El funesto vaticinio de Iñaki López sobre lo que podría ocurrir en Venezuela tras la intervención de Trump: “Correrá la misma suerte”.
Iñaki López ha lanzado un augurio de lo que podría pasar con Venezuela tras el ataque militar perpetrado por Estados Unidos.

La madrugada del sábado 3 de enero quedó marcada por una sacudida informativa que recorrió el planeta a la velocidad de un relámpago.
Mientras en España todavía era de noche, desde Washington salía un mensaje que alteraba el tablero geopolítico internacional.
Donald Trump, presidente de Estados Unidos, anunciaba a través de su red Truth Social que su país había llevado a cabo “con éxito un ataque a gran escala contra Venezuela” y que el presidente venezolano, Nicolás Maduro, había sido capturado y trasladado fuera del país junto a su esposa.
No era un comunicado institucional clásico, ni una comparecencia solemne: era un mensaje directo, personal, con el sello inconfundible del líder republicano.
En cuestión de minutos, las grandes cadenas de televisión de todo el mundo interrumpían su programación.
En España, informativos y tertulias improvisaban conexiones especiales, analistas y corresponsales entraban en directo y las redes sociales ardían.
La pregunta no era solo qué había pasado exactamente, sino qué consecuencias podía tener un movimiento de tal calibre en una región históricamente marcada por la intervención extranjera y la inestabilidad política.
Desde Caracas, la respuesta oficial no tardó en llegar. El Gobierno venezolano denunció lo ocurrido como una “gravísima agresión militar perpetrada por el Gobierno actual de los Estados Unidos de América”.
En un comunicado difundido por canales oficiales, se hablaba de una “violación flagrante de la Carta de las Naciones Unidas”, citando expresamente los artículos que consagran el respeto a la soberanía, la igualdad jurídica entre Estados y la prohibición del uso de la fuerza.
El lenguaje no era casual: buscaba situar el relato en el terreno del derecho internacional y apelar a la comunidad global.
La tensión informativa crecía a medida que pasaban las horas. Las imágenes eran escasas, las versiones contradictorias y el silencio de algunos actores internacionales resultaba tan elocuente como los pronunciamientos más duros.
En ese vacío, las opiniones comenzaron a ocupar el centro del debate. Políticos, periodistas, académicos y ciudadanos anónimos trataban de interpretar no solo el hecho en sí, sino sus motivaciones profundas.
Entre las voces que más repercusión generaron en España destacó la de Iñaki López.
El presentador de “Más Vale Tarde”, conocido por no esquivar temas incómodos, utilizó su cuenta en X para poner el foco en una cuestión que, para muchos, resultaba incómoda pero inevitable.
Citando palabras del propio Trump —“Vamos a hacer que nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses intervengan”—, López lanzó una reflexión que actuó como chispa en un barril de pólvora digital.
“¿El petróleo era el objetivo? ¿Groenlandia la próxima parada?”, escribió el comunicador.
Dos preguntas aparentemente simples, pero cargadas de intención.
En ellas se condensaba una sospecha histórica: que detrás de los discursos sobre democracia, libertad o seguridad internacional se escondan intereses económicos y estratégicos, especialmente cuando se trata de países con enormes recursos naturales.
La afirmación posterior fue aún más contundente. Iñaki López advirtió de que Venezuela podría correr la misma suerte que otros países que han sido intervenidos militarmente por Estados Unidos en las últimas décadas, como Irak, Afganistán o Libia.
No hablaba de ideología, sino de precedentes. De Estados que, tras una intervención externa, quedaron sumidos en largos periodos de caos, violencia y fragmentación social.
El eco de sus palabras fue inmediato. Miles de usuarios reaccionaron, compartieron y comentaron el mensaje.
La mayoría lo hacía para respaldar su análisis. “De verdad alguien cree que Trump actúa por el bienestar del pueblo venezolano”, escribía una usuaria, subrayando el control de los recursos energéticos como posible trasfondo.
Otros iban más allá y ampliaban el mapa de posibles objetivos estratégicos, mencionando territorios como Groenlandia, Canadá, Cuba o incluso el Canal de Panamá.
No faltaron quienes introdujeron el debate europeo. “Cuando mire hacia Groenlandia, a ver si la Unión Europea mantiene esta frialdad”, apuntaba un comentario que acumuló cientos de interacciones.
La alusión no era gratuita: Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa, ha sido mencionada en varias ocasiones por Trump como un enclave estratégico de interés para Estados Unidos.
La intervención en Venezuela, según este razonamiento, podría sentar un precedente peligroso.
Más allá del ruido en redes, el debate tocaba fibras profundas. Venezuela no es solo un país con una crisis política prolongada; es también una de las mayores reservas de petróleo del mundo.
Durante años, su riqueza energética ha sido tanto una bendición como una maldición.
Ha atraído inversiones, alianzas y también presiones externas. En ese contexto, cualquier acción militar extranjera despierta automáticamente sospechas sobre el verdadero equilibrio entre principios y intereses.
Al mismo tiempo, nadie ignora la situación interna venezolana. La deriva autoritaria del chavismo, las denuncias de fraude electoral, la represión de la oposición, la crisis humanitaria y el éxodo de millones de ciudadanos han sido documentados por organismos internacionales y medios de comunicación de todo el mundo.
Para muchos, Maduro representa un régimen agotado y sostenido por la fuerza. Para otros, sin embargo, la intervención extranjera no es la solución, sino un agravante del problema.
Ese choque de percepciones explica la polarización del debate. Hay quienes celebran cualquier golpe al régimen venezolano, venga de donde venga, y quienes advierten de que el remedio puede ser peor que la enfermedad.
En ese cruce de argumentos, la intervención de Iñaki López funcionó como catalizador porque no defendía a Maduro, pero tampoco compraba el relato heroico de Washington sin cuestionarlo.
La historia reciente pesa como una losa. Irak fue invadido bajo la premisa de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron.
Libia pasó de ser un Estado autoritario a un territorio fragmentado y controlado por milicias.
Afganistán, tras veinte años de presencia militar extranjera, volvió al punto de partida. Estos antecedentes alimentan el escepticismo de una parte importante de la opinión pública.
En paralelo, el uso de las redes sociales como canal oficial de anuncios de guerra o intervenciones militares añade una capa adicional de inquietud.
La diplomacia tradicional, con sus tiempos y formalidades, parece ceder terreno a mensajes directos, emocionales y, a veces, ambiguos. Esto genera titulares inmediatos, pero también incertidumbre y desinformación.
La reacción del Gobierno venezolano, apelando a la Carta de las Naciones Unidas, busca precisamente ese respaldo multilateral que históricamente ha sido esquivo en conflictos de este tipo.
Sin embargo, la eficacia real de estas denuncias depende del posicionamiento de las grandes potencias y de organismos como el Consejo de Seguridad, donde los equilibrios de poder suelen bloquear decisiones contundentes.
Mientras tanto, la ciudadanía asiste al espectáculo con una mezcla de miedo, cansancio y desconfianza.
Para los venezolanos dentro y fuera del país, cada noticia de este calibre reactiva traumas, expectativas y temores.
Para el resto del mundo, es una nueva prueba de que el orden internacional es cada vez más frágil y que las reglas pueden romperse con una facilidad inquietante.
El debate abierto por Iñaki López no es, en el fondo, sobre Trump, ni siquiera exclusivamente sobre Venezuela.
Es una invitación a mirar más allá del titular, a preguntarse quién gana y quién pierde con cada movimiento geopolítico, a no aceptar relatos simplificados en un mundo complejo.
Es, también, un recordatorio de que la historia no se repite exactamente, pero rima con una frecuencia alarmante.
En un contexto saturado de información instantánea, detenerse a pensar se convierte casi en un acto de resistencia.
Preguntarse por las motivaciones, exigir pruebas, recordar precedentes y escuchar voces críticas no es antipatriótico ni ingenuo; es una forma de ciudadanía activa.
Y quizá ahí resida el verdadero valor de este tipo de intervenciones públicas: no en ofrecer respuestas cerradas, sino en obligarnos a formular las preguntas correctas.
Porque lo que está en juego no es solo el futuro de Venezuela, sino la manera en que el mundo gestiona el poder, los recursos y la soberanía en el siglo XXI.
Y en ese tablero, cada silencio, cada tuit y cada bomba cuentan mucho más de lo que parece a simple vista.
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