El análisis del ‘Financial Times’ sobre la gestión económica de Sánchez que levantará ampollas en el PP.

 

 

En sus páginas destaca el “resurgimiento” de las economías del sur, el giro del mercado laboral y el impulso de las renovables, en contraste con el eje tradicional.

 

 

 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante unas jornadas sobre desigualdad social.

 

 

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el nombre de España aparecía en los titulares internacionales acompañado de un acrónimo incómodo, casi humillante. “PIIGS”. Cinco letras que, más que describir una situación económica, parecían dictar sentencia. Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España eran señaladas como las economías frágiles de Europa, el eslabón débil del euro, el vagón de cola condenado a arrastrar el peso de la deuda y el desempleo.

 

Durante aquellos años de la crisis de deuda soberana, la narrativa era implacable. Cada dato de paro, cada prima de riesgo disparada, cada rescate bancario reforzaba la sensación de que el sur del continente estaba atrapado en una espiral de la que tardaría generaciones en salir. El término se repetía en informes, tertulias financieras y análisis de mercados. Y aunque muchos lo consideraban ofensivo, terminó por instalarse en el imaginario colectivo.

 

Más de una década después, el tablero ha cambiado de forma inesperada. Y lo ha hecho con un reconocimiento que pocos habrían anticipado en 2012. El influyente diario británico Financial Times ha publicado un análisis en el que sostiene que aquellas economías periféricas, antes vistas como problema, son ahora “los puntos más brillantes del continente”. La frase no es menor. Proviene de uno de los referentes globales en información económica y financiera.

 

El giro no es retórico ni complaciente. Se apoya en datos, tendencias y comparaciones que revelan una transformación profunda. Grecia, Portugal, Irlanda e Italia —países que compartieron con España el estigma del acrónimo— encaran el ejercicio con previsiones de superávit presupuestario primario. Es decir, antes de pagar intereses de la deuda, sus cuentas públicas muestran equilibrio o incluso saldo positivo. Hace quince años, ese escenario parecía inalcanzable.

 

El contraste resulta aún más llamativo cuando se observa la evolución de otras economías centrales del continente. El análisis subraya que Francia mantiene una trayectoria ascendente en su ratio de deuda pública, un factor que genera inquietud en los mercados. El eje tradicional de estabilidad europea ya no monopoliza las buenas noticias. La periferia ha ganado protagonismo.

 

En el caso español, el cambio es especialmente simbólico. Durante lo peor de la crisis, la tasa de desempleo superó el 25%. El paro juvenil alcanzó niveles dramáticos. La construcción se desplomó, el crédito se contrajo y miles de familias vieron cómo el sueño de la prosperidad se desvanecía. La palabra “rescate” flotaba en el ambiente con una carga política y emocional enorme.

 

Hoy, el panorama es diferente. La tasa de paro se ha reducido a más de la mitad respecto a aquel pico histórico. No se trata solo de una mejora coyuntural, sino de un ajuste estructural que ha implicado reformas laborales, cambios en la negociación colectiva y políticas orientadas a la formación y la empleabilidad. El mercado laboral español sigue enfrentando desafíos, pero la magnitud del avance es innegable.

 

El Financial Times destaca precisamente esa transformación. Señala que, frente al escenario de paro masivo y precariedad que caracterizó la década pasada, se han impulsado medidas para reducir el desempleo de larga duración y mejorar las competencias de la fuerza laboral. En un contexto en el que varios países del norte de Europa sufren escasez de mano de obra cualificada, España ha optado por atraer trabajadores extranjeros para reforzar su tejido productivo.

 

La inmigración, lejos de ser solo un debate político, aparece como uno de los motores silenciosos del crecimiento. El aumento de población en edad de trabajar ha contribuido a sostener la expansión económica. Este factor demográfico, combinado con la creación de empleo, ha reforzado la base de cotizantes y ha dado oxígeno a las cuentas públicas.

 

Pero el cambio no se limita al mercado laboral. Durante años, el turismo fue señalado como el principal motor de la economía española, con todas las virtudes y vulnerabilidades que ello implica. La pandemia puso de manifiesto el riesgo de depender en exceso de un sector cíclico y sensible a shocks externos. Sin embargo, la recuperación posterior fue intensa, y el sector volvió a batir récords de visitantes y gasto.

 

Lo relevante ahora es que el turismo ya no es el único pilar. España ha avanzado en diversificación, con una apuesta clara por sectores de alto valor añadido. Entre ellos, las energías renovables ocupan un lugar central. El país se ha convertido en referencia europea en generación eólica y solar, apoyado en recursos naturales abundantes y en un marco regulatorio que ha incentivado la inversión.

 

Esta especialización no solo reduce la dependencia energética, sino que posiciona a España como actor clave en la transición ecológica del continente. En un momento en que la seguridad energética es un asunto estratégico tras las tensiones geopolíticas recientes, contar con capacidad propia de generación renovable es una ventaja competitiva.

 

El buen tono también se refleja en los mercados financieros. El año pasado, los índices bursátiles de referencia en España e Italia superaron las ganancias registradas en Francia y Alemania. Más allá de la volatilidad inherente a los mercados, el dato simboliza un cambio de narrativa. Inversores que antes miraban al sur con desconfianza ahora encuentran oportunidades.

 

Grecia, uno de los países más castigados por la crisis de deuda, también ha experimentado una transformación notable. Tras años de ajustes severos y reformas impopulares, ha recuperado acceso pleno a los mercados y ha mejorado su calificación crediticia. Portugal, por su parte, ha mantenido una disciplina fiscal que le ha permitido reducir su ratio de deuda sobre PIB de forma sostenida.

 

Irlanda, aunque con características propias por su modelo basado en inversión extranjera y multinacionales tecnológicas, consolidó su recuperación tras el rescate bancario. Italia, tradicionalmente señalada por su elevada deuda pública, muestra señales de mayor estabilidad presupuestaria.

 

El denominador común, según el análisis del Financial Times, es la combinación de disciplina fiscal y reformas estructurales. Muchas de esas medidas fueron profundamente impopulares en su momento. Implicaron recortes, ajustes salariales, cambios regulatorios y tensiones sociales. Sin embargo, el argumento es que sentaron las bases para una recuperación más sólida.

 

Eso no significa que los problemas hayan desaparecido. España, por ejemplo, enfrenta todavía retos importantes. La aprobación de nuevos Presupuestos Generales del Estado ha sido compleja desde 2023, reflejo de la fragmentación política y de la dificultad para articular mayorías estables en el Congreso. La sostenibilidad del sistema de pensiones, la productividad y la deuda pública siguen siendo cuestiones clave.

 

Pero el balance general, visto desde la óptica de un observador externo influyente, es positivo. Y esa percepción importa. En economía, la confianza es un activo intangible de enorme valor. Cuando un medio de referencia internacional cambia el tono sobre un país, el efecto puede trasladarse a inversores, empresas y organismos multilaterales.

 

El acrónimo “PIIGS”, tan repetido en el pasado, parece hoy desfasado. No porque los países hayan alcanzado la perfección económica, sino porque la etiqueta simplificaba una realidad mucho más compleja. Las economías son dinámicas. Evolucionan, se adaptan, aprenden de las crisis.

 

La experiencia de España ofrece varias lecciones. Una de ellas es que las reformas estructurales, aunque dolorosas, pueden generar beneficios a medio y largo plazo. Otra es que la diversificación sectorial reduce la vulnerabilidad ante shocks externos. Y una tercera es que la estabilidad institucional y el acceso a los fondos europeos han sido elementos clave para apuntalar la recuperación.

 

Los fondos del programa Next Generation EU, por ejemplo, han permitido financiar proyectos de digitalización, transición ecológica y modernización industrial. España ha sido uno de los principales beneficiarios en términos absolutos. La capacidad de ejecutar esos recursos de forma eficiente será determinante para consolidar el crecimiento.

 

El reconocimiento internacional no debe llevar a la complacencia. El entorno global sigue marcado por incertidumbres: tensiones geopolíticas, cambios en la política monetaria, inflación persistente en algunos sectores y riesgos financieros latentes. Además, la competencia internacional es intensa. Otros países también buscan atraer inversión y talento.

 

Sin embargo, el cambio de percepción es significativo. Pasar de ser señalados como problema a ser citados como ejemplo de resiliencia transforma el relato. Y en economía, el relato influye en las decisiones.

 

España ya no aparece automáticamente asociada a fragilidad fiscal o desempleo masivo. En su lugar, se menciona su capacidad de adaptación, su apuesta por las renovables, su dinamismo turístico y su mejora en el mercado laboral. Eso no borra las cicatrices de la crisis, pero sí redefine la posición del país en el mapa europeo.

 

Quizá la lección más poderosa sea que las etiquetas no son eternas. Aquello que parecía una condena puede convertirse en punto de partida para una transformación. La crisis obligó a decisiones difíciles, a reformas impopulares y a ajustes dolorosos. El reconocimiento actual sugiere que, al menos en parte, esos esfuerzos han dado fruto.

 

Para quienes recuerdan los años más duros, cuando la palabra “rescate” generaba inquietud diaria y las primas de riesgo abrían los informativos, el contraste resulta casi sorprendente. La economía española no es inmune a los desafíos, pero ha demostrado una capacidad de recuperación que hoy recibe aplauso internacional.

 

El desafío ahora es consolidar ese avance. Mantener la disciplina fiscal sin frenar el crecimiento, profundizar en la diversificación productiva, invertir en educación e innovación y garantizar cohesión social. Porque el verdadero éxito no es salir de la crisis, sino construir una estabilidad duradera.

 

El mundo financiero ha cambiado de opinión sobre el sur de Europa. La pregunta es si los propios ciudadanos son plenamente conscientes de la magnitud de esa transformación. Comprenderla no implica ignorar los problemas pendientes, sino reconocer el camino recorrido.

 

España dejó atrás el estigma del acrónimo y avanza con una narrativa renovada. El reconocimiento del Financial Times no es un punto final, sino una señal de que el rumbo adoptado en los años más difíciles ha empezado a ofrecer resultados visibles.

 

En un continente donde las certezas económicas se han tambaleado en más de una ocasión, la historia reciente de la periferia europea demuestra que la resiliencia, combinada con reformas y disciplina, puede alterar el mapa de las expectativas. Y esa es, quizá, la mayor transformación de todas.