RIDÍCULO HISTÓRICO de JAVIER RUIZ al ATACAR a un GRUPO de VILLANCICOS.
En las Navidades más polarizadas de los últimos años, un episodio aparentemente menor —un grupo de jóvenes cantando villancicos en la Puerta del Sol— ha terminado convirtiéndose en un símbolo de algo mucho más profundo: la crisis de credibilidad, neutralidad y sentido común que atraviesa la televisión pública española.
Lo ocurrido con Hakuna Group Music y el tratamiento que Televisión Española, en concreto a través del programa Mañaneros y del periodista Javier Ruiz, dio a este fenómeno cultural y religioso ha desatado una tormenta política, mediática y social que va mucho más allá de la música, la fe o la Navidad.
Durante las fiestas, RTVE emitió una pieza en la que se analizaba la presencia de Hakuna en Sol bajo un enfoque que muchos espectadores consideraron desproporcionado, alarmista y claramente ideologizado.
El grupo, conocido por sus canciones de alabanza cristiana, su estética juvenil y su fuerte implantación en redes sociales, fue presentado como parte de un supuesto “empuje de un neocatolicismo muy conservador” que trataría de captar a los jóvenes, casi en paralelo con fenómenos de radicalización política o social.
El tono, la selección de palabras, la música de fondo y las comparaciones implícitas generaron una sensación inquietante: la de estar ante una amenaza extrema, cuando en realidad se trataba de guitarras, villancicos y letras religiosas.
Para una parte significativa de la audiencia, el problema no fue la crítica en sí.
En una sociedad plural y democrática es legítimo analizar, cuestionar o incluso rechazar cualquier movimiento religioso, cultural o ideológico.
El conflicto estalló cuando muchos percibieron que RTVE no estaba informando, sino editorializando; no contextualizando, sino criminalizando.
La sensación de que un grupo de jóvenes cristianos era tratado casi como una célula extremista resultó chocante incluso para personas que no se identifican con la fe católica.
Hakuna no es un fenómeno improvisado ni marginal. Surgió en 2013 en el entorno de la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro, impulsado por el sacerdote José Pedro Manglano, conocido como el padre Josepe.
Desde entonces, el movimiento ha crecido de forma exponencial.
Está presente en decenas de países, tiene millones de reproducciones en plataformas como Spotify y YouTube, y ha construido una comunidad global de jóvenes que combinan música, espiritualidad, retiros y actividades sociales.
Todo esto es fácilmente verificable en medios generalistas y especializados, tanto nacionales como internacionales.
Sin embargo, el relato televisivo optó por subrayar una narrativa distinta: la de una supuesta secta moderna, ultraconservadora, tecnológicamente sofisticada y potencialmente peligrosa.
Se habló de captación de jóvenes, de influencia ideológica, de merchandising, de libros, de precios, de esculturas, como si el hecho de vender productos culturales o religiosos fuera en sí mismo una prueba de algo turbio.
Para muchos críticos, se cruzó una línea clara entre el periodismo de análisis y el señalamiento ideológico.
La comparación implícita con fenómenos violentos o extremistas fue, para buena parte de la audiencia, el punto de no retorno.
En un contexto en el que España ha alcanzado cifras récord de detenciones relacionadas con el yihadismo desde el 11-M —datos publicados por fuentes oficiales del Ministerio del Interior y recogidos por numerosos medios—, resultó especialmente llamativo que RTVE pusiera el foco de alarma en un grupo que canta villancicos mientras guarda silencio, o trata con extrema tibieza, discursos radicales de otros ámbitos religiosos que sí han generado problemas reales de convivencia y seguridad.
Esta percepción de doble rasero ha alimentado una indignación transversal.
No solo desde sectores conservadores o religiosos, sino también desde ciudadanos que, sin compartir las creencias de Hakuna, consideran inaceptable que la televisión pública utilice recursos narrativos propios del sensacionalismo para construir un enemigo cultural interno.
La crítica no es menor: RTVE se financia con dinero público y tiene, por mandato legal, la obligación de ofrecer una información veraz, plural y equilibrada.
La polémica se agrava cuando se contrasta este tratamiento con otros contenidos emitidos en las mismas fechas.
Mientras Hakuna era presentada bajo un prisma casi apocalíptico, RTVE difundía piezas amables, incluso promocionales, sobre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, mostrando un tono distendido, cercano y festivo.
El contraste entre la música dramática utilizada para hablar de un grupo cristiano y la música ligera empleada para un “house tour” por el Palacio de la Moncloa no pasó desapercibido.
Para muchos espectadores, la conclusión fue evidente: no se trata de criterios periodísticos, sino políticos.
Este episodio no surge en el vacío. Llega en un momento de máxima tensión sobre el papel de RTVE, su independencia editorial y su alineamiento con el Gobierno.
Diversos informes parlamentarios, debates públicos y críticas de asociaciones de periodistas han advertido en los últimos años sobre el riesgo de convertir la radiotelevisión pública en un instrumento de propaganda.
El caso Hakuna ha actuado como catalizador de un malestar acumulado.
Desde RTVE y desde el entorno de Javier Ruiz se ha defendido el reportaje como un análisis legítimo de un fenómeno sociológico relevante.
Se ha insistido en que el crecimiento de movimientos religiosos entre jóvenes merece atención periodística.
Sin embargo, esta defensa no ha logrado apagar la polémica. La clave, según muchos analistas mediáticos, no está en el qué, sino en el cómo.
Analizar no es demonizar. Informar no es caricaturizar. Contextualizar no es insinuar peligros inexistentes.
Otro elemento que ha alimentado la controversia es el lenguaje. Términos como “xenofobia”, “radicalización” o “ultraconservadurismo” aparecieron asociados a imágenes de jóvenes cantando canciones navideñas.
Para expertos en comunicación, esta asociación semántica no es neutra: construye marcos mentales que influyen en la percepción del espectador.
Cuando esos marcos no están respaldados por hechos contrastados, el periodismo pierde credibilidad.
El debate también ha llegado al terreno político. Partidos de la oposición han acusado al Gobierno de permitir, cuando no fomentar, un uso ideológico de RTVE.
Desde sectores de la izquierda, en cambio, se ha defendido el derecho a cuestionar el auge de determinados movimientos religiosos, especialmente cuando se consideran vinculados a posiciones conservadoras.
El problema, insisten los críticos, es que RTVE no es un medio privado con línea editorial propia, sino un servicio público.
En paralelo, el fenómeno Hakuna ha salido reforzado en términos de visibilidad.
Las reproducciones de sus canciones han aumentado, sus redes sociales han ganado seguidores y el debate ha despertado la curiosidad de muchos jóvenes que antes no conocían el movimiento.
Es una paradoja habitual: el intento de estigmatizar termina amplificando aquello que se pretendía frenar. En este sentido, el efecto Streisand ha vuelto a cumplirse.
Más allá del caso concreto, lo sucedido plantea preguntas incómodas. ¿Quién decide qué es peligroso y qué no en el espacio público? ¿Desde qué criterios? ¿Con qué legitimidad? ¿Puede la televisión pública permitirse narrativas que rozan el alarmismo ideológico sin pruebas sólidas? ¿Dónde queda la responsabilidad social del periodismo?
También emerge una reflexión generacional. Hakuna conecta con jóvenes de la llamada Generación Z a través de un lenguaje digital, estético y emocional que muchos medios tradicionales no comprenden.
En lugar de analizar ese fenómeno con rigor, parte del establishment mediático opta por el miedo y la caricatura.
El resultado es una brecha aún mayor entre medios públicos y audiencias jóvenes, que perciben estos contenidos como ajenos, moralizantes o directamente hostiles.
La controversia deja, además, una sensación de cansancio social. Muchos ciudadanos expresan que no se sienten representados ni respetados por una televisión pública que parece hablarle solo a una parte del país.
La polarización no nace solo de la política, sino también de cómo se cuenta la realidad. Cuando los medios dejan de ser puentes y se convierten en trincheras, la democracia se empobrece.
En última instancia, el caso Hakuna no va de villancicos, ni siquiera de religión.
Va de poder, de relato y de control del espacio simbólico. Va de quién define lo aceptable y lo sospechoso.
Va de hasta qué punto una institución pública puede permitirse jugar con el miedo y la estigmatización.
Y va, sobre todo, de la urgencia de recuperar un periodismo que informe sin adoctrinar y critique sin demonizar.
Lo ocurrido estas Navidades quedará como un ejemplo claro de cómo un tratamiento mediático desacertado puede incendiar el debate público.
RTVE tiene ahora una oportunidad: reflexionar, corregir y recordar que su principal obligación no es agradar al poder ni combatir enemigos ideológicos, sino servir a una ciudadanía plural, diversa y cada vez más crítica.
Porque cuando la televisión pública pierde la confianza de la gente, no gana nadie.
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