Ortega Smith recurre a unas palabras de Abascal para desmontar a Abascal tras su expulsión de la Ejecutiva en plena revuelta interna en Vox.
El que fuera secretario general de Vox ha sido expulsado de la Ejecutiva tras numerosos desencuentros con la cúpula. Se mantiene, por ahora, como portavoz en el Ayuntamiento de Madrid.

La llamada “revuelta” interna en Vox no solo no se ha disipado, sino que parece haberse intensificado incluso en un contexto que, sobre el papel, debería haber servido para cerrar filas.
El partido de ultraderecha acaba de lograr un resultado electoral relevante en Extremadura, donde ha duplicado su representación y se consolida como una fuerza decisiva para la gobernabilidad.
Sin embargo, lejos de capitalizar ese éxito y proyectar una imagen de fortaleza, Vox sigue atrapado en una dinámica de conflictos internos que vuelven a situar a Madrid como epicentro de la crisis.
En la víspera de Nochebuena, un momento simbólico que no pasa desapercibido en la política española, la dirección nacional del partido decidió expulsar a Javier Ortega Smith de la Ejecutiva.
El movimiento, frío y contundente, marca un nuevo punto de inflexión en la relación cada vez más deteriorada entre el que fuera secretario general y cofundador de Vox y la cúpula encabezada por Santiago Abascal.
No se trata de un episodio aislado, sino del último capítulo de una larga serie de desencuentros que se arrastran desde hace años y que reflejan una lucha de poder mucho más profunda.
Ortega Smith no es un militante cualquiera. Fue una de las caras visibles en la fundación del partido, uno de los hombres de máxima confianza de Abascal en sus primeros años y una figura clave en la construcción de la estructura interna de Vox.
Durante mucho tiempo, su perfil combativo y su lealtad al liderazgo lo situaron como un pilar indiscutible.
Precisamente por eso, su progresiva conversión en la voz interna más crítica ha tenido un impacto especialmente significativo dentro y fuera del partido.
La expulsión de la Ejecutiva no implica su salida inmediata de todos los cargos. Ortega Smith continúa siendo portavoz del Grupo Municipal de Vox en el Ayuntamiento de Madrid, lo que añade una capa adicional de complejidad al conflicto.
La decisión evidencia una estrategia clara de la dirección: apartarlo de los centros de decisión interna sin forzar, por ahora, una ruptura total que podría tener costes políticos y mediáticos más elevados.
Lejos de responder con una declaración frontal o un ataque directo, Ortega Smith optó por una fórmula mucho más sutil, pero no menos potente desde el punto de vista simbólico.
En un mensaje publicado en la red social X, se limitó a escribir: “Hoy, igual que entonces, sigo creyendo en lo mismo”.
Una frase aparentemente neutra que, sin embargo, iba cargada de intención. El exsecretario general acompañó el mensaje con un extracto de una antigua entrevista de Santiago Abascal, en la que el actual líder de Vox criticaba duramente el funcionamiento interno de los partidos políticos en España.
En aquella intervención, Abascal denunciaba que los partidos se habían convertido en “instituciones muy poco democráticas”, donde el líder decide las listas, coloca a los cargos y genera una estructura de dependencia económica y política que dificulta la libertad interna.
“Es muy difícil que la gente sea libre en un partido político en España”, afirmaba entonces.
El fragmento recuperado por Ortega Smith iba aún más lejos al señalar que la democracia había sido “secuestrada por los partidos”, transformada en una partitocracia carente de verdadera democracia interna, lo que desemboca en una profunda crisis de representación.
El mensaje era claro sin necesidad de añadir una sola palabra propia. Ortega Smith utilizaba el discurso del Abascal de otros tiempos para cuestionar al Abascal actual, sugiriendo que Vox habría caído precisamente en aquello que su líder denunciaba con vehemencia en el pasado.
La referencia a que esas ideas son compartidas “entonces y hoy” funciona como un reproche implícito y, al mismo tiempo, como una reivindicación de coherencia personal frente a lo que considera una deriva autoritaria dentro del partido.
Este choque no surge de la nada. En los últimos años, Vox ha experimentado una creciente centralización del poder en torno a la figura de Santiago Abascal y a un núcleo muy reducido de dirigentes.
Diversas salidas, expulsiones y relegaciones internas han alimentado la percepción de que el partido no tolera bien la disidencia, incluso cuando procede de figuras históricas.
Casos como los de Macarena Olona, Iván Espinosa de los Monteros o Juan García-Gallardo han contribuido a reforzar la narrativa de un liderazgo férreo que prioriza la disciplina sobre el debate interno.
La situación resulta especialmente llamativa porque coincide con un momento de relativa bonanza electoral.
En Extremadura, Vox no solo ha resistido, sino que ha crecido de forma notable, duplicando su presencia parlamentaria y aumentando su capacidad de influencia.
En cualquier otra formación, un resultado así habría servido para rebajar tensiones y proyectar estabilidad.
En Vox, en cambio, parece haber tenido el efecto contrario: ha evidenciado que los problemas del partido no son electorales, sino estructurales y orgánicos.
Desde Madrid, donde se concentran los principales órganos de poder del partido, la sensación es la de una organización que avanza hacia fuera mientras se fractura por dentro.
Las luchas internas, lejos de resolverse, se cronifican. La expulsión de Ortega Smith de la Ejecutiva es interpretada por muchos analistas como un mensaje disciplinador al resto de cuadros: la discrepancia pública o privada con la línea oficial tiene consecuencias.
Al mismo tiempo, la estrategia de Ortega Smith demuestra que el conflicto no va a desaparecer fácilmente.
Su decisión de no atacar de forma explícita, sino de recurrir a las palabras del propio Abascal, revela una batalla más sofisticada, centrada en el relato y en la legitimidad moral.
No es una simple cuestión de cargos, sino una disputa sobre el alma del partido y sobre el modelo de liderazgo que debe imperar.
El trasfondo de este enfrentamiento conecta con un debate más amplio en la política española: el funcionamiento interno de los partidos y la distancia creciente entre las direcciones y sus bases.
Vox, que nació con un discurso fuertemente crítico contra el sistema de partidos y la “vieja política”, se enfrenta ahora a las mismas acusaciones que lanzaba contra sus adversarios. La paradoja es evidente y, para muchos votantes, difícil de ignorar.
A corto plazo, la dirección de Vox confía en que los buenos resultados electorales y la disciplina interna permitan contener el impacto de estas crisis.
Sin embargo, a medio y largo plazo, la acumulación de conflictos y la salida o marginación de figuras relevantes pueden pasar factura.
La política no solo se mide en escaños, sino también en cohesión, credibilidad y capacidad de integrar distintas sensibilidades bajo un mismo proyecto.
La figura de Javier Ortega Smith seguirá siendo clave en este proceso. Su permanencia en el Ayuntamiento de Madrid le garantiza visibilidad y un altavoz político que puede resultar incómodo para la dirección nacional.
Cada gesto, cada mensaje medido, cada referencia al pasado del partido adquiere un peso específico en un contexto de tensión permanente.
Mientras tanto, Vox continúa avanzando en el tablero electoral español, pero lo hace con una grieta interna cada vez más visible.
La pregunta que muchos se hacen es si el partido será capaz de resolver esta contradicción entre éxito externo y conflicto interno, o si, por el contrario, estas luchas acabarán erosionando el proyecto desde dentro.
La expulsión de Ortega Smith de la Ejecutiva no cierra la crisis; todo apunta a que es solo una etapa más de una confrontación que aún está lejos de su desenlace.
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