En Alemania ven a Juanma Moreno pintado de negro como Baltasar y emiten esta inapelable sentencia.
Dice que algunos adultos al verlo “perdieron la paciencia”.

El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, pintado de negro para ser el rey Baltasar en la cabalgata de Sevilla.
La escena parecía, a primera vista, una estampa más de la tradición navideña española: una cabalgata de Reyes en Sevilla, miles de niños en las aceras, caramelos volando, música, aplausos y la ilusión intacta del 6 de enero.
Sin embargo, en cuestión de horas, esa imagen festiva cruzó fronteras y se convirtió en motivo de debate internacional.
El detonante fue la aparición del presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, caracterizado como el rey Baltasar con el rostro pintado de negro.
Un gesto que, lejos de quedar en el ámbito local, provocó un intenso revuelo mediático y político que alcanzó a medios de referencia europeos como el periódico alemán Die Tageszeitung.
La reacción del rotativo germano fue contundente y nada complaciente. Fundado en 1978 y con una larga tradición de periodismo crítico, Die Tageszeitung analizó el episodio no como una simple anécdota folclórica, sino como un acto cargado de simbolismo político y social.
En su lectura, la decisión de Moreno no fue inocente ni improvisada, sino parte de “una estrategia muy especial” orientada a reforzar su popularidad de cara a las elecciones autonómicas de 2026.
Una interpretación que conecta la tradición, la comunicación política y un debate de fondo que España arrastra desde hace años: el uso del blackface en las cabalgatas de Reyes.
El debate no es nuevo, pero sí cada vez más incómodo. Durante décadas, en muchas ciudades españolas ha sido habitual que el rey Baltasar, tradicionalmente representado como africano, fuera interpretado por una persona blanca maquillada de negro, con labios exageradamente rojos y rasgos caricaturizados.
Para una parte de la sociedad, se trataba de una costumbre inofensiva, heredada y asumida sin mayor reflexión.
Para otra, especialmente en los últimos años, es una práctica profundamente problemática, vinculada a una historia de racismo, burla y estereotipos.
La BBC ya había advertido sobre esta cuestión en reportajes anteriores, subrayando que pintarse la cara de negro, aunque se haga bajo el paraguas de la tradición, “puede interpretarse como un acto racista e insultante”.
La cadena pública británica recordaba que numerosos historiadores, activistas y académicos llevan tiempo denunciando el blackface como una práctica nacida en contextos de discriminación racial, utilizada históricamente para ridiculizar a las personas negras en espectáculos y representaciones públicas.
Entre esas voces críticas destaca la de Kehinde Andrews, profesor de Estudios Negros en la Universidad de Birmingham y fundador de la Organización de la Unidad Negra del Reino Unido.
Andrews ha explicado en múltiples ocasiones que el blackface no es un simple disfraz, sino “una tradición fundamentada en el racismo”, que se apoya en el miedo, la caricaturización y la deshumanización de las personas negras.
Su análisis ha sido ampliamente citado en medios internacionales y ha servido de base para cuestionar este tipo de prácticas en contextos culturales europeos.
Con este marco de fondo, la aparición de Juanma Moreno en la cabalgata de Sevilla adquirió una dimensión distinta.
Die Tageszeitung no se limitó a describir el hecho, sino que lo contextualizó dentro de la política andaluza actual.
El diario subrayó, con cierta ironía, que el apellido del presidente —Moreno— significa literalmente “de piel oscura”, un detalle lingüístico que el medio utilizó para reforzar su tono crítico y sarcástico. Pero más allá de ese apunte, el análisis fue mucho más profundo.
El periódico alemán relató cómo la escena fue recibida de forma desigual por el público. Los niños, ajenos al debate político y social, vitorearon al rey Baltasar, fieles a una tradición en la que son los Reyes Magos de Oriente, y no Papá Noel, quienes traen los regalos.
Sin embargo, entre los adultos el ambiente fue distinto. Algunos perdieron la paciencia, abuchearon y lanzaron gritos que rompieron la magia del momento.
“¡Baltasar, el mejor regalo es un sistema público de salud y educación!”, recogía el diario, reflejando un malestar que va mucho más allá del maquillaje.
Para Die Tageszeitung, este gesto no puede separarse del contexto político que atraviesa Andalucía.
El rotativo afirma que resulta “más que evidente” que la intención de Moreno era utilizar su aparición en la cabalgata para desviar la atención de un escándalo que sacude a la comunidad desde hace semanas: las irregularidades y fallos en las pruebas de detección del cáncer de mama dentro del sistema sanitario andaluz.
Un asunto especialmente sensible, que ha generado preocupación social y críticas a la gestión del Gobierno autonómico.
Desde esta perspectiva, el disfraz de Baltasar se convierte en una maniobra de distracción, una forma de ocupar titulares y generar una conversación alternativa en un momento políticamente delicado.
No se trataría solo de participar en una fiesta popular, sino de usarla como escaparate mediático, consciente del impacto simbólico y emocional que tiene el Día de Reyes en España.
El diario alemán también pone el foco en un cambio social que, aunque lento, es cada vez más visible.
En los últimos años, explica, cada vez menos personas blancas se pintan de negro para interpretar a Baltasar.
En muchas ciudades, este papel lo asumen personas negras reales, en un intento por adaptar la tradición a una sociedad más diversa y consciente.
España cuenta hoy con alrededor de 1,2 millones de personas de color, en su mayoría inmigrantes procedentes de África, que forman parte activa del tejido social y cultural del país.
Este proceso de transformación no es uniforme ni exento de resistencias. Die Tageszeitung reconoce que, pese a los avances, “lamentablemente, Sevilla no fue la excepción”.
Según datos recogidos por el propio rotativo, en cerca de 180 municipios españoles todavía se maquilló a personas blancas para que parecieran negras durante las cabalgatas.
Incluso en Madrid, señalaba el diario, el rey Baltasar llegó a aparecer con una piel visiblemente clara, lo que reavivó las críticas y evidenció las contradicciones de una tradición en transición.
La polémica, por tanto, no se limita a una persona o a una ciudad concreta. Es el reflejo de un debate más amplio sobre cómo las sociedades europeas gestionan sus tradiciones en un contexto de diversidad cultural y mayor sensibilidad social.
Lo que durante décadas fue aceptado sin cuestionamiento, hoy se examina con otros ojos.
Y cuando quien protagoniza el gesto es un alto cargo institucional, la lectura se vuelve inevitablemente política.
En el caso de Juanma Moreno, la controversia adquiere un peso añadido por su posición como presidente de la Junta de Andalucía.
No se trata de un ciudadano anónimo ni de un figurante más, sino del máximo responsable político de la comunidad.
Sus actos, incluso en contextos festivos, se interpretan como mensajes, voluntarios o no, sobre valores, prioridades y sensibilidad social.
El eco internacional del episodio demuestra hasta qué punto estas cuestiones trascienden las fronteras nacionales.
Que un periódico alemán dedique un análisis detallado a una cabalgata en Sevilla no es casual.
Responde al interés creciente de los medios europeos por los debates sobre racismo, representación y populismo cultural.
En ese sentido, el caso andaluz se convierte en un ejemplo más de cómo la política simbólica puede generar efectos inesperados.
También plantea una pregunta incómoda para la sociedad española: ¿hasta qué punto las tradiciones deben mantenerse intactas, y cuándo es necesario revisarlas a la luz de nuevos valores? No hay respuestas simples.
Para muchos, la cabalgata de Reyes es un espacio de ilusión infantil que debería quedar al margen de polémicas.
Para otros, precisamente por su carácter educativo y simbólico, es un escenario clave para transmitir mensajes de respeto e inclusión.
Lo ocurrido en Sevilla y la reacción de Die Tageszeitung evidencian que este debate está lejos de cerrarse.
Cada año, con la llegada del 6 de enero, resurgen las mismas preguntas y las mismas tensiones.
La diferencia es que ahora el escrutinio es mayor, la conciencia social más aguda y la mirada internacional más atenta.
En última instancia, el episodio deja una enseñanza clara para la política contemporánea: los gestos importan, y mucho.
En un mundo hiperconectado, ninguna imagen es inocente, ningún acto queda aislado de su contexto.
Lo que empieza como una cabalgata local puede acabar convertido en un símbolo global de debates profundos sobre identidad, poder y responsabilidad pública. Y en ese escenario, cada decisión cuenta, especialmente cuando se gobierna.
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