A Jordi Évole no le valen las medias tintas y da esta sentencia al futuro de Rufián y Delgado en La Sexta.

 

 

Jordi Évole analizó en ‘Más Vale Tarde’ el acto organizado en Madrid por Gabriel Rufián y Emilio Delgado para intentar unir a las formaciones a la izquierda del PSOE.

 

 

 

 

La izquierda española busca oxígeno. Y lo hace en medio de un clima político que muchos describen como irrespirable. El pasado miércoles, en la mítica sala Galileo Galilei de Madrid, se produjo una escena que, para algunos, podría marcar el inicio de algo más grande que un simple debate político.

Bajo una expectación inusual, Gabriel Rufián y Emilio Delgado compartieron escenario para hablar del futuro de la izquierda en España.

No fue un mitin al uso. Tampoco una conferencia académica. Fue, según quienes asistieron, una conversación cargada de urgencia, de preocupación y de una pregunta que sobrevuela cada rincón del país: ¿qué está pasando con la izquierda y hacia dónde se dirige?

 

Un día después, con el eco del evento aún resonando en redes sociales y tertulias políticas, Jordi Évole analizaba lo ocurrido en el plató de Más Vale Tarde, el programa vespertino de La Sexta. Sus palabras no pasaron desapercibidas. Más que una opinión, sonaron como una advertencia.

 

“Cualquier cosa que pueda ilusionar o movilizar el voto de la izquierda me parece bien”, afirmó el presentador, conocido por su tono reflexivo y su mirada crítica. No era una frase lanzada al aire.

Era una declaración de intenciones en un momento en el que las encuestas dibujan un escenario inquietante para los partidos progresistas.

 

Évole no escondió su posición ideológica. “Soy una persona de izquierdas”, reconoció sin rodeos. Y desde esa identidad, describió el panorama político actual como “horroroso”.

La posibilidad de un gobierno del Partido Popular junto a Vox, según sus propias palabras, “le haría mucho daño a este país”.

No se trata solo de una alternancia política. Para muchos votantes progresistas, la preocupación va más allá de los nombres: temen retrocesos en derechos sociales, políticas migratorias más duras y un giro conservador en cuestiones de igualdad.

 

La propuesta que lanzó Gabriel Rufián en el acto de Madrid —una idea orientada a repensar la articulación de la izquierda— fue calificada por Évole como “quizá una propuesta a la desesperada”.

Sin embargo, añadió algo clave: “Veo muy difícil que esto cuaje, pero me gusta ver que hay gente que está proponiendo cosas”. En una frase, resumió el sentimiento de una parte del electorado progresista: dudas sobre la viabilidad, pero necesidad urgente de movimiento.

 

Porque el problema, según el análisis que se desprende de sus palabras, no es solo la fragmentación del espacio político de izquierdas.

Es la desmovilización. “En muchos lugares, hay gente de izquierdas que con una propuesta así se movilizaría e iría a votar y que sin una propuesta así no lo hará”, reflexionó.

En un contexto de creciente abstención y desencanto, la ilusión se ha convertido en una moneda más valiosa que cualquier eslogan.

 

La intervención de Évole en el programa conducido por Iñaki López y Cristina Pardo no fue casual. Acudía para promocionar una nueva entrega de Lo de Évole, que emitirá próximamente con el escritor Juan José Millás como invitado. Pero la conversación derivó inevitablemente hacia la política y el clima social.

 

Cristina Pardo adelantó que Millás lamenta el aumento imparable de las desigualdades, independientemente del signo político de los gobiernos. Una afirmación que conecta con una preocupación global.

Sin embargo, Évole introdujo un matiz importante: “No creo que sea lo mismo que en Argentina gobierne o no gobierne Milei, o que en Estados Unidos gobierne Trump o que no gobierne Trump”.

Con esa comparación, el periodista puso sobre la mesa la relevancia de quién ocupa el poder en un contexto internacional donde figuras como Javier Milei o Donald Trump han simbolizado el auge de liderazgos disruptivos y polarizantes.

 

La crítica de Évole no se dirigió únicamente hacia la derecha. También lanzó un dardo a los partidos progresistas. “Para que las desigualdades desaparezcan hay que tomar medidas que los partidos de izquierdas, en muchas ocasiones, no toman”, afirmó.

Y fue más allá: “Hay que ser radical, ya no valen las medias tintas”. No se refería a radicalidad en términos extremos, sino a valentía política, a la capacidad de adoptar decisiones profundas que transformen estructuras y no solo maquillen problemas.

 

En su análisis, dejó claro que los discursos de la ultraderecha que prometen proteger a la clase trabajadora no se sostienen en su opinión.

“No van a venir los ‘Milei’ y los ‘Trump’ a salvar a la clase trabajadora. No va a venir Abascal a salvar a la clase trabajadora por más que los engañe ahora”, sentenció en referencia a Santiago Abascal. Su conclusión fue contundente: “Esta gente va a gobernar para los intereses que siempre han gobernado este país”.

 

Las palabras del presentador generaron reacciones inmediatas en redes sociales. Algunos lo aplaudieron por verbalizar el temor de muchos votantes progresistas.

Otros le reprocharon posicionarse con tanta claridad. Pero lo cierto es que su intervención puso en primer plano un debate que va más allá de una sala de conciertos o de un plató de televisión: la necesidad de redefinir el proyecto de la izquierda en España.

 

Iñaki López, con tono distendido, bromeó al final de la conexión: “Te veo en el plantel de posibles líderes de la izquierda con este discurso”. La frase provocó risas, pero también reflejó una realidad: en tiempos de incertidumbre, las voces mediáticas adquieren una influencia que trasciende la pantalla.

 

Mientras tanto, el acto en la sala Galileo Galilei sigue dando que hablar. No fue una cumbre decisiva ni un anuncio de coalición inmediata. Pero sí simbolizó algo que muchos consideran imprescindible: la voluntad de debatir abiertamente el futuro.

En un momento en el que la política se percibe como una sucesión de bloques enfrentados, el simple hecho de sentarse a conversar sobre propuestas ya es, para algunos, un gesto significativo.

 

El debate sobre el futuro de la izquierda española está lejos de cerrarse. Las próximas elecciones generales marcarán un punto de inflexión.

Las encuestas, los movimientos estratégicos y las alianzas aún están por definirse. Lo que sí parece claro, a la luz de lo ocurrido esta semana, es que el miedo a un giro conservador está actuando como catalizador de nuevas conversaciones.

 

La gran pregunta es si esas conversaciones se traducirán en una propuesta capaz de ilusionar y movilizar.

Porque, como apuntó Jordi Évole, sin ilusión no hay participación, y sin participación no hay cambio posible. El desafío no es solo ganar votos, sino recuperar la confianza de quienes se sienten desencantados.

 

En los próximos meses, veremos si la izquierda española logra articular un discurso que combine autocrítica, propuestas ambiciosas y capacidad de conectar con las preocupaciones reales de la ciudadanía.

De momento, lo que ocurrió en la sala Galileo Galilei y lo que se dijo en el plató de Más Vale Tarde han servido para encender una chispa.

 

Una chispa que, dependiendo de cómo evolucione el panorama político, podría convertirse en llama o extinguirse en el ruido habitual de la confrontación.

La partida está abierta. Y el resultado, más que nunca, dependerá de la capacidad de convencer a quienes aún dudan si acudir o no a las urnas.