¡ZASCA HISTÓRICO! RUFIÁN ARRINCONA a la ULTRADERECHA por el RACISMO 🔥 “QUIEN PACTA CON ODIO”.
Siempre se ha sabido que el miedo es rentable, pero pocas veces se había visto con tanta claridad cómo se fabrica, cómo se empaqueta y cómo se convierte en votos.
No hace falta un partido tradicional ni una estructura clásica. Basta un canal de Telegram, un puñado de consignas repetidas hasta la saciedad y un enemigo lo suficientemente débil como para no poder defenderse.
Con eso, hoy, se consiguen escaños en el Parlamento Europeo y se amenaza con entrar en las Cortes Generales.
La escena no es nueva, pero sí más peligrosa. Mentiras recicladas, teorías conspirativas y nostalgias autoritarias conviven sin complejos en el mismo discurso.
Biden es un robot, la ONU fomenta la pedofilia, nos fumigan desde aviones secretos, la lotería está amañada y con Franco se vivía mejor porque, según el relato, hasta se podía dejar el móvil en la toalla de la playa.
No importa que nada de eso sea cierto. Importa que se repita. Importa que se simplifique. Importa que conecte con una emoción primaria: el miedo.
En su intervención, Gabriel Rufián no empieza hablando de inmigración. Empieza hablando precisamente de eso: del miedo.
De cómo se construye de forma artificial, de cómo se inocula a base de mensajes simples y constantes, de cómo termina colándose incluso entre quienes saben que algo no encaja, pero ya no tienen fuerzas para desmontarlo.
Y en ese punto introduce una palabra que se ha convertido en arma política: “mena”.
Rufián no la esquiva, no la suaviza, no la rodea. La desmonta. La toma y la despieza en directo hasta devolverla a su significado original, el que se intenta borrar a propósito: niños y niñas solos.
Menores. Personas. En ese instante, el ambiente cambia.
Porque cuando se sustituye una etiqueta por un rostro, cuando se cambia un acrónimo por una historia humana, el relato del odio empieza a resquebrajarse.
No es casual que la extrema derecha prefiera siglas a nombres. “Mena” no llora, no tiene miedo, no recuerda, no huye. “Niño” sí.
Y ahí está la trampa. Deshumanizar es siempre el primer paso. Convierte al otro en un objeto abstracto, en una amenaza difusa, en algo sobre lo que se puede mentir sin consecuencias morales inmediatas. Es mucho más fácil criminalizar una etiqueta que señalar a un menor.
Rufián conecta ese presente con una memoria incómoda que muchos preferirían no recordar. Los llamados “menas del 39”.
Miles de niños españoles que huyeron del fascismo tras la Guerra Civil, enviados a Francia, México o la Unión Soviética para salvar la vida.
Niños solos, separados de sus familias, empujados al exilio por una violencia que no eligieron.
El paralelismo incomoda porque desmonta el relato actual. Aquellos niños hoy serían reivindicados como víctimas; los de ahora son señalados como amenazas.
La migración nunca es un plan atractivo. Nadie se sube a un cayuco por capricho.
Nadie se esconde en los bajos de un camión porque quiera vivir una aventura. Migrar es jugarse la vida porque quedarse es peor.
Y, sin embargo, el discurso dominante insiste en presentar la llegada de personas migrantes como una invasión organizada, cuando los datos oficiales muestran que los flujos migratorios responden a conflictos, pobreza extrema y desigualdades globales que tienen responsables muy concretos.
La paradoja es evidente. Es mucho más caro, más peligroso y más incierto llegar en cayuco que hacerlo en crucero.
Y, sin embargo, solo uno de esos viajes despierta alarma política. No existe migración del norte al sur en pateras porque nadie huye de la abundancia hacia la miseria.
Esa simple verdad desmonta gran parte del relato alarmista, pero no interesa repetirla porque no genera clics ni votos.
La llamada “teoría del reemplazo” aparece entonces como otro de los grandes ejes del miedo contemporáneo.
Rufián le da la vuelta con ironía amarga: sí, hay un reemplazo, pero no el que señalan.
No se está reemplazando población, se está reemplazando el debate público por consignas cada vez más extremas.
Y eso ocurre porque alguien las escucha, las amplifica y las legitima.
La clave del éxito del discurso del odio no está solo en quien lo emite, sino en el contexto social que lo permite.
Hay personas que están mucho más cerca de perder su casa, su empleo o su futuro que de sufrir una ocupación.
Sin embargo, temen lo segundo y no lo primero. Esa es la victoria del miedo: desplazar el foco del problema real hacia un enemigo ficticio.
Durante años se ha señalado a la televisión, a las tertulias y a determinados medios como los grandes amplificadores del discurso reaccionario.
Y es cierto que han jugado un papel relevante. Pero hoy el epicentro está en el móvil.
En redes sociales, en vídeos cortos, en mensajes diseñados para generar rabia, no reflexión.
Ahí se construye una identidad basada en la frustración y se señala un culpable fácil: el más pobre, el más débil, el que no tiene altavoz.
Decir que quienes votan a la ultraderecha votan “mal” o son “ignorantes” es un error estratégico y moral.
No es un voto irracional. Es un voto construido desde la ira, el resentimiento y la sensación de abandono.
Cuando alguien siente que no tiene futuro, deja de desear uno mejor y empieza a querer que nadie lo tenga.
Ese es el caldo de cultivo perfecto para los discursos autoritarios.
En paralelo, proliferan los nuevos gurús del éxito fácil. El llamado “shadow pulismo”, la cultura del esfuerzo individual llevada al extremo, vende una idea simple: si no triunfas es porque no te esfuerzas lo suficiente.
Levántate a las cinco, pasa hambre, dúchate con agua fría, no te relaciones, exprímelo todo.
El mensaje oculta un detalle esencial: para facturar millones sin red necesitas, casi siempre, haber nacido en una familia rica.
El fracaso personal se convierte así en culpa individual. Y cuando alguien no puede pagar un alquiler o comprar una vivienda, el problema ya no es un sistema económico injusto, sino el inmigrante que cobra menos.
Esa mentira se repite miles de veces al día en vídeos motivacionales disfrazados de superación personal, hasta que cala.
Los datos oficiales son claros. En España es mucho más probable que un inmigrante sea explotado laboralmente que que cometa un delito.
La gran mayoría de casos de explotación los protagonizan empresarios españoles.
Pero esa realidad no interesa al discurso del miedo, porque no sirve para señalar hacia abajo, sino hacia arriba.
El verdadero peligro para las ciudades no llega en patera ni vende en una manta.
Llega en yate o en avión privado. Llega para comprar veinte pisos y ponerlos a precios inalcanzables
Llega para convertir un derecho básico en un activo financiero. Pero señalar eso exige enfrentarse al poder, no al vulnerable.
La intervención de Rufián no busca el aplauso fácil. No ofrece una solución mágica ni un cierre épico.
Deja algo más incómodo: un espejo. Obliga a preguntarse hasta qué punto se ha normalizado un lenguaje que deshumaniza, que convierte a niños en amenazas y a pobres en sospechosos.
Y advierte de algo fundamental: cuando se acepta señalar a los más débiles, el siguiente paso siempre es más fácil.
Este debate no va solo de inmigración. Va de memoria, de dignidad y de democracia.
De recordar que este país también fue un país de exiliados, de niños solos y de familias rotas.
Y de entender que el olvido no es inocente: es rentable. Cada vez que se vacía de humanidad una palabra, alguien gana poder.
La pregunta final queda flotando, sin respuesta cerrada, porque no puede haberla. ¿Qué pasa cuando el odio se normaliza? ¿A quién le tocará después? Compartir, hablar y señalar estas dinámicas no es postureo moral.
Es una forma de defensa democrática. Porque el miedo solo avanza cuando se le deja espacio. Y el silencio, casi siempre, juega a su favor.
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