explicaba, apuntando a una deriva peligrosa para la convivencia democrática.
Pero su reflexión no se quedó ahí. El colaborador fue más allá y señaló lo que considera una grave torpeza estratégica por parte del Partido Popular.
“No se dan cuenta de que sembrar desconfianza no solo en los políticos, sino en las instituciones, es el caldo de cultivo perfecto para la extrema derecha y las soluciones totalitarias”, advertía. Una advertencia que no suena teórica, sino basada en experiencias recientes tanto en España como en otros países.
Según Aroca, esta deriva ya tiene consecuencias electorales y políticas. “Lo están pagando. Lo pagaron en Extremadura y seguramente lo pagarán pronto en otros sitios”, aseguraba.
Para él, el problema es mucho más profundo que una declaración desafortunada: estamos asistiendo, decía, a una descomposición de la derecha española tradicional.
Una derecha que históricamente se había definido como constitucional, moderada y democrática, y que ahora, según su análisis, se mimetiza cada vez más con los discursos de la extrema derecha.
“Discursos exagerados, apocalípticos, que no buscan soluciones ni verdad, sino agitar, alterar la convivencia y movilizar a los propios”, resumía.
En este punto, el debate deja de ser estrictamente político para convertirse en social. Porque cuando un dirigente afirma que no está garantizado llegar vivo en un tren, el impacto no se limita a la confrontación parlamentaria.
Llega a los hogares, a las estaciones, a los trabajadores que cada mañana se desplazan para ir a su empleo, a las familias que viajan con niños, a los mayores que confían en el transporte público.
Ese es el núcleo del problema que señalaban tanto Cintora como Aroca: el miedo como herramienta política.
Un miedo que no se apoya en informes técnicos, ni en datos concluyentes, ni en evidencias contrastadas, sino en afirmaciones rotundas lanzadas en el momento de mayor sensibilidad social.
Aroca también quiso detenerse en otro fenómeno preocupante que ha acompañado al accidente de Adamuz: la proliferación de bulos y desinformaciones.
“Estamos en un momento en el que esparcir bulos renta políticamente y parece que también mediáticamente”, lamentaba. Y lo hacía con ejemplos muy concretos que muchos espectadores reconocieron de inmediato.
Personas que en su día negaron la gravedad del Covid o llegaron a afirmar que se curaba con lejía, opinando ahora como supuestos expertos en infraestructuras ferroviarias.
O los mismos que alimentaron teorías conspirativas sobre el 11M, presentándose hoy como autoridades morales y técnicas.
Todo ello, según Aroca, provoca estupor en una parte importante de la ciudadanía que observa cómo la opinión pública se degrada a marchas forzadas.
Su conclusión fue clara y contundente: lo primero es dejar trabajar a los expertos. Ingenieros, técnicos, investigadores independientes.
Que expliquen qué ha pasado, por qué ha pasado y si hubo fallos evitables. Solo después, con información contrastada y rigor, se podrán depurar responsabilidades políticas y exigir dimisiones si corresponde.
Lo que está ocurriendo ahora, insistía, es justo lo contrario. Opiniones sin base científica, sentencias políticas anticipadas y un ruido constante que no ayuda ni a las víctimas ni a la verdad. “Es fruto de una política y una opinión pública muy deterioradas”, sentenciaba.
Mientras tanto, Génova sigue apretando el acelerador. Cada declaración sube un poco más el tono. Cada intervención parece buscar un impacto mayor que la anterior. Y en ese camino, muchos se preguntan dónde está el límite.
Porque cuestionar al Gobierno es legítimo. Fiscalizar su gestión es necesario. Exigir responsabilidades forma parte de la democracia.
Pero sembrar dudas sobre la seguridad de un sistema de transporte utilizado por millones de personas sin pruebas concluyentes es otra cosa. Es jugar con el miedo colectivo.
El accidente de Adamuz merece respeto, rigor y tiempo. Merece silencio cuando no hay certezas y firmeza cuando las haya.
Convertirlo en un arma política inmediata puede dar rédito a corto plazo, pero deja un daño profundo en la confianza social.
La reflexión que queda flotando, tras escuchar a periodistas y analistas, es incómoda pero necesaria: ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por un titular más, por un tuit viral, por un golpe de efecto? ¿Hasta dónde vale todo?
En momentos de dolor, la política muestra su verdadero rostro. Y la ciudadanía, cada vez más atenta y crítica, toma nota.
Porque el miedo puede movilizar durante un tiempo, pero la memoria colectiva es larga. Y cuando se juega con ella, las consecuencias suelen llegar.
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