Évole retrata a Javier Negre después de que lo acuse e insulte en redes: “Cobrar de políticos, cuéntame cómo se hace”.

 

 

 

Negre acusó al presentador de “limpiarle el sable a Maduro”.

 

 

 

Jordi Évole y Javier Negre.

 

 

El 5 de enero ha marcado un antes y un después en el arranque informativo del año.

 

El secuestro de Nicolás Maduro a manos de Estados Unidos, anunciado y exhibido por Donald Trump como una operación “quirúrgica” y “ejemplar”, no solo ha sacudido el tablero geopolítico internacional, sino que ha provocado una onda expansiva que ha llegado con fuerza a la conversación pública española.

 

Más allá del debate sobre legalidad internacional, soberanía o precedentes peligrosos, el caso ha servido como catalizador de un enfrentamiento mediático que retrata con crudeza el clima de polarización que atraviesa el país.

 

 

Desde las primeras horas, la sociedad se ha dividido entre quienes celebran la caída del líder venezolano como un acto de justicia largamente esperado y quienes alertan del riesgo que supone normalizar una intervención militar unilateral al margen de los organismos internacionales.

 

 

En ese contexto de tensión máxima, las redes sociales han vuelto a convertirse en el escenario principal donde se libran batallas simbólicas, personales e ideológicas.

 

Y ahí, dos nombres han destacado por encima del resto: Jordi Évole y Javier Negre.

 

 

El detonante fue un tuit aparentemente sencillo, pero cargado de ironía.

 

 

Jordi Évole, periodista y presentador de larga trayectoria, compartió una imagen del asalto al Capitolio de Estados Unidos en enero de 2021, acompañándola de una reflexión sarcástica sobre lo que algunos entienden por “democracia”.

 

 

El mensaje no mencionaba directamente a Trump ni a Maduro, pero el subtexto era evidente: cuestionar la autoridad moral de quienes celebran la captura del presidente venezolano sin mirar el historial democrático del país que la ejecuta.

 

 

La reacción no se hizo esperar. Javier Negre, director de EDA TV y uno de los comunicadores más visibles del ecosistema mediático de la ultraderecha, respondió con una virulencia que elevó el choque a otro nivel.

 

 

Junto a una imagen de la entrevista que Évole realizó a Nicolás Maduro en 2019, Negre lanzó una descalificación directa: “Eres un payaso, Jordi Évole, y propagandista de narcodictadores como Maduro”.

 

 

La acusación no se quedó ahí. Fue más allá, insinuando pagos del régimen venezolano al periodista y utilizando un lenguaje explícito y ofensivo que buscaba desacreditar no solo su trabajo, sino su integridad personal.

 

 

Ese primer ataque marcó el tono de lo que vendría después. Negre introdujo una narrativa conocida pero eficaz para su audiencia: la idea de que determinados periodistas actúan como “blanqueadores” de regímenes autoritarios, movidos por intereses económicos o ideológicos.

 

 

Un marco discursivo que conecta con una parte del público cansada de los medios tradicionales y predispuesta a creer en conspiraciones mediáticas.

 

 

La respuesta de Évole, sin embargo, sorprendió por su enfoque. Lejos de optar por el insulto fácil o el bloqueo, decidió contestar punto por punto, con ironía y sin elevar el tono.

 

“Vamos por partes, Javi”, comenzaba, aceptando incluso el calificativo de “payaso” como un honor.

 

 

Rebatía la acusación de propaganda invitando a revisar la entrevista a Maduro, recordando que su estilo se basa en dejar hablar al entrevistado, y lanzaba un dardo al propio Negre sugiriéndole que hiciera una entrevista similar al presidente argentino Javier Milei.

 

 

Évole negaba tajantemente haber cobrado dinero de políticos y, con una frase que resonó con fuerza, devolvía la insinuación: “Cuéntame cómo se hace que igual tienes experiencia”.

 

Una réplica elegante, medida, que desactivaba parte del ataque sin necesidad de entrar en el barro.

 

 

Pero Negre no dio el asunto por zanjado. Al contrario. Redobló la ofensiva con nuevas acusaciones, ampliando el abanico de personajes y episodios.

 

 

Mencionó a Arnaldo Otegi, calificándolo de terrorista, y acusó a Évole de haberle “limpiado el sable” también a él.

 

Arremetió contra José Luis Rodríguez Zapatero, asegurando que la entrevista a Maduro había sido gestionada por el expresidente y calificándolo de “golfo”.

 

Incluso introdujo a China en la ecuación, insinuando cobros opacos y una supuesta red de intereses internacionales.

 

 

El ataque culminó con una acusación especialmente grave: que La Sexta, cadena para la que trabaja Évole, recibe “millonadas” del Gobierno al que Negre describía con términos deliberadamente provocadores, y que el periodista participa en un proceso de blanqueamiento mediático con “preguntas chorras”.

 

 

Un discurso que mezclaba desinformación, insultos y un lenguaje diseñado para impactar emocionalmente más que para convencer con argumentos.

 

 

Frente a ese aluvión, Évole optó por una estrategia distinta. Respondió, sí, pero sin entrar en la escalada. “Javi, estás muy pesado”, escribía, marcando una línea clara.

 

 

Añadía dos apuntes cargados de sarcasmo: recordaba el caso de Josu Ternera, insinuando contradicciones en el discurso del propio Negre, y bromeaba con la posibilidad de que la noticia del fin del narcotráfico por parte de Trump le estuviera afectando emocionalmente.

 

Cerraba con una frase aparentemente absurda, “suélteme el brazo señora”, que funcionó como un gesto de distanciamiento, casi de parodia, frente al ataque constante.

 

 

Este intercambio no es un simple rifirrafe entre dos comunicadores. Es el reflejo de una fractura mucho más profunda en el ecosistema mediático español.

 

Por un lado, un periodismo que reivindica la entrevista incómoda, el matiz y la contextualización.

 

Por otro, un modelo basado en la confrontación permanente, la acusación sin pruebas y la fidelización emocional de una audiencia ideologizada.

 

 

El caso Maduro ha actuado como espejo. Cada actor ha proyectado en él su propia visión del mundo.

 

Para unos, simboliza el fin de una dictadura. Para otros, la demostración de que el orden internacional se está rompiendo peligrosamente.

 

Y en medio, periodistas, presentadores y opinadores utilizan el acontecimiento para reforzar sus relatos previos.

 

 

Mientras este choque se desarrollaba en redes, Jordi Évole aprovechaba también el inicio del año para mirar hacia adelante.

 

Con el regreso de “Lo de Évole” a la parrilla, el periodista volvía a situarse en el centro de la actualidad televisiva.

 

La séptima temporada del programa arranca en un momento especialmente delicado, con una sociedad cansada, polarizada y saturada de ruido informativo.

 

 

 

La promoción elegida no es casual. Évole aparece como director de orquesta, modulando voces al ritmo de “Un año más” de Mecano.

 

Un guiño cultural que conecta generaciones y que utiliza la música como metáfora del caos y la necesidad de armonía.

 

Desde su cuenta de X, el presentador aprovechó para lanzar una invitación directa a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, a quien ha intentado entrevistar en varias ocasiones.

 

“¿Qué más tenemos que hacer Isabel para que vengas a Lo de Évole?”, escribía, añadiendo un toque de humor al mencionar a Nacho Cano.

 

 

Más allá de la anécdota, los datos respaldan la relevancia del programa. La sexta temporada cerró con un 8,8% de cuota de pantalla y una media de 1,2 millones de espectadores.

 

Fue, por sexto año consecutivo, el programa más visto de La Sexta en su franja, con un crecimiento significativo respecto a temporadas anteriores.

 

Cada entrega alcanzó una media de 2,8 millones de espectadores únicos, cifras que hablan de un formato consolidado y con capacidad de generar conversación pública.

 

 

Entrevistas como las realizadas a Gabriel Rufián, Juan y Medio o Pepe Mujica se situaron entre lo más visto de la cadena, demostrando que existe un interés real por conversaciones largas, complejas y sin prisas, incluso en un entorno dominado por el consumo rápido y el titular incendiario.

 

 

El enfrentamiento con Javier Negre, lejos de perjudicar a Évole, ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta clave: qué tipo de periodismo quiere consumir la sociedad española.

 

Uno basado en la sospecha permanente y la descalificación, o uno que asume el riesgo de sentarse frente a personajes incómodos y dejar que se retraten con sus propias palabras.

 

 

En un inicio de año marcado por una noticia tan extrema como el secuestro de un jefe de Estado, este choque mediático funciona como síntoma.

 

No es solo una pelea de egos ni una guerra de tuits. Es la evidencia de que el debate público está atravesado por emociones intensas, desconfianza y relatos enfrentados que apenas se escuchan entre sí.

 

 

El reto, para periodistas y ciudadanos, es no perder de vista lo esencial. Separar la crítica legítima de la desinformación, el análisis de la propaganda, el desacuerdo del insulto.

 

Porque en un contexto internacional cada vez más volátil, la forma en la que contamos lo que pasa es casi tan importante como lo que pasa. Y ahí, cada palabra cuenta.