Jordi Évole le da la vuelta al ataque del líder de Desokupa y lo termina retratando: “Lo que tiene desokupado es su cerebro”.

 

 

 

El periodista ha sentenciado al ultra tras sus ataques en redes sociales.

 

 

 

Jordi Évole acaba con Desokupa.

 

 

La noche del domingo prometía ser tranquila para muchos espectadores habituales de laSexta.

 

Un sofá, el mando a distancia y la expectativa de un nuevo episodio de Lo de Évole, uno de los programas más reconocibles del periodismo televisivo actual. Sin embargo, al encender la televisión, algo no cuadraba.

 

El espacio de Jordi Évole no estaba en la parrilla. En su lugar, un especial informativo ocupaba la franja.

 

Para algunos fue una simple anécdota ligada a la actualidad política. Para otros, el inicio de una polémica artificial que acabaría derivando en insultos, burlas públicas y un retrato bastante elocuente del clima de crispación que se vive en redes sociales.

 

Todo ocurrió con motivo de las elecciones autonómicas en Aragón. Como suele suceder cada vez que hay una cita electoral relevante, laSexta decidió reorganizar su programación para ofrecer un amplio despliegue informativo.

 

El canal activó sus especiales del 8F y dio prioridad a Al Rojo Vivo, dejando en pausa, solo por una semana, la emisión habitual de Lo de Évole. Nada extraordinario. Nada nuevo. Una decisión editorial lógica y repetida en otras ocasiones.

 

Sin embargo, en la era de los titulares rápidos y la lectura superficial, un simple matiz fue suficiente para incendiar las redes.

 

Un titular publicado por El Español insinuaba que el programa de Jordi Évole había sido “cancelado”, dejando caer que existía un motivo de peso detrás de esa decisión.

 

Aunque el texto contenía elementos ciertos —la no emisión del programa ese domingo—, el enfoque daba pie a interpretaciones erróneas. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

 

En cuestión de minutos, comenzaron a circular comentarios, teorías y ataques. Algunos usuarios daban por hecho que Lo de Évole había sido retirado de la parrilla de forma definitiva.

 

Otros aprovechaban para ajustar cuentas ideológicas. El ruido crecía, alimentado por la desinformación y por quienes no estaban dispuestos a comprobar los hechos antes de opinar.

 

Ante el malentendido, Jordi Évole decidió intervenir personalmente. Lejos de dramatizar, optó por el tono que lo caracteriza desde hace años: ironía, claridad y un punto de cansancio resignado.

 

En su perfil de X, antes Twitter, escribió un mensaje que comenzaba con una frase tan elocuente como honesta: “Hay que reírse por no llorar…”.

 

En su publicación, el periodista explicaba con total normalidad lo ocurrido. Recordaba que, como siempre que hay elecciones en España, la cadena emite un especial informativo y reajusta su programación. Nada más. Nada menos.

 

Y añadía un dato clave para despejar cualquier duda: Lo de Évole volvería el domingo siguiente, además con una propuesta potente, dos capítulos dedicados a Loles León.

 

Un anuncio que, en condiciones normales, habría sido motivo de expectación y celebración entre los seguidores del programa.

 

Pero no todos estaban interesados en la explicación. Entre los comentarios que recibió Évole, uno destacó por su agresividad y su falta absoluta de contexto.

 

Daniel Esteve, líder de Desokupa, decidió responder al periodista con un mensaje tan breve como insultante: “Jódete payaso”.

 

No había argumento. No había réplica. No había intención de debatir ni de contrastar información. Solo un insulto directo, lanzado desde el desprecio y la provocación. Un gesto que, lejos de perjudicar a Évole, acabó retratando a su autor.

 

La respuesta del periodista fue inmediata y, como muchos esperaban, cargada de sarcasmo. Sin elevar el tono ni caer en la descalificación gratuita, Évole escribió: “Ojo a la comprensión lectora del matón de Desokupa”.

 

Y remató con una frase que se viralizó en cuestión de horas: “Lo que tiene desokupado es su cerebro”.

 

La reacción fue masiva. Miles de usuarios compartieron el mensaje, aplaudiendo la capacidad del periodista para responder con inteligencia y humor a un ataque que buscaba, precisamente, lo contrario: provocar, intimidar y desviar la conversación.

 

En pocos minutos, el intento de insulto se había convertido en un boomerang que regresaba con fuerza a su origen.

 

Este episodio no fue un hecho aislado. Daniel Esteve llevaba días protagonizando declaraciones cada vez más agresivas en redes sociales, especialmente dirigidas a figuras de la izquierda. Jordi Évole fue solo uno más en una lista que, recientemente, había incluido también a Pablo Iglesias.

 

La semana anterior, el fundador de Podemos había sido acosado en plena calle por el agitador Vito Quiles, quien lo abordó tras asistir a un acto electoral en Aragón.

 

El vídeo, difundido en redes, mostraba una escena incómoda y tensa, en la que Iglesias intentaba continuar su camino mientras respondía a preguntas lanzadas con evidente intención provocadora.

 

Daniel Esteve no tardó en reaccionar al vídeo. Y lo hizo de la forma más extrema posible. En un mensaje público, lanzó una amenaza directa tanto contra Pablo Iglesias como contra Irene Montero. Sus palabras, lejos de cualquier ambigüedad, estaban cargadas de violencia verbal explícita.

 

 

Afirmó que la próxima vez que Vito Quiles localizara a Iglesias, él mismo acudiría acompañado de “dos de los suyos”. Se dirigió al exvicepresidente del Gobierno con insultos personales, ataques físicos y amenazas que iban mucho más allá del enfrentamiento político.

 

Aseguró que lo “pasaría por encima” y que “no le pararían ni cuatro ni nadie”. Incluso llegó a advertir que, si alguien intentaba interponerse, “dormiría con él en el hospital”.

 

 

 

Las palabras no dejaban lugar a interpretación. Eran amenazas claras, públicas y reiteradas. Un discurso que, para muchos, cruzaba una línea peligrosa. La respuesta de Pablo Iglesias no se hizo esperar.

 

En sus redes sociales, expresó que el compromiso antifascista era “hoy más fuerte” y anunció que denunciaría los hechos, señalando que Daniel Esteve debería ser detenido antes de intentar cumplir sus amenazas.

 

Este contexto ayuda a entender mejor lo ocurrido con Jordi Évole. No se trataba solo de un insulto aislado, sino de una forma de actuar que se repite: ataques personales, desinformación, violencia verbal y una estrategia basada en la intimidación y el ruido.

 

Frente a eso, la respuesta del periodista fue vista por muchos como un ejemplo de cómo desactivar la agresividad sin caer en ella.

 

La cancelación puntual de Lo de Évole pasó rápidamente a un segundo plano. El foco se desplazó hacia algo más profundo: el uso de la mentira o la media verdad como arma política, la incapacidad de leer y comprender un mensaje sencillo, y la facilidad con la que algunos optan por el insulto antes que por el diálogo.

 

 

También dejó al descubierto el papel de ciertos titulares sensacionalistas que, sin ser completamente falsos, contribuyen a generar confusión. En un ecosistema mediático saturado, una palabra mal elegida puede provocar una reacción en cadena.

 

Y esa reacción, amplificada por las redes, acaba derivando en episodios como este.

 

Mientras tanto, Jordi Évole seguía a lo suyo. Sin dramatizar, sin victimizarse, sin alimentar la polémica más de lo necesario.

 

Su programa volvió a emitirse la semana siguiente, tal y como había anunciado, y lo hizo con buena acogida.

 

Para muchos espectadores, el episodio no hizo más que reforzar la imagen del periodista como alguien capaz de combinar rigor, ironía y templanza incluso en los momentos más absurdos.

 

El caso también abrió un debate más amplio sobre los límites del discurso público y la responsabilidad de quienes cuentan con miles de seguidores. Las palabras importan. Los mensajes importan. Y cuando se cruzan ciertas líneas, las consecuencias pueden ser reales, no solo virtuales.

 

 

En un clima político cada vez más polarizado, lo ocurrido sirve como recordatorio de algo esencial: informarse antes de opinar no es opcional. Leer antes de insultar tampoco.

 

Y responder con inteligencia puede ser, a veces, la forma más eficaz de dejar en evidencia a quien solo busca el enfrentamiento.

 

La historia comenzó con una emisión cancelada por elecciones autonómicas. Terminó convirtiéndose en un reflejo nítido del momento social y político que atraviesa el país.

 

Un episodio donde la burla inteligente ganó al insulto vacío, y donde un simple tuit bastó para retratar mucho más de lo que parecía a primera vista.

 

Y quizá ahí reside la lección más clara de todo este episodio: en tiempos de ruido y crispación, el humor, la claridad y la comprensión lectora siguen siendo armas poderosas.