Sonsoles Ónega se sincera con SEMANA tras publicar su nueva novela: “Se han dicho cosas muy dolorosas de mí”
Acaba de publicar su octava novela, ‘Llevará tu nombre’. “Para escribirla le he robado tiempo a mi novio”, reconoce la periodista.

Sonsoles Ónega se sincera en SEMANA sobre su nueva novela y cómo ha sido el proceso.
Javier Ocaña
Ganar el Premio Planeta en noviembre de 2023 fue para ella una sensación agridulce, porque algunas de las críticas que recibió fueron tan crueles que le rompieron el alma.
Hoy, dos años y medio después, Sonsoles Ónega (48 años) se enfrenta a su nuevo libro, ‘Llevará tu nombre’, nerviosa pero también ilusionada.
La multitudinaria presentación de la novela (estábamos allí más de 60 medios) fue en uno de los restaurantes más antiguos de Madrid, el famoso Lhardy, donde compartimos mesa, mantel (de lino) y cocido con la periodista y escritora.
Divertida, cercana y muy cariñosa en las distancias cortas, Sonsoles saca a relucir la retranca de sus orígenes gallegos en varias ocasiones, pero también su lado más sensible nada más llegar.
“Me he emocionado mucho y tengo todo el tiempo ganas de llorar”, dice antes de que se le quiebre la voz. Feliz posando con su nuevo hijo literario.

Sonsoles Ónega, muy feliz posando con su nuevo hijo literario, ‘Llevará tu nombre’.
Javier Ocaña
Luego, ya repuesta, añade: “Nunca imaginé que aquello que escribiría llevaría mi nombre”, dice haciendo referencia al título de su libro.
Más tarde, tras dar buena cuenta del contundente cocido y charlando con ella en petit comité, nos dice: “Estoy sensiblona y un poco tonta. Hasta me ha dado un poco de vergüenza, porque mis editoras me miraban como diciendo: ‘esta no remonta”.
Tras ganar el Planeta dijiste que escribir ese libro había sido a costa de quitarle tiempo a tus hijos. ¿Y este?
Pues le he robado tiempo a mi novio.
¿Y te ha perdonado?
Espero que sí. Mis editoras dicen que yo he escrito por que he sido muy infeliz en el amor. Con lo que esta no vela es un milagro porque ahora soy tremendamente feliz.
A ver, explica esto.
Es que una vez me dijeron: “Tú has podido escribir y ser madre y trabajar en el Congreso un montón de horas porque eras una infeliz en tu matrimonio”.
Y tenían razón. O sea, yo, con tal de no estar, pues estaba en otro lado. Por eso digo que escribir ahora es un milagro, porque cuando eres feliz te cuesta más, porque solo quieres estar con la otra persona.

Si le preguntas por los planes de boda, Sonsoles Ónega lo tiene claro: “Si me lo piden me lo tendré que plantear, pero de momento pues no”.
Javier Ocaña
Juan, tu novio, entiende ese sacrificio, ¿o no?
Es que no le quedan más narices. La literatura expulsa a familia, amigos… Esta vez me ha costado mucho mas recluirme.
Es difícil encontrar espacios de paz y silencio, pero los consigo porque para mí escribir es como comer, respirar, dormir o saciar la sed con un vaso de agua. Necesito escribir permanentemente.
¿Y cómo te organizas?
Intento adaptar mis rutinas a la televisión, que es mi bendita ocupación a la que le dedico la jornada laboral completa.
No mucho más, yo no soy de esas que dice que trabaja doce horas. Y todo el tiempo que me queda se lo dedico a la literatura.
Pero es verdad que a los libros le dedico contratos a tiempo parcial. Quizá algún día, nunca se sabe, sea al revés. Ahora escribo por las mañanas.
Esta novela, concretamente, se ha escrito metódicamente de seis a once, cada día, desde el puente de diciembre de 2023, tras ganar el Premio Planeta.
Con rabia y con ganas de demostrar que no era una casualidad esto de escribir libros. Son emociones y sensaciones íntimas, que comparto también, porque creo que en la intimidad está la verdad.
Pero, con ocho libros publicados, ¿qué más quieres demostrar?
Bueno, después de ‘Las hijas de la criada’, se dijeron cosas que que me violentaron el alma. Jugar con la vocación, fue muy doloroso.
Tú puedes decir: “Ay, la novela es una mierda”, pero ¿esta tía es un producto? No, eso no. A mí eso me descolocó, me dislocó.
Yo me miré al espejo y dije: “Ostras, ¿quién soy? ¿Por qué escribo?”. Me obligó a volver a recuperar mi esencia.
Me desarmó, me desordenó, sobre todo. Y por eso escribí metódicamente, porque solo hay una fórmula que no falla en la vida: el curro. Es lo único que he hecho toda la puta vida: trabajar.
La protagonista de tu novela, Mada, llega a Madrid a finales del siglo XIX. Ahí busca su camino, pero con una idea clara, huye del matrimonio.
Ella no soy yo, pero es un poco un montón de mujeres. Aunque hace o tiene la inteligencia natural para ver lo que yo no vi.
Y el matrimonio perjudica seriamente la salud de la mujer creadora. Esto es así. No pasa nada por decirlo. Oye, Emilia Pardo Bazán se marchó incluso de su casa.
Vamos, que ya en el 1800 y pico se andaba con esto y somos tan gilipollas que en 2026 nos seguimos casando.
¿Entonces nada de boda?
Bueno, si me lo piden me lo tendré que plantear, pero de momento, pues no (risas).
En la novela se habla de traición, renuncia, crítica social… Pero también tratas la esclavitud de la imagen.
Es impresionante. Y te das cuenta que estamos volviendo un poco a eso… Yo soy la primera que en tono el mea culpa por hablar de la faja, de la que hablo demasiado. Y de los tacones. Pues no hemos aprendido nada de nada.

En la presentación de su libro, Sonsoles Ónega no pudo contener el llanto pensando en todo el esfuerzo, el trabajo, y las lágrimas, que le ha costado llegar hasta donde está ahora
Javier Ocaña
El Planeta fue un premio agridulce. Hubo críticas crueles, se habló de intereses comerciales… ¿Qué esperas con esta novela?
Mi propósito con los libros es que se lea, que la gente lea más, que vaya a las librerías, que se gasten el dinero en un libro que cuesta 22 euros. O sea, que no es peccata minuta.
Que hagan ese es fuerzo por querer leer. Y yo quiero vender muchos libros. ¿Es un buen titular?
Sí, pero con ‘Las hijas de la criada’ vendiste ya 500.000 ejemplares… ¡Qué presión!
Y pesa. Porque es como la audiencia de la tele.
El día que bajas estás ya fastidiado, ¿sabes? Lo que pasa es que puedes corregir las cosas cada día. Con el libro no se puede cambiar nada.
¿Con qué edad soñabas con que una publicación tuya llevara tu nombre?
Yo pensaba que cuando escribías tu primera novela te hacías escritor automáticamente, y no solo eso, sino que vivirías de escribir.
Y no fue así. Yo publiqué mi primera novela, ‘Calle Habana, esquina Obispo’, después de ganar el premio Letras de Novela Corta. Tenía una gratificación de 900 euros, como adelanto de las ventas y no llegué a cubrirlo.
‘Encuentros en Bonaval’ fue el primer libro que hice con Raquel Gisbert, que sigue siendo mi editora en Planeta. Y tampoco cubrió el adelanto de 3.000 euros. Pero seguimos escribiendo.

“Solo hay una fórmula que no falla en la vida: el curro. Es lo que único que he hecho toda la vida, trabajar”, nos revela en SEMANA.
Javier Ocaña
¿Pensar en eso también te emociona?
Es que esto es ir libro a libro, como labrar la tierra. Con ‘Las hijas de la criada’ mucha gente creía que era mi primera novela, Pues qué bien, yo no corrijo a nadie.
Esto es muy lento, como un buen cocido de Lhardy. Y no tiene más receta que la de no desfallecer y volver a intentarlo.
¿Y en algún momento…?
¿Si pensé en tirar la toalla? No, porque a mí me estimula más el fracaso que el éxito. Sí, ¡qué le vamos a hacer! A mí el éxito me acojona, me paraliza, me hace llorar.
El fracaso me empodera. No, esa palabra no, que cada vez que la oigo o la digo me dan ganas de responder: “Chupito”. Creo que diré mejor que me impulsa.
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