Un ex alto cargo de Feijóo, condenado a 20 años de prisión por delitos de organización criminal.
Fue director general de la Administración Local de la Consellería de Presidencia cuando Feijóo estaba al frente de la Xunta.

La sentencia de la Audiencia Nacional que condena a José Norberto Uzal, ex director general de la Administración Local de la Xunta de Galicia durante el mandato de Alberto Núñez Feijóo, a 19 años y medio de prisión por delitos de organización criminal, fraude fiscal y blanqueo de capitales, ha reabierto el debate sobre la corrupción institucional y la responsabilidad política en España.
El caso, que involucra a uno de los antiguos hombres fuertes del gobierno gallego y a la poderosa holding Hafesa, dedicada a la comercialización de hidrocarburos, trasciende la mera crónica judicial y se convierte en símbolo de las tensiones entre poder político, grandes empresas y la justicia.
La condena de Uzal, dictada este lunes, ha provocado una onda expansiva que no solo afecta a la reputación de la Xunta y el entorno de Feijóo, sino que también pone en cuestión el funcionamiento del sector energético y la eficacia de los controles públicos frente a las prácticas fraudulentas.
Los magistrados consideran probado que, tras dejar su cargo en la administración autonómica y pasarse al sector privado en 2013, Uzal participó activamente en una trama diseñada para eludir el pago de más de 154 millones de euros en IVA, mediante operaciones sistemáticas de fraude y blanqueo que beneficiaban a un conglomerado empresarial con ramificaciones internacionales.
La sentencia, a la que ha tenido acceso Europa Press, dibuja el perfil de Uzal como pieza clave en la jerarquía de la organización: transmitía órdenes, intervenía en decisiones estratégicas y supervisaba la dinámica fraudulenta que permitía a Hafesa monopolizar el mercado, expulsando a competidores incapaces de igualar sus precios, gracias a la venta de hidrocarburos por debajo del coste real.
No se trataba de una simple colaboración comercial, sino de una estructura sofisticada, con distintos niveles de responsabilidad y una clara voluntad de enriquecimiento ilícito.
El epicentro del escándalo es Hafesa, holding petrolero cuyo propietario, Alejandro Hamlyn, se encuentra actualmente fugado de la justicia.
Hamlyn, número uno de la trama y jefe directo de Uzal, reapareció en la actualidad mediática el pasado mayo tras revelarse que había mantenido videoconferencias con Leire Díez, supuestamente para negociar favores de la Fiscalía a cambio de información sobre mandos de la Guardia Civil y del ministerio público. Este episodio añade una capa de opacidad y sospecha sobre el alcance de la red delictiva.
La Audiencia Nacional, en su resolución, no solo condena a Uzal y a Hafesa como persona jurídica, sino que extiende la sentencia a otros trece implicados en la trama, todos ellos vinculados al fraude fiscal y al blanqueo de capitales.
Hamlyn, por estar en paradero desconocido, queda fuera del procedimiento por el momento, pero su sombra planea sobre el futuro judicial de la organización.
La reacción de Hafesa no se ha hecho esperar. En un comunicado, la compañía ha anunciado que recurrirá la sentencia ante la Sala de Apelación de la Audiencia Nacional, argumentando que el resultado del juicio contradice las pruebas presentadas y defendiendo la legalidad de sus actuaciones.
Hafesa sostiene que su relación con los operadores del sector fue meramente comercial, sin colusión para alterar precios ni dirección alguna para defraudar a Hacienda.
Además, subraya que la sentencia no afecta a la continuidad de sus operaciones, que se mantienen con normalidad y bajo el compromiso de transparencia y cumplimiento normativo.
Sin embargo, la contundencia de la resolución judicial y la cantidad defraudada —más de 154 millones de euros en IVA— sitúan el caso en el centro del debate público.
La trama, que operó entre 2016 y 2019, diseñó un plan para incorporar el IVA repercutido al patrimonio de las empresas, logrando así un margen de beneficio extraordinario y una ventaja competitiva que distorsionó el mercado.
Los magistrados describen una estrategia deliberada para erradicar la competencia y maximizar las ganancias a costa de las arcas públicas, en un contexto de opacidad y connivencia empresarial.
El caso Uzal-Hafesa plantea interrogantes profundos sobre la relación entre poder político y grandes empresas, especialmente en sectores estratégicos como el energético.
La transición de Uzal del ámbito público al privado, y su papel central en la trama, alimentan la sospecha de puertas giratorias y de una cultura de impunidad que, lejos de ser anecdótica, parece enquistada en ciertas áreas de la administración y el tejido empresarial.
La dimensión política del caso es ineludible. Aunque Feijóo no está directamente implicado, la condena de uno de sus ex altos cargos pone en cuestión la gestión de la Xunta en materia de transparencia y control institucional.
El hecho de que Uzal ocupara puestos de responsabilidad bajo el mando del actual líder del PP nacional añade presión sobre el partido y sobre la necesidad de depurar responsabilidades más allá de lo estrictamente judicial.
La narrativa de regeneración y lucha contra la corrupción, tan presente en el discurso político, se ve desafiada por la realidad de los hechos y por la persistencia de prácticas fraudulentas de gran escala.
La reacción social y mediática no se ha hecho esperar. El caso ha generado un intenso debate sobre la eficacia de los mecanismos de control y la capacidad del Estado para combatir el fraude fiscal y el blanqueo de capitales en sectores de alta complejidad.
La magnitud de la trama y el perfil de los implicados han alimentado la indignación ciudadana y la demanda de reformas estructurales que garanticen la independencia de los organismos reguladores y la transparencia en la gestión pública.
La defensa de Hafesa, que insiste en la corrección de sus actuaciones y niega cualquier colusión o injerencia para defraudar al fisco, contrasta con la contundencia del fallo judicial y con la evidencia de una estructura organizada para eludir impuestos y monopolizar el mercado.
El recurso anunciado por la compañía abre un nuevo capítulo en la batalla legal, pero no disipa las dudas sobre el impacto de la trama en la competencia y en la recaudación pública.
El caso también pone de relieve la vulnerabilidad del mercado de hidrocarburos frente a prácticas fraudulentas y la necesidad de fortalecer los controles y la supervisión en un sector clave para la economía.
La capacidad de Hafesa para operar por debajo del precio de coste, gracias al fraude del IVA, revela las debilidades del sistema y la urgencia de medidas que impidan la consolidación de monopolios y protejan a los operadores legítimos.
La condena a Uzal y el cerco judicial sobre Hafesa son, en última instancia, una llamada de atención sobre la importancia de la ética empresarial y la responsabilidad institucional.
El fraude fiscal y el blanqueo de capitales no son solo delitos económicos, sino ataques directos a la equidad y al funcionamiento del Estado de derecho.
La respuesta de la justicia, aunque tardía, marca un precedente importante y refuerza la exigencia de transparencia y rendición de cuentas en todos los niveles.
En este contexto, la figura de Uzal encarna las contradicciones de una España que aspira a la modernidad y la limpieza institucional, pero que sigue luchando contra inercias y prácticas que socavan la confianza ciudadana.
La transición del ex alto cargo de Feijóo al sector privado y su papel en la trama delictiva son ejemplos de los riesgos asociados a la falta de controles efectivos y a la permeabilidad entre lo público y lo privado.
El futuro del caso dependerá, en parte, del desarrollo del recurso presentado por Hafesa y de la capacidad de la justicia para mantener la presión sobre los implicados, incluidos aquellos que, como Hamlyn, permanecen fuera del alcance de los tribunales.
Pero más allá de la batalla legal, el caso Uzal-Hafesa es una oportunidad para abrir un debate de fondo sobre la regeneración institucional, la responsabilidad política y la necesidad de construir un sistema económico y administrativo impermeable al fraude y la corrupción.
La historia, sin duda, seguirá evolucionando. Cada sentencia, cada recurso y cada nueva revelación alimentarán el debate sobre la calidad democrática y la fortaleza de las instituciones españolas.
La condena a Uzal es solo el principio de una reflexión colectiva que debe ir más allá de los titulares y las cifras, para abordar las causas profundas de la corrupción y las reformas necesarias para erradicarla.
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