Óscar Puente (y media España) alucina con este tuit sobre Venezuela que Ayuso publicó en 2015: “Quien se mete con Chávez se mete con Venezuela”.
La presidenta de la Comunidad de Madrid hizo hace diez años un alegato en favor del régimen chavista: “Quien se mete con Chávez se mete con Venezuela”.

La figura de Isabel Díaz Ayuso vuelve a situarse en el centro de la escena política española, esta vez por un giro en su discurso sobre Venezuela que ha generado intensos debates, críticas y reflexiones tanto dentro del espectro político como en las redes sociales.
Lo que para algunos es una defensa firme de los valores democráticos, para otros es una contradicción insostenible entre lo que Ayuso defendía hace años y lo que sostiene hoy.
En este artículo reconstruimos ese contraste de forma detallada, contextualizada y con voz propia, explicando por qué este cambio de posición ha marcado un antes y un después en la percepción pública de la presidenta de la Comunidad de Madrid —y qué puede significar para el futuro político nacional.
Desde la madrugada del domingo en que el ejército de Estados Unidos capturó al presidente venezolano Nicolás Maduro, el mundo político se ha visto obligado a reposicionarse ante un hecho sin precedentes: la detención de un mandatario extranjero por fuerzas estadounidenses, una acción que muchos expertos consideran una violación del derecho internacional.
Para Ayuso, esta captura no solo era legítima, sino algo aplaudible. En sus redes y en declaraciones oficiales, la dirigente madrileña escribió sin matices que “Maduro es un dictador que secuestró las urnas y a su pueblo: asesinatos, torturas, hambruna y éxodo de millones de venezolanos” por lo que celebró lo que definió como pasos “valientes” para liberar a la población venezolana.
Ayuso no solo se centró en la figura de Maduro: extendió sus críticas al Gobierno de Pedro Sánchez, acusándolo de haber “abandonado” al pueblo venezolano en los últimos años, de mantener amistades con dictaduras y de no estar a la altura de las circunstancias internacionales. Para ella, España no había estado “donde debía estar” en la defensa de la libertad venezolana.
Este posicionamiento es coherente con un sector del PP que ha defendido tradicionalmente a la oposición venezolana y ha criticado tanto al chavismo como a las posturas oficiales del Ejecutivo frente a Caracas (por ejemplo, su negativa a reconocer la intervención estadounidense) —pero hay algo que llama poderosamente la atención: no siempre Ayuso había sostenido este discurso.
En 2015, cuando todavía no era una figura nacional tan prominente, Ayuso publicó un tuit en el que defendió de forma pública al entonces régimen venezolano.
En él, escribió: “Quien se mete con Diosdado se mete con Maduro. Quien se mete con Maduro se mete con Chávez. Quien se mete con Chávez se mete con Venezuela”.
Esa frase, sencilla pero cargada de significado, parecía mostrar una defensa implícita del liderazgo de Hugo Chávez y de Diosdado Cabello, uno de los hombres fuertes del chavismo.
En aquel momento, el gobierno de Estados Unidos anunciaba una investigación en su contra por presunto narcotráfico y lavado de dinero —y la declaración de Ayuso contrastaba con lo que hoy sostiene.
¿Por qué este giro? ¿Ha cambiado realmente Ayuso de opinión o ha recalibrado su mensaje para encajar en una estrategia política mucho más amplia? Las respuestas pueden ser múltiples, y precisamente por eso este asunto ha generado una gran atención mediática y ha sido objeto de análisis crítico.
Antes de entrar en el debate sobre el cambio de discurso, conviene recordar que Ayuso no es una voz aislada en su condena al chavismo de hoy.
Desde años atrás, ha mostrado su apoyo a la oposición venezolana y ha denunciado públicamente las violaciones de derechos humanos en el país suramericano, incluyendo torturas, desapariciones y persecuciones políticas.
En 2024, incluso mostró su apoyo a ciudadanos españoles detenidos en Venezuela, pidiendo una respuesta firme del Gobierno de España y calificando al régimen como dictatorial.
Esto forma parte de una trayectoria política que, en los últimos años, ha situado a Ayuso como una líder con un discurso muy duro contra el chavismo.
De hecho, en el pasado también ha expresado apoyo a la libertad de prensa frente a acciones represivas en Venezuela.
En 2021, respaldó al diario venezolano El Nacional cuando fue embargado por el Gobierno de Maduro, defendiendo la libertad de expresión como un pilar fundamental de la democracia.
Así, cuando leemos declaraciones recientes de Ayuso, encontramos un discurso que encaja en una narrativa coherente de defensa de los derechos humanos.
El problema surge cuando ese discurso se confronta con lo que ella misma dijo en redes sociales hace más de una década —es decir, antes de convertirse en la figura nacional que conocemos hoy.
El ministro de Transportes, Óscar Puente, fue uno de los primeros políticos que subrayaron públicamente esta contradicción.
Con su habitual tono irónico, Puente señaló que el tuit de Ayuso de 2015 parece estar en total oposición con el ataque frontal que la presidenta madrileña lanza ahora contra Maduro y su régimen —una postura que incluso la ha llevado a pedir explicaciones a figuras socialistas como el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero por, según Ayuso, haber “blanqueado” al régimen de Maduro.
En declaraciones a los medios, Ayuso llegó incluso a pedir que Zapatero explicara públicamente por qué habría legitimado al gobierno venezolano en el pasado y se mostró “avergonzada” por la posición que, según ella, ha tenido España durante años.
Esta estrategia política de Ayuso ha ido más allá de una simple crítica: ha puesto el foco también en la responsabilidad de líderes españoles por sus posturas anteriores o por la política exterior que han impulsado, articulando un narrativa según la cual España, en su conjunto, habría fallado al pueblo venezolano.
El punto de inflexión en la política exterior, sin embargo, fue la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos.
El Gobierno español, como nación, ha adoptado una posición crítica hacia esa acción militar sin aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, calificándola como una violación del derecho internacional y un “precedente muy peligroso” que podría poner en riesgo la estabilidad regional.
En declaraciones posteriores, Pedro Sánchez y su Ejecutivo rechazaron apoyar o reconocer cualquier intervención que viole el marco legal internacional, incluso si no reconocen al régimen de Maduro.
Este contexto complica la posición de Ayuso. Mientras ella celebra una acción que el propio Gobierno de España rechaza por motivos legales y diplomáticos, la presidenta madrileña articula un relato basado en la lucha contra la dictadura, los crímenes de lesa humanidad y la defensa de las libertades.
Aquí llegamos a uno de los puntos más debatidos: ¿ha cambiado Ayuso de opinión por convicción o por cálculo político?
Los analistas señalan que, en política, no es inusual que figuras públicas adapten sus discursos ante nuevos escenarios internacionales o cambios en la opinión pública.
Pero también subrayan que la coherencia es un valor políticamente rentable cuando existe.
El hecho de que Ayuso haya pasado de defender implícitamente a figuras del chavismo —aunque en un contexto concreto de una investigación de Estados Unidos contra altos funcionarios venezolanos en 2015— a criticar duramente al régimen hoy, ofrece un material muy jugoso para la oposición y los medios críticos.
Al mismo tiempo, es importante recordar que el entorno internacional y la situación venezolana han cambiado notablemente en los últimos años.
Los informes de organizaciones internacionales han documentado repetidas violaciones de derechos humanos, crisis humanitarias y erosión del estado de derecho en Venezuela.
Esto puede explicar por qué un líder político orienta su discurso hacia una condena más clara y frontal del régimen.
En España, la repercusión de esta contradicción ha sido notable en redes sociales y medios. Algunos defienden a Ayuso por su firmeza frente a dictaduras y su apoyo a grupos opositores democráticos en Venezuela, mientras que otros critican la falta de consistencia entre lo que dijo en 2015 y lo que expresa hoy.
El ministro José Manuel Albares, por ejemplo, ha llegado a calificar la insistencia de Ayuso en pedir explicaciones a Zapatero de “obsesión ridícula”, mostrando así que dentro del propio entramado político español existen posturas muy alejadas sobre cómo abordar este tema. País
Además, la propia intervención de Ayuso en programas de televisión como Espejo Público ha generado atención y críticas por la forma en que ha abordado estos temas, con algunos usuarios y comentaristas señalando falta de claridad o manejo de argumentos.
Este episodio no solo pone en cuestión la coherencia de Ayuso como dirigente, sino que también abre una conversación más amplia: ¿cómo deben los líderes políticos articular su discurso ante crisis internacionales que involucran violaciones de derechos humanos, intervenciones militares y política exterior compleja? ¿Debemos exigir una continuidad estricta de posturas pasadas, o es legítimo que un político redefina su posición ante nuevas evidencias y contextos?
La respuesta no es sencilla y depende tanto del análisis riguroso de las declaraciones como del juicio de la ciudadanía.
Lo que sí es claro es que este debate ha trascendido el ámbito partidista y ha colocado en el centro de la agenda pública una discusión sobre coherencia, responsabilidad política y la forma en que España se posiciona ante crisis internacionales que violan el derecho internacional.
Isabel Díaz Ayuso enfrenta ahora un momento crucial: cómo articular su discurso con claridad, coherencia y fundamentos sólidos para que sus posiciones no se interpreten únicamente como cálculo político, sino como una defensa consistente de los valores democráticos que, según ella misma, busca promover.
En un mundo cada vez más polarizado, la credibilidad puede ser tan poderosa como la propia postura política. Y en ese terreno, estas contradicciones no pasan desapercibidas ni para aliados ni para adversarios.
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