Nueva metedura de pata de Sonsoles Ónega al preguntarle a Patricia Pérez por su marido ciego: “¿Te está viendo?”.

 

 

Recientemente, la presentadora confundía el mar de la bahía de Cádiz con una inundación provocada por el temporal.

 

 

 

Sonsoles Ónega y Patricia Pérez en ‘Y ahora, Sonsoles’.

 

Hay silencios que duran apenas dos segundos pero pesan como si el plató entero se hubiera quedado sin aire.

Hay preguntas que salen disparadas casi por inercia, automáticas, y que en otro contexto pasarían inadvertidas… hasta que chocan con una realidad que lo cambia todo.

Y entonces llega el gesto, la mirada que busca el suelo, el deseo universal de que la tierra se abra y te trague.

Eso fue exactamente lo que le ocurrió a Sonsoles Ónega en pleno directo.

La escena parecía una entrevista más dentro de la escaleta habitual del programa. Una conversación íntima, cargada de emoción, con Patricia Pérez como invitada.

La periodista y presentadora acudía para hablar de uno de los capítulos más duros de su vida: la enfermedad de su marido, el productor audiovisual Luis Canut, quien en 2023 sufrió una infección cerebral que terminó provocándole la pérdida casi total de la vista.

No era un testimonio cualquiera. Era el relato de una pareja que lleva más de veinte años junta y que, de repente, tuvo que aprender a convivir con una nueva realidad marcada por secuelas permanentes.

Patricia hablaba con serenidad. Con esa mezcla de dolor asumido y fortaleza reconstruida que solo se adquiere cuando la vida te obliga a rehacer todos los planes.

Recordó el año y medio de hospitalización. El miedo. La incertidumbre. El proceso de recuperación.

Y la frase que resume la magnitud del cambio: “Ahora tiene que aprender a ser discapacitado porque no nació así”.

No lo dijo desde la queja. Lo dijo desde la aceptación. Desde la voluntad de seguir adelante.

El plató estaba en silencio. La entrevista avanzaba por un terreno delicado, humano, honesto.

Y entonces llegó la pregunta.

“¿Te está viendo desde casa?”

Un segundo. Dos segundos.

Patricia sonrió. “Bueno… ver, ver…”.

Fue ahí cuando Sonsoles Ónega reaccionó. Se levantó del sofá, visiblemente incómoda, consciente de que acababa de formular una pregunta que, en ese contexto, tenía una carga evidente.

La invitada, lejos de dramatizar el momento, decidió suavizarlo. “Sonsoles, no pasa nada. Ver no me ve, pero… ¡Hola Luis!”. Y saludó a cámara.

La presentadora se sumó al gesto. Volvió a sentarse. Patricia insistió: “Nosotros lo tenemos superadísimo”.

El momento quedó sellado.

En televisión, los lapsus son inevitables. El directo no concede segundas tomas. No hay edición, no hay montaje que rescate una frase mal planteada. Lo que ocurre, ocurre ante miles —a veces millones— de espectadores.

Y en la era de las redes sociales, lo que ocurre en directo no se queda en el plató.

El fragmento empezó a circular casi de inmediato en X, la antigua Twitter. Los comentarios se multiplicaron. Algunos mostraban comprensión. Otros, ironía. Otros, directamente crítica.

“Es un no parar lo de Sonsoles”, escribía un usuario. “No da una”. “¿Cuántas cosas pasan en este programa día a día?”. La lista crecía.

Pero este no era el primer tropiezo reciente.

Días antes, otro momento se había viralizado con fuerza. Durante la cobertura del temporal que azotaba Andalucía, Ónega comentaba unas imágenes de la DGT sobre la CA-36, la vía de acceso a Cádiz por el puente José León de Carranza.

“Totalmente inundado a los lados”, decía mientras en pantalla se veía una imagen en tiempo real del mar.

El mar.

La bahía de Cádiz.

No una inundación.

El comentario pasó inicialmente desapercibido en el plató. Uno de los colaboradores añadió que al menos no estaba generando daños tan violentos como en el Levante. Nadie corrigió en ese instante la confusión.

Pero Cádiz sí lo hizo.

Las redes gaditanas reaccionaron con rapidez. Con humor, pero también con ese orgullo local que no perdona ciertos deslices. La confusión entre la bahía y una inundación no era un simple error geográfico: tocaba una identidad muy arraigada.

El episodio trascendió tanto que acabó transformado en copla de Carnaval.

La comparsa ‘El jovencito Frankenstein’ incluyó en su repertorio un cuplé que arrancaba con una referencia directa: “Se ha inundao aquí en Cádiz el puente Carranza, o eso ha dicho Sonsoles en su programa”.

El remate fue aún más celebrado: “Tú no necesitas una baliza, tú necesitas el faro de Chipiona”.

En Cádiz, cuando algo molesta, se canta. Y cuando se canta, se convierte en memoria colectiva.

La televisión en España vive un momento de hipervigilancia. Cada palabra, cada gesto, cada error se amplifica.

Los presentadores ya no solo hablan para el espectador tradicional frente al televisor; hablan para una audiencia digital que recorta, comparte y comenta en tiempo real.

Sonsoles Ónega no es una recién llegada. Tiene una trayectoria consolidada en informativos y magazines.

Ha construido su perfil como periodista rigurosa y comunicadora cercana. Pero el directo es un territorio imprevisible incluso para los más experimentados.

En el caso de la entrevista con Patricia Pérez, el error no fue malintencionado. Fue automático. Una fórmula habitual —“¿te está viendo desde casa?”— que se usa casi como muletilla en televisión.

El problema es que las muletillas no siempre encajan con la historia que tienes delante.

La reacción de Patricia fue clave. Lejos de generar incomodidad, convirtió el momento en una muestra de normalidad. En una reivindicación implícita: la discapacidad no es un tabú.

Ese matiz es importante.

Porque más allá del lapsus, la entrevista puso sobre la mesa una realidad que afecta a miles de familias en España: cómo se reconstruye una vida tras una lesión cerebral adquirida.

 

Según datos de la Sociedad Española de Neurología, cada año se registran miles de casos de daño cerebral adquirido en nuestro país, muchos derivados de infecciones, ictus o traumatismos.

Las secuelas pueden ser físicas, cognitivas o sensoriales. Y el proceso de adaptación es largo, complejo y profundamente transformador.

En ese contexto, la conversación entre Patricia Pérez y Sonsoles Ónega tenía un valor real: visibilizar la experiencia, humanizarla, romper silencios.

El error puntual no eclipsa el fondo del testimonio.

Sin embargo, la acumulación de lapsus en un corto espacio de tiempo alimenta una narrativa. Y la narrativa, en televisión, pesa.

La percepción pública es frágil. Cuando se instala la idea de que alguien “encadena meteduras de pata”, cada nuevo tropiezo se interpreta como confirmación.

Ahí es donde entra el desafío profesional.

El ritmo de los programas diarios es vertiginoso. Escaletas que cambian sobre la marcha. Directos encadenados.

Conexiones de última hora. En ese contexto, la concentración absoluta es casi una exigencia sobrehumana.

Pero la audiencia no evalúa el contexto interno. Evalúa el resultado.

El caso de la confusión con la bahía de Cádiz demostró algo más: el poder de la cultura popular para responder a los medios.

El Carnaval, con su tradición satírica centenaria, actúa como termómetro social. Cuando un error llega al Falla, significa que ha calado.

Y, paradójicamente, también es una forma de absolución colectiva. El humor convierte el enfado en canción. La crítica en risa compartida.

En el caso de la entrevista con Patricia Pérez, el desenlace fue distinto. No hubo burla masiva, sino debate. ¿Fue un simple lapsus? ¿Falta de atención? ¿Un ejemplo de automatismo televisivo?

Cada espectador tendrá su respuesta.

Lo que resulta evidente es que la televisión actual no perdona distracciones. Y que la sensibilidad social hacia determinados temas —discapacidad, tragedias personales, identidad territorial— es cada vez mayor.

La pregunta que queda en el aire no es si Sonsoles Ónega volverá a equivocarse. Todos los comunicadores lo hacen en algún momento. La cuestión es cómo se gestiona esa acumulación de errores en la percepción pública.

Porque al final, más allá del ruido digital, hay algo que sigue siendo esencial: la credibilidad.

Y la credibilidad se construye cada día. Con aciertos, con rectificaciones, con humildad.

La escena del sofá, el “ver, ver…” y el saludo a cámara quedarán como uno de esos momentos incómodos que el directo regala de vez en cuando. Pero también como una muestra de humanidad.

A veces, el mayor aprendizaje no está en evitar el error, sino en cómo reaccionamos cuando ocurre.

Y quizá ahí, en esa reacción compartida entre presentadora e invitada, estuvo la verdadera lección de la tarde.