El día que el mar quiso borrar Cádiz (Tsunami 1755).

Hoy, más de dos siglos después, Cádiz sigue recordando aquel Día de Todos los Santos de 1755 como una herida abierta en su memoria colectiva.
No fue solo un terremoto. No fue solo un maremoto. Fue una experiencia límite que puso a prueba la resistencia de una ciudad entera y marcó un antes y un después en la forma en que España entendió los desastres naturales.
La mañana del 1 de noviembre de 1755 amaneció tranquila en Cádiz. Era un día festivo, de recogimiento religioso.
Las campanas de las iglesias llamaban a misa mientras los vecinos caminaban por las calles empedradas sin sospechar que estaban a punto de protagonizar uno de los episodios más oscuros de la historia moderna española.
Nadie imaginaba que el infierno no caería del cielo, sino que surgiría desde debajo de sus propios pies.
A las 9:35 de la mañana, la tierra rugió. No fue un temblor aislado ni breve.
Fue un estremecimiento profundo, prolongado, que tuvo su origen en el fondo del océano Atlántico, frente a las costas de Portugal, en la zona del cabo de San Vicente.
Hoy los sismólogos sitúan aquel terremoto entre una magnitud estimada de 8,5 y 9 en la escala de Richter, uno de los más potentes jamás registrados en Europa.
El seísmo se sintió en buena parte de la Península Ibérica y el norte de África.
Sevilla, Granada, Lisboa y, por supuesto, Cádiz percibieron con claridad las sacudidas.
Las crónicas de la época hablan de al menos tres grandes movimientos en apenas media hora.
Las paredes crujieron, los retablos se desplomaron, las imágenes religiosas temblaron sobre sus pedestales.
Dentro de las iglesias, los fieles huyeron despavoridos, gritando oraciones y el nombre de Dios.
Sin embargo, Cádiz resistió mejor que otras ciudades. Sus murallas, construidas para defenderse de ataques enemigos y temporales marinos, aguantaron el primer embate.
No hubo grandes derrumbes inmediatos, solo grietas, polvo y un miedo profundo, todavía sin forma. Muchos pensaron que lo peor ya había pasado. Se equivocaban.
Tras el último temblor, el aire quedó extraño, pesado. Algunos testigos afirmaron que olía a azufre; otros, que el mar parecía emitir un murmullo inquietante.
Entonces ocurrió algo que heló la sangre de quienes lo presenciaron: el mar comenzó a retirarse.
Las aguas de la bahía se alejaron mar adentro de forma antinatural, dejando al descubierto el fondo marino.
Barcos mercantes y pesqueros quedaron encallados sobre la arena. Peces vivos aleteaban en el lodo.
Aparecieron anclas antiguas, cañones oxidados y restos de galeones hundidos desde hacía siglos.
Para muchos, aquello parecía un milagro o una curiosidad extraordinaria.
Algunos vecinos se acercaron para observar el fenómeno; los niños corrían sobre el fango y los pescadores se aproximaban a sus embarcaciones varadas.
Pero no todos interpretaron aquella retirada del mar como una buena señal. Desde las almenas del castillo de Santa Catalina, un artillero veterano comprendió lo que estaba a punto de suceder.
Gritó una advertencia desesperada: una ola gigante se acercaba y había que buscar refugio en las zonas más altas de inmediato.
Tenía razón. La retirada del mar fue solo el preludio. El océano estaba tomando impulso.
Poco después de las diez de la mañana, una muralla líquida se alzó en el horizonte.
No era una ola común. Los testimonios hablan de una masa de agua descomunal, cuya altura exacta nadie pudo medir con precisión.
Algunas fuentes hablan de diez metros, otras de quince. Lo cierto es que superaba la altura de torres y murallas y avanzaba con una fuerza desconocida hasta entonces.
Cádiz no tuvo tiempo para reaccionar. La ciudad apenas empezaba a comprender lo que estaba ocurriendo cuando el agua irrumpió sin pedir permiso.
La zona de La Caleta desapareció bajo el mar. Los astilleros fueron arrasados.
El muelle se desintegró como si fuera de papel. Barcos enteros fueron lanzados contra las casas, atravesando fachadas y calles como proyectiles.
El agua entró por la Puerta de Tierra, inundó el barrio de La Viña, recorrió la calle de la Palma.
Se llevó personas, carruajes, cofres, animales, campanas, armas.
El mar no distinguió entre ricos y pobres, entre santos y criminales.
Arrancó más de seiscientos metros de muralla en la zona de San Carlos, según los partes oficiales de la época. Algunas torres cayeron como si estuvieran hechas de cartón.
Los informes históricos recogen escenas estremecedoras: barcazas estrelladas contra los torreones del castillo de Santa Catalina, cadáveres colgando de los cañones costeros, artillería arrancada de sus emplazamientos.
Incluso iglesias que habían resistido el terremoto se vieron sorprendidas por la ola durante la misa de difuntos.
Las cifras de víctimas nunca pudieron establecerse con exactitud. Las crónicas del siglo XIX hablan de más de mil muertos solo en Cádiz y su bahía.
Otras estimaciones más prudentes sitúan el número entre cuatrocientos y seiscientos fallecidos.
Pero hay una certeza: muchos cuerpos fueron arrastrados mar adentro y jamás recuperados. El océano se los tragó para siempre.
En medio del caos, hubo también decisiones clave que evitaron que la tragedia fuera aún mayor.
El gobernador de Cádiz, Antonio de Arlór, reaccionó con firmeza.
Ordenó cerrar las puertas de la ciudad, establecer patrullas armadas y aplicar castigos ejemplares contra cualquier intento de saqueo.
La consigna fue clara: mantener el orden incluso bajo el agua.
La fe también jugó un papel fundamental en la respuesta colectiva.
En el barrio de La Palma, los vecinos levantaron un altar improvisado y sacaron en procesión la imagen de la Virgen en plena tormenta.
Según la tradición, cuando el sacerdote alzó las manos y suplicó que el mar se detuviera, la siguiente ola se frenó antes de entrar en la plaza.
Muchos interpretaron aquel momento como un milagro. Otros, como una coincidencia. Pero para la población, fue un símbolo de esperanza en medio del desastre.
Al día siguiente, el 2 de noviembre de 1755, Cádiz olía a sal, a sangre y a madera podrida.
Las calles estaban cubiertas de barro, restos de edificios y cuerpos sin vida. No había incendios, pero el aire recordaba a ceniza.
El mar había vuelto a su lugar, pero se había llevado algo más que construcciones: había arrancado una parte del alma de la ciudad.
Durante días fue imposible hacer un recuento preciso de las víctimas. Familias enteras se abrazaban en silencio.
Las iglesias permanecían abiertas, muchas sin techos, y cada noche resonaban rezos entre los escombros.
Cádiz había sido golpeada, arrastrada e inundada, pero no se había rendido.
La respuesta del Estado marcó un hito histórico. El rey Fernando VI ordenó desde Madrid un censo detallado de daños en todas las ciudades costeras afectadas.
Cádiz encabezó la lista junto a Ayamonte, Sanlúcar, Conil y Huelva. Llegaron médicos, clérigos y soldados desde Sevilla.
Se repartieron alimentos, se improvisaron hospitales de campaña en claustros y conventos, y se enterró a los muertos en fosas comunes para evitar epidemias.
El impacto fue tan profundo que el gobierno creó una comisión científica para recopilar testimonios, informes oficiales, documentos eclesiásticos y partes militares.
Aquel esfuerzo se considera hoy uno de los primeros grandes estudios sísmicos de la historia moderna y el origen de la sismología científica en el mundo hispánico.
El terremoto y tsunami de 1755 no solo transformaron Cádiz. Cambiaron la forma en que Europa entendió la relación entre la naturaleza y la sociedad.
Inspiraron debates filosóficos, científicos y políticos en todo el continente.
Y dejaron una lección imborrable: frente a la furia del mar y de la tierra, la fragilidad humana es absoluta, pero la memoria y la resiliencia pueden ser más fuertes.
El océano quiso tragarse Cádiz. Lo intentó con toda su fuerza. No lo consiguió. La ciudad lloró, sangró y se arrastró, pero se levantó.
Y desde entonces aprendió a mirar al mar sin bajar la cabeza, recordando que incluso en el peor de los días, sobrevivir también es una forma de victoria.
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